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Pasaje a la India

Por Enrique Fernández Lópiz

Se trata de una adaptación de una novela del escritor inglés E.M. Forster (1870-1970), en la época en que la India era aún una colonia británica, allá por 1920. Adela Quested (Judy Davis), una joven británica, realiza un viaje a la India con su futura suegra, la señora Moore (Peggy Ashcroft), a fin de contraer matrimonio con un joven que ejerce de magistrado en Chandrapore, Ronny Heaslop (Nigel Havers). Pronto, Mrs. Moore se da cuenta que su prometido encarna todo lo que ella detesta: el anquilosamiento, el aburrimiento, hábitos como el polo, el crickett o la hora del té, pero sobre todo, su arrogancia y el trato despreciativo hacia los indios y sus costumbres. Justamente, y en el polo opuesto, tanto la suegra como la propia joven, quieren conocer el país, interiorizarse de sus costumbres, conocer su cultura y en definitiva conocer a fondo la India. La oportunidad para satisfacer este deseo la encuentran por medio de un singular personaje, el doctor Aziv (Victor Banerjee), un médico hindú. Y como quiera que el tal doctor no tenga la casa apropiada para recibirlas, las invita a hacer una excursión para mostrarles las cuevas de Marabar. En esa excursión ocurre algo absolutamente insólito que precipita la trama por derroteros impensables. Quiero anotar aquí, que el escritor E. M. Forster en cuya novela se inspira la película, inglés, padeció en su condición de homosexual el feroz yugo de la represión sexual, tema muy presente en la novela y el film.

Antes de comentar la película, querría contar algunas experiencias por las que he pasado; quizá nada extraordinario, pero que refleja a las claras el nódulo de este film, esto es, el choque de culturas, las filias y las fobias que se disparan cuando afrontamos situaciones, personajes o contextos que gravitan en otra orbital cultural. La primera anécdota que cuento se refiere a que cuando vi esta peli, en su estreno, la comenté largamente con un amigo iraquí, a la sazón un poco desubicado en nuestra cultura; él, obviamente, se identificaba con el doctor Azid y criticaba el comportamiento y la actitud de las mujeres occidentales. Mi segunda asociación proviene de mis varios viajes a países orientales, bien árabes o Turquía. En estos viajes, comprobé que algunas personas creen que eso de adentrarse en una nueva cultura es como ir de merienda al campo. Y lo que resulta es que al poco de estar en esos países, cualquier cosa les desagrada o produce temor o recelo. El comportamiento hospitalario les produce paranoia, las comidas les dan asco, si se les aproxima un nativo recelan muchísimo, los olores les repelen, etc. Conclusión, se ponían enfermos/as (gastroenteritis, fiebres, etc.) o sencillamente soportaban estoicamente o se tenían que volver del viaje.

Incursionar en otras culturas, etnias, costumbres, comidas, religión, etc., comporta ir lealmente y en buena disposición a abrirse a ese mundo nuevo. Yo así lo hacía, y puedo asegurar que comiendo lo mismo que otros o respirando el mismo aire, o teniendo experiencias similares jamás enfermé ni tuve experiencias delirantes de ningún tipo.

Pues bien, esta película cuenta eso, el afán de una joven británica por meterse de lleno en el mundo hindú, sin saber bien lo que hacía ni medir bien sus posibilidades y preparación para hacerlo, amén de sus propias características psicológicas.

La película está excepcionalmente dirigida por uno de los mejores directores británicos de los últimos tiempos, David Lean, para cuya empresa contaron con toda la confianza de los productores igualmente ingleses Richard Goodwin y John Brabourne, especialistas en películas de lugares coloniales y exóticos. En este punto quiero subrayar, por si alguien no lo conoce, que Lean llevaba catorce años retirado del cine tras el inexplicable fracaso de La hija de Ryan, una genial e incomprendida obra. Pues bien, tras este lapso de tiempo, Lean se hace cargo de Pasaje a la India y lo hace con toda su sabiduría, si bien con algunas deficiencias desde mi modo de ver, que ahora apunto. Para empezar, la película no está a la altura de la novela de Forster, que es más simbólica, y el guión de Lean (que no era guionista) hace aguas. De esta guisa, esta superproducción se queda algo cortita. Pero también por otros factores como las interpretaciones a las que luego me referiré. No obsta para que diga que me parece una excelente cinta, de las que ya no se hacían en ese 1984 y menos ahora. Lo que ocurre es que Lean, más que entrar al asunto antropológico y de la idiosincrasia india, se mete en un drama judicial, restando parte del espíritu de lo que sin duda pretendía y que sólo a medias consigue. Sin embargo el film es impar, misterioso, y refleja muy bien cómo la protagonista no habría tenido conflicto si su sensibilidad e inteligencia, hubieran hecho posible ese deseo de abrirse al mundo de otra civilización, y si hubiera estado en disposición a renunciar a las rémoras burguesas que la rodeaban y hubiese sido capaz de aceptar su sexualidad en lugar de sofocarla. Este asunto es crucial en el film y ahí sí hay que felicitar a Lean y a todo el equipo, incluyendo a la actriz Judy Davis y al actor Victor Banerjee de manera singular.

