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Passengers

Por Alejandro Arranz

-Es seductora, inquietante y fascinante en su planteamiento, luego todo se desvía hacia lugares tan aburridos como absurdos, y va empeorando.
-Tyldum y Spaihts no tienen las agallas o la pericia suficiente para llevar el filme a lugares inexplorados y se conforman con una simplista historia de amor apoyada en dos carismáticos intérpretes.

La mayoría de espectadores conocen al director, Morten Tyldum, por la multipremiada The Imitation Game, protagonizada por Benedict Cumberbatch y Keira Knightley. Lo que más me impresionó de ella fue cierto juego moral que exhibía según en qué escenas. Era algo que también ocurría en Headhunters, una película bastante más sólida e interesante. En esta ocasión las cuestiones morales se van al espacio, a una maravillosa nave llamada Avalon. En su interior, 5000 personas que viajan a un nuevo planeta para empezar una nueva vida, como consecuencia de la sobrepoblación terrícola. De todos esos viajeros durmientes, los que nos interesan son Jim (Pratt) y Aurora (Lawrence), protagonistas totales de esta historia con guion de Jon Spaihts (Dr. Strange). Ahora entremos en esa nave, veamos si este viaje merece la pena o si la entrada ha salido demasiado cara.

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Empieza correctamente, plantea los dilemas y quedo atrapado a la espera de ver hacia donde evolucionan éstos. Los primeros 20-25 minutos esbozan una propuesta arriesgada, una inquietante tragicomedia de tintes morales sobre un náufrago espacial, sobre la necesidad de contacto humano, la evolución tecnológica y material frente a la involución social del mundo moderno, el egoísmo masculino, etc. Sin embargo desaprovecha esta atractiva premisa en cuanto se despierta el personaje de Jennifer Lawrence. En lugar de seguir por el camino marcado y convertirse en una inesperada provocación moral, la película deriva en una dramedia romántica en la que domina la reiteración, la superficialidad y la cursilería de baratillo. Una vez cercenado el contenido, el guion va empeorando conforme pasan los minutos; algunos diálogos y escenas sonrojan, y en el tramo final Spaihts comete contantes errores de principiante, incluido ese ridículo “Deus ex machina” del desenlace. A pesar de la gran decepción y los numerosos problemas, la cinta continúa resultando moderadamente entretenida en especial por la notable química entre Pratt y Lawrence, pero también por la colaboración de Michael Sheen, mitad robot y mitad guiño a The Shining (hay más al cine de Kubrick), y por la banda sonora de Thomas Newman.

Tras colocar al espectador en un lugar turbio y fascinante en el que no es nada fácil tomar partido, Passengers se transforma en una estúpida y complaciente farsa romanticona, convierte la ambigüedad en autoaceptación, se posiciona de una forma que puede parecer perversa, pero sin duda alguna es desastrosa. Al final no hay mucho más que las manitas de un dúo de actores rebosantes de talento y carisma y una nave que va a entrar a los primeros puestos de algunos tops sci-fi. Pero eso es suficiente para llenar el vacío absoluto que prima en este viaje espacial en el que solo hay cafés largos y desilusiones profundas. Lo mejor, el papelón de Andy García.

Alejandro Arranz

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