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Otra de gánsteres, salvada por Depp

Por Enrique Fernández Lópiz

Allá por los años setenta, en Boston, el agente del FBI John Connolly (Joel Edgerton), tras consultarlo y obtener a regañadientes la aprobación de su inmediato superior, habla y logra convencer a “Whitey” (Johnny Depp), a la sazón un mafioso irlandés recién salido de la cárcel de Alcatraz, para pactar y que colabore con el FBI. El objetivo es borrar del mapa a un enemigo común: la mafia italiana. Pero la alianza Connolly-Whitey resulta ser funesta. Por un lado, Connolly se hace incondicional de Whitey, al cual llega incluso a encumbrar y a admirar con desmesura, amén de recibir sobres rebosantes de dinero de aquel. Además, con su alianza, lo que hace es destapar la caja de los truenos y provocar una espiral de violencia, que permitirá al peligroso Whitey esquivar el control policial y afianzar su poder, convirtiéndose en uno de los más despiadados y poderosos gánsteres en la historia de Boston. Habrán de sucederse los acontecimientos, un nuevo fiscal y numerosos errores en la gestión de los Connolly-Whitley, para que los hechos se sucedan de manera fatal para los “malos” de la película, incluido el policía Connoly, y se restablezca la ley en la ciudad.

El director Scott Cooper hace un relato aceptable y convencional de una historia que habría podido dar más de sí. Más aún, por cuanto se trata de un relato real, que de seguro dejó huella en la historia de los bostonianos. Pero claro, no todo el mundo es Scorsese o similares. El guión de Mark Mallouk y Jez Butterworth, es la adaptación de la obra periodística de Dick Lehr y Gerard O’Neill, ex-reporteros del Boston Globe, Black Mass, en la que narran ese acuerdo de cooperación en el que los mafiosos irlandeses de Boston actúan como informantes para un agente del FBI y su supervisor; guión compacto pero que por alguna razón no emociona. La música de Tom Holkenborg es razonablemente buena (por cierto, memorable la escena de discoteca al son del mítico Don’t leave me this way) y la fotografía de Masanobu Takayanagi, estupenda y que sabe ir acompasada con la obra.

El reparto es esencialmente un conjunto de actores de lujo donde sobresale especialmente un Johny Depp, que sabe cómo hacerse con un personaje siniestro y psicópata, con un desmedido y turbio poder, que no deja títere con cabeza, ni testigos de sus fechorías. Y aunque sobrecargado de maquillaje, es Depp el que lleva las riendas del relato con su talento y su bien hacer actoral. Además, Depp es un actor muy respetuoso y comprometido con sus admiradores a quienes él define como sus “jefes”. Como él mismo ha declarado: «Mi responsabilidad ante el público, es transformarme, sorprenderlos, no aburrirlos interpretándome siempre a mí mismo. La actuación es una suma de seguridad y peligro». Encuentro relevantes igualmente a Joel Edgerton (el policía del FBI) y Benedict Cumberbatch (el Senador hermano de Whitey). Y les acompañan actores de renombre como Dakota Johnson, Juno Temple, Guy Pearce, Kevin Bacon, Peter Sarsgaard, Jesse Plemons, Sienna Miller, Roy Cocharane, Julianne Nicholson, Adam Scott, David Harbour, Jeremy Strong, Brad Carter, W. Earl Brown y Corey Stoll, todos con actuaciones de gran nivel.

En lo que a premios o nominaciones respecta, por ahora, en 2015 lo único que se puede decir es que se presentó en el Festival de Venecia, en la Sección oficial largometrajes (fuera de concurso).

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Yo acuerdo con Boyero y otros críticos en que nunca hemos vivido la crisis del cine de gánsteres, pues es un género impactante que suele producir el escalofrío propio de la violencia bárbara, ciertas gotas de suspense y puede que la primitiva inclinación de muchos espectadores de verse en posesión y manejo de armas, y también la seducción entre la gente respetuosa y normal, por esos tipos que desafían y transgreden las leyes, obedeciendo meramente sus propios códigos e inclinaciones más brutales. De otro lado, este género resulta especialmente espectacular con su polarización en la corrupción, el horror, en las sutiles barreras entre la legalidad y lo que no lo es, en la extraña frontera entre el orden y la vileza. Es decir, en las películas sobre el denominado crimen organizado, siempre hay la batalla entre el bien y el mal, lo cual tienta también a muchos directores, por ejemplo a Hawks, Scorsese, Walsh o a nuestro reciente Premio Princesa de Asturias, Francis Ford Coppola, de los cuales conocemos auténticas obras maestras del género.

