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Para pasar el ratito y poco más

Por Enrique Fernández Lópiz

En Enemigo público (1998), Robert Clayton Dean vive una vida familiar plácida con una esplendorosa carrera como abogado en un bufete de prestigio. Pero paralelamente, un criminal acontecimiento ha acabado con la vida de un miembro del Congreso de los Estados Unidos. El suceso ha sido accidentalmente filmado por una tercera persona, y la cinta acaba de manera fortuita en manos del letrado Clayton Dean. A partir de ahí su vida privada y profesional están a punto de derrumbarse por el acoso a sangre y fuego al que es sometido. En la cinta de de vídeo aparecen involucrados agentes del Gobierno. O sea, que Clayton, sin comerlo ni beberlo, se ve perseguido por un batallón de ‘matones’ de un político corrupto, que utilizan toda su influencia (accediendo a información privada) para amargarle la vida y hacérsela imposible, hasta que no acceda a darles la cinta de vídeo comprometedora.

Tony Scott dirige con profesionalidad y oficio este thriller, conducido por un guión bien ensamblado si bien bastante ficticio de David Marconi. Aceptable música de Trevor Rabin y Harry Gregson-Williams, y buena fotografía de Dan Mindel.

El reparto es excelente con actores de primera línea como Will Smith, suelto y con su característica vis cómica en el papel de abogado listo; Gene Hackman, un hombre duro y avezado, para mí el mejor de todos; Jon Voight, como siempre excelente actor; Lisa Bonet guapa actriz y buen rol como colaboradora del protagonista; Jason Robards, siempre genial, aun en su breve intervención; y acompañan artistas como Jason Lee, Ian Hart, Tom Sizemore, Regina King, Loren Dean, Jake Busey, y otros actores y actrices de reparto muy profesionales en su acompañamiento.

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Estamos ante uno de tantos thriller americanos de los años noventa que tanto gustaban al público. Y la verdad, no hay que negar que se trata de una película trepidante, efectiva, con buena factura pero un poco-bastante fantástica, o sea, poco convincente. Will Smith en problemas, la Agencia de Seguridad Nacional en pleno le persigue, demasiada persecución, un exceso de satélites con demasiada resolución –sobre todo para la época-, un guión de fáciles requiebros y entramados inverosímiles. Para quien le guste todo este lío de balaceras, carreras a pie, en coche, en bicicleta, pseudoespionaje baratillo pero molón o espectáculo Made in USA, esta es su peli.

Como dice O´Sullivan, es como una “entretenida visita al planeta ‘paranoia’, pero su placer escapista estimula sólo en proporción directa al grado de complejidad persecutoria con la que te metes en el cine. Es decir, que si tu grado de complejidad persecutoria está bajo mínimos, pues incluso puedes llegar a bostezar. Además, la película pasa como una levantera, mucho polvo, mucho rugir del viento y al poco, casi nada, meramente un (buen) ejercicio tecnológico.

Además está el tema de la lógica. Y es que una y otra vez, el guión se salta el imperativo de la lógica y de la realidad con escenarios e imágenes prácticamente imposibles, donde las cosas no casan o si lo hacen es de manera muy forzada. O sea, mucho de ciencia ficción y unas pizcas, pero abundantes, de surrealismo. Y no es que yo pretenda que el cine sea realismo puro, o que se atenga a las meras reglas que rigen la vida cotidiana, pues para eso nos apostamos en una esquina y vemos a la gente pasar, lo cual que por cierto, hasta nos podría divertir. Pero aunque una peli no tenga porque ser un reflejo fiel de la realidad, tampoco puede ser la locura total, el delirio o la salida del tono en una historia que pretende ser veraz, tal el caso de este film que comento aquí.

Esta película fue un éxito de taquilla y aceptación de parte del público, por lo tanto, no le vamos a negar la mayor. Es una aceptable película de acción, que suscita emoción en algunos de sus pasajes, que ofrece distracción, pues tiene su ritmo, tiene su trama, y es un trabajo profesional de parte de todos los participantes. Ahora sí, no es para tirar cohetes, ni mucho menos.

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