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Película cimera sobre una España enterrada

Por Enrique Fernández Lópiz

El verdugo es una las películas más emblemáticas del cine, no sólo del cine español, sino del cine universal. Por supuesto que en nuestra filmografía, esta comedia negra se sitúa en la cima. Y es que no hay duda de que Luis García Berlanga y Rafael Azcona eran los mejores cuando se trataba de eludir la censura de aquellos inicios de los sesenta con Franco en el poder.

Esta película es fruto de Berlanga, quien dirige magistralmente el film, con un guión obra de él mismo junto a Azcona, con la colaboración del guionista italiano Ennio Flaiano, y el operador igualmente italiano Tonino Delli Colli: todos colaborando conjuntamente en un film antológico. Sin olvidar la excelente música de Miguel Asins Arbó, con una partitura de melodías sencillas de aires populares que traspiran patetismo y fatalismo. Merece especial mención la labor en la fotografía (blanco y negro), muy apropiada para el film y de gran calidad, del ya mencionado Delli Colli. Delli dispone conmovedores planos largos y planos de secuencia, imágenes de contraste, composiciones con muchos actores en pantalla, y situaciones de desorden y caos. La conclusión es un clima melancólico y fúnebre, que hacia el final remata en una descarga de música, luz, baile, alegría y vida.

Del reparto yo digo que es sencillamente genial. Por empezar, el nasal José Isbert hace quizá el mejor papel de su carrera; un actor de nacimiento, un actor superlativo que transmite naturalidad y humor a su personaje de ex verdugo. Junto a él, Nino Manfredi, excelente en el papel de yerno timorato y cobardón, un personaje también bondadoso que no va poder seguir el camino que el suegro le traza, si lo que quiere es vivir en paz. Emma Penella, que se sale en su papel, con una carnalidad sorprendente; José Luís López Vázquez que borda el poco tiempo que tiene en el film; Ángel Álvarez, María Luisa Ponte, María Isbert, Julia Caba Alba, Antonio Ferrandis y todo un elenco de actores secundarios de auténtico lujo, mejor, de súper lujo.

El verdugo es y será el gran alegato contra la pena de muerte. Como escribe Kurt, y es difícil decirlo mejor: “Isbert ejecuta y se jubila para delirio del espectador, mientras la flaqueza de las piernas de su yerno se convierte en uno de los mejores alegatos contra la pena de muerte jamás vistos en una pantalla de cine”.

Pero no sólo hay que quedarse con este evidente mensaje contra la pena capital. Cuando uno vuelve a ver El verdugo como he hecho yo, observa cómo ha cambiado España, qué atraso el de aquellos entonces, qué bajeza material y moral en tantos aspectos de la vida, una vida de subsistencia, de sacar cuatro “perras gordas”, y si podía ser fraudulentamente y con picaresca, pues incluso mejor. ¡Y cuánta sorna y doblez en cada escena! ¡Cuánta crueldad, y qué paradigma del humor negro hace Berlanga con estos ingredientes! En su momento, el embajador de España en Roma declaró, tras intentar prohibir su exhibición: “La película me parece uno de los más impresionantes libelos que jamás se hayan hecho contra España; un panfleto político increíble, no contra el régimen, sino contra toda una sociedad. Es una inacabable crítica caricaturesca de la vida española”.

Y es así, es un puro sarcasmo, parece surrealista pero no lo es, es tercermundista a la española, es reírte porque la cosa da para eso, pero en el fondo lo suyo sería llorar a lágrima suelta.