Pero, ¿qué aporta esta película a esta modalidad de cine? Esta película aporta sobre todo la personalidad de un Johnny Depp contenido en la piel de James «Whitey» Bulger, un sujeto maligno, que igual que ayuda a una anciana a llevar sus compras a su casa, le pega un tiro a bocajarro a quien osa oponérsele. «Encontré el mal en mí mismo hace mucho tiempo. Somos viejos amigos», confesó el asesino Whitley. Y paradójicamente y como apunta Sánchez del personaje: «Luego es un hombre de familia de lo más cariñoso: ama a su madre y a su hermano por encima de todo. Él siente que hace lo correcto. Hay algo poético en la superposición de esas dos caras». Por lo demás, el film es común a las invariantes del género y no creo que contribuya con mayores novedades.

Ocurre también desde mi modo de ver, que a la película le sobra como mínimo media hora de su duración. Y es que toca demasiados asuntos para salir indemne. Por momentos hay amor, otras veces corrupción y también conflictos conyugales, sexo, a ratos, bastantes, hay mucha violencia, en fin, muchas teclas para al final resultar otra de gánsteres, pero sin la enjundia ni la calidad de otras bien conocidas, que mayormente remiten a la saga de El padrino.

Para Rodríguez, hay algo en Black Mass: estrictamente criminal «que no es real aunque su historia lo sea, que parece impostado a pesar de la magnífica ambientación y música setentera, y es a causa de lo que apura la frenada el director Scott Cooper para no descolgarse de los amos de esta carrera, sea Scorsese, o Coppola, o Ridley ScottCooper exagera: en el retrato diabólico de Whitey, en la banalidad del FBI, en el maquillaje de Johnny Depp, en la facilidad con la que la trama pierde a algunos personajes por el camino. Y el desenlace, entre moralizante y burlón (siempre es cuestión de tiempo, o más tiempo, que llegue la factura de la fiesta), aún deja un cierto poso de falso conformismo: ¿lo veis?, el mundo funciona.»

El film juega dentro de los márgenes de lo que es una historia real, personajes caracterizados para parecerse a las personas reales que encarnan y obligados a imitar el cerrado acento del norte de Boston. Sin embargo, el trío principal de protagonistas, Depp (el mafioso), Edgerton (el policía) y Cumberbatch (el político), trasciende la imitación y constituyen una interesante componente de miradas y gestos en la que se refleja el gran tema de fondo de la película: cómo la ética y los principios se deslizan como por el filo de una navaja, poniendo en cuestión en aquellos entonces en Boston, alguna delimitación moral. La centralidad del film, como apunta Yáñez, es «la delgada, casi invisible frontera que separaba el bien del mal en la corrupta ciudad de Boston en los años 70 y 80.»

En resolución, Black Mas es un biopic solvente que, sin embargo, no alcanza el nivel de excelencia. Está lleno de coloridos personajes, protagonistas de una historia oscura, tiene una buena puesta en escena y sabe captar el aire de la época, entre los setenta y los ochenta, así como los lugares en los que se desarrolla la historia. Pero como advierte Salvá: «… simplifica las relaciones entre varios personajes clave en buena medida porque Cooper no parece estar seguro de cuál es la trama que más le importa. Tampoco parece entender qué es lo que hace de Bulger un personaje fascinante, y es por eso que puede darse con un canto en los dientes por el hecho de que Johnny Depp compense esa carencia dándole vida de forma tan poderosa Efectivamente, Depp, entre tanto maquillaje y aderezos protésicos, da hasta miedo, y con razón: ¡menudo individuo peligroso, menudo psicopatón!

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=f_o8JGQiMA8.

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