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Paul Thomas Anderson, el Maestro

Por Jorge Valle

Casi seis años después del estreno de Pozos de ambición (There will be blood), el director estadounidense Paul Thomas Anderson presentaba su nueva película en el pasado Festival de Venecia y conseguía un gran y merecido éxito: la crítica se rindió a sus pies y el jurado le otorgó el León de Plata, además de la Copa Volpi a sus dos protagonistas masculinos. En The Master, Anderson nos cuenta el surgimiento de una secta en la América de los 50 -con ecos al nacimiento de la Iglesia de la Cienciología y a su fundador, L. Ron Hubbard- mediante la extraña, conmovedora y finalmente destructiva relación entre dos hombres: por un lado, Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un soldado atormentado por los horrores de la guerra, física y psicológicamente embrutecido y regido por las pasiones más instintivas del ser humano -amor, amistad, sexo y violencia-. Y por otro lado, Lancaster Todd (Phillip Seymour Hoffman), el líder de un grupo de feligreses que se hace llamar “La Causa” y que cree en la reencarnación y en la utilización de métodos de hipnosis para curar trastornos y depresiones.

Del autor de Magnolia y Embriagado de amor siempre esperamos cosas especiales y The Master nos ofrece justo lo que buscábamos. Aunque la historia no te llame la atención y uno se pierda en ocasiones en su transcurso por el complicado lenguaje visual y narrativo de Anderson, es imposible no quedarse perplejo ante una puesta en escena original y magnífica -acompañada por una fotografía exquisita- destinada a ser estudiada y analizada en las escuelas y academias de cine. Y si la tarea del director es excelente, la labor de los actores está fuera de toda adjetivación.

Joaquin Phoenix borda el papel de un hombre enloquecido y perdido que necesita desesperadamente creer en lo que su amigo Todd le está contando. El actor puertorriqueño, que consiguió su tercera nominación al Óscar por esta interpretación, despierta la admiración en un espectador que no puede apartar la vista de sus brutos gestos, su rostro deformado y sus arrebatos instintivos, siempre alimentados por esa extraña locura que parece guiar todas sus acciones. Anderson nos narra con absoluta maestría el viaje por la mendicidad de este Freddie Quell, su posterior encuentro y relación con el líder de “La Causa” y sus múltiples desacuerdos y discusiones. Con sólo dos escenas y dos diálogos ya sabemos que su personaje carece de cordura y sensatez -llega a practicar sexo con una muñeca de arena y beber gasolina-, y eso demuestra un talento descomunal.

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Pero Phoenix no está solo en este enigmático universo de Paul Thomas Anderson; le acompañan esos dos monstruos de la interpretación que son Phillip Seymour Hoffman -perfecto en todos y cada uno de sus personajes, infundiéndoles una fuerza y veracidad asombrosas- y Amy Adams -¡Óscar para ella ya!-. El primero construye un personaje basado en la manipulación verbal y la seguridad de su discurso que, aunque caiga por su propio peso, es creído y defendido por todos sus seguidores. La segunda, en el que quizás sea su mejor papel hasta la fecha, es capaz de presentar con igual credibilidad dos caras: una encantadora y comprensiva, y otra obsesiva y manipuladora.

A golpe de continuas elipsis y una narración intimista basada en los primeros planos, a los que sobreviven los actores con una naturalidad maestra, Anderson nos relata un duelo psicológico y emocional entre dos hombres heridos y necesitados el uno del otro. Dodd quiere curarle, sacar al animal que lleva dentro –«¡el hombre no es un animal, el hombre no es un animal!»-, y para ello le convierte en su mano derecha, le “adopta”, en una relación casi paterno-filial que remite de nuevo a Pozos de ambición. Y Freddie necesita quererle y creerle, aunque muchas veces no pueda entenderle y llegue a poner en duda los preceptos y máximas de una secta en la que es precisamente él -el loco, el animal- el que no los sigue. Ambos se admiran y se detestan, y sacan lo mejor y lo peor de sí mismos -atentos a la escena en la que discuten en el calabozo, sencillamente magistral-.

Pero el verdadero “maestro” de la cinta no es el personaje de Phillip Seymour Hoffman. Ni siquiera Joaquin Phoenix. El verdadero “maestro” de The Master se llama Paul Thomas Anderson, un director dotado de un talento escaso en los últimos años en el mundo del cine -lo que eleva aún más su condición- que se atrevió, en pleno apogeo de superproducciones, blockbusters y, en definitiva, de cine comercial -con alguna notable y destacada excepción- a ofrecernos una película distinta, especial, que requiere dos visionados -o varios, me temo- para comprenderla, disfrutarla y saborearla. The Master es una película que me atrapa, me hipnotiza y me fascina, aunque muchas veces no entienda del todo lo que ese genio que es Paul Thomas Anderson me esté queriendo decir, y la sensación de desilusión, incomprensión y, por qué no admitirlo también, torpeza e ineptitud, me invada cuando se encienden las luces y aparecen los títulos de crédito.

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