Como antes decía, el doctor Azid invita a una excursión a las visitantes. Y justamente, es la excursión el momento clave de la película, el punto en que la película toma un rumbo inopinado, cuando Adela queda seducida por el descubrimiento de un mundo exótico. Con anterioridad a esta escena, hay otro pasaje en que la protagonista, paseando sola en bicicleta, se topa con un templo en ruinas y contempla fascinada unas esculturas eróticas, pero huye presa de pánico ante los chillidos agresivos de una bandada de monos. En esta situación de shock se entrega a los brazos de su prometido Ronny Heaslop y se compromete con él. Esta circunstancia es lo que hace que empiece a considerar desde su más profunda intimidad y sus más recónditos deseos al doctor Aziz, que es algo más que un simple cicerone, y es cuando se replantea su futuro. Preguntas como el por qué ha de soportar una vida junto a un hombre al que desprecia y con el que no tiene qué compartir; o por qué vivir bajo las tediosas y puritanas costumbres británicas; o lo que es más inquietante para ella: por qué no tener una aventura con Aziz.

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El relato de la excursión es así: al poco de iniciarse, la señora Moore sufre una sensación de claustrofobia que la obliga a regresar al exterior; posteriormente convence a los demás de seguir sin ella. Adela y el Dr. Aziz continúan la exploración, y antes de entrar en una caverna más alejada, el doctor se detiene para fumar un cigarrillo. Cuando termina de fumar, va en busca de Adela, pero solo la divisa a la distancia, corriendo apresuradamente colina abajo, ensangrentada y desgreñada. Apenas de regreso al pueblo, el doctor es apresado, acusado de intento de violación. Esto provoca un tumulto entre británicos e indios, que se extiende como un reguero de pólvora entre unos y otros. Llega el momento del juicio, y la señora Moore declara su convicción sobre la inocencia del doctor, y manifiesta que no declarará en contra de él. Así, resuelve su regreso a Inglaterra, pero durante el trayecto sufre un infarto y muere, realizándose su funeral en el mar. Mientras, en el juicio, la situación cambia cuando, para consternación del magistrado Ronny Heaslop y de todos los británicos, Adela retira los cargos en contra del doctor. Toda la comunidad británica se ve forzada a una vergonzosa retirada, mientras ven cómo los indios se llevan al exonerado de la sala del tribunal, entre vítores, cargándolo en sus hombros. Consecuentemente Adela rompe su compromiso con Heaslop y abandona India. El doctor Aziz deja atrás sus costumbres británicas y sus relaciones con ellos, y se retira al norte de India, vistiendo sus ropas tradicionales, para abrir una clínica allí. Pasan los años y el doctor Aziz permanece resentido y amargado, pero eventualmente le escribe a Adela para transmitirle sus agradecimientos y su perdón por lo sucedido.

La música de Maurice Jarre es excelente y obtuvo un merecido Oscar, si bien se echa en falta que no suene más tiempo a lo largo del film. La fotografía de Ernest Day es correcta, pero no saca plenamente el partido a la luz de la India y sus colores; y ambas, música y fotografía, así como vestuario y puesta en escena acompañan muy bien técnicamente al film.

En cuanto a los actores, Alec Guiness, actor favorito de David Lean, no sabe hacer creíble o no puede llevar a buen puerto el papel de brahman hindú. James Fox está correcto en su papel más de teatro que de cine, un papel muy bueno pero sobrio; pero no le habrían de faltar ofertas en el futuro inmediato. Nigel Havers encarna muy bien al típico británico ritualista y flemático. El papel del indio Victor Banerjee es muy bueno y convincente, si bien algo histriónico, pero curiosamente su futuro no fue muy halagüeño como actor, pues no tuvo el éxito esperado. Las actrices sin embargo salen mucho mejor paradas; así, la joven por aquel entonces, la australiana Judy Davis, hace una gran interpretación y fue nominada al Oscar, y además, a partir de esta película fue muy demandada por directores como Woody Allen, con quien fue habitual, y Eastwood o los hermanos Cohen entre otros. La veterana actriz Peggy Ashcroft, recibió el Oscar a la mejor actriz de reparto por su papel.

Esta película está realizada dentro de los cánones clásicos, es una película clásica y no deja de estar un poco demodé en este sentido ya para aquel 1984 en que se estrenó. Pero ante todo, y aunque parcialmente, las imágenes de David Lean muestran a las claras el contraste de culturas, el choque de civilizaciones y todo cuanto esto puede acarrear.

Pasaje a la India es un caleidoscopio de las pasiones humanas, las contradicciones y la lucha vital entre el deseo y el miedo, enriquecida por el contexto colonial que propicia que la historia personal desate el choque cultural, que gira en torno al personaje de Judy Davis, pero que también se sustenta con la brillante compañía de James Fox y Nigel Havers, con más trasfondo del que en principio se percibe en superficie.

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