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Película confusa e inconclusa

Por Enrique Fernández Lópiz

Efectos secundarios es una película con un guión escindido de Scott Z. Burns que divide en dos la trama argumental, provocando cierta sorpresa en el espectador. Y el director Steven Soderbergh, director frío y aséptico, me da la impresión de que no tiene claro qué quiere transmitir. Por un lado, habría podido hacer una importante y certera crítica al imperio de las grandes multinacionales del fármaco, y habría podido desvelar la millonada que esta industria se embolsa a costa de provocar adicciones entre sus usuarios pacientes, enriqueciéndose de la mala salud de la pobre gente que padece enfermedades “morales, como se decía antaño; o sea, el GRAN negocio sucio de los medicamentos contra la depresión, la ansiedad o la bipolaridad -como se dice hoy, antes se hablaba de ciclotimia o psicosis maníaco-depresivas; y crítica también a sus acólitos los psiquiatras, que se prestan a este juego, en ocasiones con carácter experimental. Y en este sentido, llama la atención, puesta en evidencia en la peli, la práctica al parecer habitual en EE.UU., de hacer publicidad de estos medicamentos que se expenden de manera graciosa en lugares insospechados.

Pero el caso es que esta película, llamada a tocar la conciencia de la gran industria, de médicos y psiquiatras sobre el abuso que se hace en la prescripción de psicofármacos, se acaba convirtiendo en un thriller con intrigas carcelarias y judiciales en las que la protagonista enferma y supuesta asesina, más que estar enferma es una falsaria, y en todo este embrollo, que afecta a la vida del psiquiatra protagonista la segunda mitad del filme, rompe con la intención inicial, y ya nada hay de crítica a los grandes laboratorios o médicos, sino que se convierte en una historia de intriga en la que hay una psiquiatra lésbica mala, al igual que su paciente, que hacen un tándem con intereses espurios.

Aceptable música de Thomas Newman, buena fotografía de Steven Soderbergh y una buena dirección artística y montaje.

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Psiquiatra mala, versus psiquiatra bueno que se da cuenta del paripé de la falsa enferma, que sólo buscaba el lucro. Al final, lo que resulta es un entramado de intereses, pero no farmacológicos, sino con relación a evasión de capitales, bolsa, sexo, etc. O sea, que la segunda parte de la peli desarrolla una historia que queda hueca, con dos tramas paralelas como agua y aceite, la primera parte y la segunda. Entonces, el espectador puede quedar defraudado por la mala gestión que director y guionista hacen del film. El primer tramo de la cinta es el más interesante, crítico y corrosivo. Pero desafortunadamente, lo que sigue va perdiendo fuelle a cada nueva escena.

Rooney Mara (la Lisbeth Salander de David Fincher en su adaptación de Los hombres que no amaban a las mujeres), en vez de piercings, tatuajes o ropa de cuero, lleva en esta película zapatos de tacones altos y trajes que le sientan muy bien; su personaje turbador resulta morboso. Y la cosa se pone “al rojo” cuando comparte secuencias ardientes con la guapísima Catherine Zeta Jones, una femme fatale de aúpa. Entonces, sube la tensión sexual hasta el techo.

En medio, o como precipitador, un antidepresivo recetado a lo loco por un psiquiatra interpretado por un Jude Law que hace lo que puede. Y un Channing Tatum, marido y esposo, cuarto personaje de la trama. Como bien lo define Oti: Su mirada -la de Soderbergh- es siempre torva y descubre fácilmente esa convivencia entre la anormalidad y el orden: Jude Law es el psiquiatra, Rooney Mara es su paciente y la mujer que hipnotiza la intriga y al espectador, Catherine Zeta-Jones es también psiquiatra y la maestra en efectos secundarios, y Channing Tatum es el marido secundario pero efecto de la trama: un cuarteto de cuerda floja sobre el que la historia hace equilibrio.”

Cierto es que el film logra algo encomiable como mantener la atención del espectador de principio a fin. También nos sorprende con los giros que se producen en una historia muy turbia, tanto que como he dicho, la cinta se transforma en un relato negro, ofreciendo funestas vistas en las que nada es lo que parece.

Tenía una traza de denuncia a la industria del medicamento, a las multinacionales farmacéuticas, al submundo de psiquiatras amorales y pacientes irresponsables, a la venta a discreción de psicofármacos en particular –no en balde se titula “efectos secundarios”-, al trasfondo económico de dicho negocio y concienciación sobre los efectos secundarios. Esto en la buena primera parte. Pero los responsables no han sabido concluir convincentemente, dando un giro argumental en la segunda parte que deja de lado toda esa interesante trama, acercándose más a los procedimientos convencionales para lograr un forzado efecto sorpresa. Como escribe Martínez: “Los extremos en los que se mueve ‘Side effects’ son tan ajenos entre sí que uno acaba convencido de que la esquizofrenia es una opción perfectamente razonable.”

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