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La historia es así. José Luis es un pobre hombre que trabaja y malvive con su exiguo salario en una funeraria. Como ahí no está evidentemente bien y como quiera que no encuentre trabajo en su país, su intención es emigrar a Alemania (que era lo que entonces se hacía), para aprender el oficio de mecánico. José Luís tiene una novia de las de toda la vida. Carmen es hija de Amadeo, un verdugo profesional. Carmen y José Luís son sorprendidos por el suegro en una situación íntima y éste obliga al pobre José Luís a contraer matrimonio con su hija, como mandaban los cánones de la época. Las escenas de la boda, que es una boda de pobretón, es otro mazazo para aquella sociedad y aquella Iglesia española clasista, interesada, que hacía buenas bodas con alfombra, velas, adornos, etc., si había dinero, y si no, apenas te daban las bendiciones a oscuras: ¡tremendo! Los recién casados carecen de medios económicos y hete aquí que Amadeo, al borde de la jubilación, trata por todos los medios de convencer al yerno para que ocupe su plaza de verdugo que le daría derecho a un pisito y a un salario. José titubea, se debate consigo mismo e incluso está al borde de un colapso pues como él dice, no es capaz de matar una mosca. Pero finalmente acaba aceptando la propuesta de su suegro, persuadido por la presión de éste y de su mujer que ya está gestando un hijo; y por la cosa de hacerse con el pisito, convencido, digo, de que no habrá ocasión de ejercer tan infame oficio pues todo hace pensar que no habrá reos.

Pero como se verá, esta expectativa se tuerce. En este punto el drama y el humor se entremezclan en una rara unión que hace de este film una obra emblemática. La ingenuidad y sencillez con que Berlanga concibe la historia, y la variabilidad de matices que ofrece el gran Pepe Isbert, el peliagudo tema, el hábil y veraz retrato de una España atrasada, la idea de que matar a alguien en nombre del Estado es un trabajo como otro cualquiera, todo ello otorga credibilidad al drama y nos remueve las entraña y nos deja planchados a la vez que reímos. Una sensación verdaderamente extraña, sensaciones que sólo se tienen ante las genialidades.

Y es que Berlanga y Azcona, Azcona y Berlanga, ya tristemente desparecidos, ambos retrataron en El verdugo aquella España grotesca y tragicómica que pareciera ostrogódica pero que es de no hace tanto, años 40 y 50 del pasado siglo. Una España turbadora donde habitaban por doquier curas de negras sotanas, severos e inflexibles; militares estirados que se sabían “vencedores”; beatas de velo y mantilla cuando hacía falta y para asistir al templo; y ciudadanos grises y de escasa cultura; cuando tener el Bachillerato era como un Doctorado o un Master hoy. Funcionarios insensibles, con el pelo engominado y el bigotito franquista; personajes con inquietantes gafas de sol. Grises hombrecillos con pantalones de tiro alto y boina calada. Una España que a pesar de la crisis y de todo lo que se quiera decir que tiene la que vivimos hoy día, nada tiene que ver con la pobreza material, espiritual e intelectual de aquellos entonces. Esta película retrata, y por eso tiene tintes documentales, una España ya superada, una España que pasó a la historia, enterrada. “El pasado efímero”, como apunta Antonio Machado en su conocido poema, donde también señala y da a entender que otra España habrá de nacer.

Pues bien, aunque alguno se empeñe en hacer equivaler la crítica machadiana de la sociedad España de principios del siglo XX, con la de ahora, esas reflexiones resultan desde mi modo de ver, traídas de los pelos, y ese tipo de comentaros, falaces. Tendrá esta España otros defectos, y no pocos, pero no son los de El verdugo. Aquella España del film, era una sociedad a la que sólo le importaba disfrutar de las fiestas y tradiciones, que no usaba mucho la cabeza, llena de una falsa fe ritual y estancada, con poca vocación de progreso, y con el tópico o el refrán siempre en la boca. Eso, en mi opinión, está definitivamente enterrado. Cuando se acaba de visionar esta película, uno se da cuenta de inmediato que estamos en otra era. Al final transcribo el poema de Antonio Machado para quien lo quiera leer detenidamente, pues conecta con el film y es de gran importancia para la reflexión histórica.

Jóvenes y no tanto, si queréis ver el erial de la España de post-guerra, si queréis tener extrañas sensaciones e incluso carcajear, pero con un regusto amargo, si queréis haceros una idea de cómo era aquel país de Maricastaña, y además ver a nuestros genios del cine de no hace tanto, no os perdáis esta joya de la cinematografía española y, yo diría, del cine de siempre y para siempre.

El Mañana Efímero (1913)

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y alma inquieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.

En vano ayer engendrará un mañana
vacío y por ventura pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea

Antonio Machado

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