Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Original diatriba a la alta sociedad, pero…

Por Enrique Fernández Lópiz

Una extraña sensación me produjo inicialmente esta curiosa película de título en español La alta sociedad. Por un lado me pareció que el film valía la pena, que iba a resultar una cinta de fuste, no una banalidad ni un chiste, ni algo meramente escabroso. Pero a ello se unía una sensación de desagradado y desazón por el histrionismo de las interpretaciones y algunas escenas nada menos que de canibalismo, amén de continuas caídas literales de los personajes (que caen al suelo, o de una escalera o ruedan por la arena de la playa); en fin, y hasta vi a los quince minutos que varias personas abandonaron la sala. Pero vayamos despacio, paso a hacer mi análisis de esta cinta.

La historia transcurre en el verano de 1910. Están ocurriendo desapariciones de turistas en las playas de Costa Canal, al norte francés. Los inspectores de policía Machin y Malfoy investigan estas oscuras desapariciones cuyo epicentro sitúan en la Bahía Slack, un lugar en que el río Slack y el mar se unen cuando la marea sube. Vive en esta zona la familia Bréfort, una familia de pescadores de la Francia profunda cuya cabeza visible es el padre, de apodo “El Eterno”, porque en temporales ha salvado de las garras de la mar y de una muerte segura a pescadores o incautos que se han adentrado mar adentro. Sus hijos son unos chicos desaliñados y bromistas. El mayor es Ma Loute, un joven extraño y huraño que junto al padre se dedica, entre otras, a pasar a gente en brazos de una orilla a otra del río por unas monedas. De otra parte, en lo alto de la bahía, en una imponente mansión que pretende imitar un extraño estilo faraónico, pasa sus vacaciones la adinerada familia Van Peteghem, gente de la alta sociedad, burgueses donde los haya, amanerados, agitados e insoportables. Una hija de la familia, Billie, se enamora del tosco sujeto Ma Loute, lo cual que en ambas familias cunde la confusión a la par que agitará convicciones y estilos de vida, dando paso a episodios de corte surrealista a la vez que terribles.

El director Bruno Dumont es sin duda un “sátiro con espíritu de caricaturista, dispuesto a facturar una farsa sobre la lucha de clases disfrazada de comedia histórica (de enredo), siempre en el límite entre el drama realista y la vanguardia” (Yáñez). Un artista visual que gusta presentar la maldad, la violencia, el sexo o emociones extremas y crudas. Con este film construye una sátira a la alta sociedad de principios del pasado siglo que seguro tiene sus extrapolaciones a la jet society actual. En el guión, del propio Dumont, se analizan los tipos, rasgos físicos y particularidades idiomáticas de su región natal, el Nord-Pas-de-Calais, elaborando una semblanza mordaz a más no poder de las diferencias de clase, “tan crítica y cínica como humorística y evasiva, todo un muestrario ingenioso e inteligente del humor […] mezclado con elementos procedentes del cine cómico mudo” (Quim Casas). Efectivamente, en el libreto hay escenas y personajes que recuerdan a Stan Laurel y Oliver Hardy, los famosos el gordo y el flaco (por ejemplo en la estrafalaria pareja de policías); al llamado Rey de la Comedia, el silvestre e impetuoso Mack Sennett; algo de Harold Lloyd; siento también la presencia del actor cómico judío-francés Max Linder; y por supuesto bebe del humorismo físico y asombroso de Jacques Tati, éste último en su sátira igualmente a la burguesía, lo cual que quiero recordar aquí, su obra de 1958, Mi tío. Están presentes en la trama elementos descarnados, como la comprobación incestuosa de la descendencia en la familia burguesa; la decadencia intelectual y física de sus componentes; la intriga policial con el orondo-redondo comisario jefe de policía por los suelos, que luego no puede levantarse sin ayuda; sin olvidar a la familia pobre Bréfort, comiendo carne humana cruda: “un humor desquiciado a su universo sacado de quicio” (Oti Rodríguez), donde los pobres se comen a los ricos.

la-alta-sociedad-2

Es digno de resaltar el genial tratamiento de la luz y el empleo del color en la fotografía Guillaume Deffontaines, con unas vistas y unos tonos que pueden recordar la pintura francesa realista o a algunos paisajistas como William Turner: planos generales y un interés por las bellas panorámicas.

En el reparto, los representantes de la clase burguesa están encarnados por actores profesionales muy conocidos que llevan sus personajes al límite e incluso al paroxismo, lo ridículo y lo estridente. Fabrice Luchini hace un trabajo ad hoc con el film de Dumont en su amaneramiento estúpido, su encorvamiento degenerativo y su incapacidad general para hacer cualquier cosa, miembro ridículo o ridiculizado de la ‘clase alta’, maniatado al histrionismo, con una gracia que mantiene a lo largo de todo el film; o sea, para esta obra está excelente de principio a fin. Juliette Binoche creo que se pasa un poco en gritos y gesticulación, la veo pasada de vueltas, lo que no quita para que luzca el esperpento que de ella pretende el director. En tono similar pero más contenidos, las buenas actuaciones de Valera Bruni Tedeschi y Jean-Luc Vincent. Muchos de los miembros de la clase pobre son actores no profesionales (“la dialéctica de clases desde la dialéctica del ‘casting‘” – Quim), probablemente lugareños con tufo a “frikis” políticamente incorrectos que lucen por la virtud de los actores principales. O sea, acompañan Brandon Lavieville (Ma Loute, bien), el transexual francés Raph (excelente como la andrógina Billie), Didier Després (el grueso comisario, desternillante), Cyril Rigaux (muy cómico como ayudante del comisario), Laura Dupré (la doméstica Van Peteghem, correcta), Thierry Lavieville (estupendo como el padre de los Bréfort), Caroline Carbonier, Manon Royére, Mailla Sarac, Noah Noulard y Julian Teiten. En fin, una troupe de personajes que funciona a modo de oda a la excentricidad.

Premios en 2017 a fecha 18 de junio de 2017: Premios César: 9 nominaciones, inc. Mejor película, director y actor (Luchini). Festival de Sevilla: Giraldillo de oro (mejor película) y Actriz (Raph). Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes a concurso.

Nuestro director Dumont parece encontrarse bien en el territorio de la comedia aparatosa y provocativa, con querencia al slapstick, o sea, a la bufonada o la payasada, los golpes y porrazos, las continuas caídas de los personajes o los aparatosos golpes de remo a las víctimas, etc. También las interpretaciones, como he dicho, son (calculadamente) exageradas. Esta es, como apunta Martínez, “una comedia sin paliativos a la que no le falta nada para ser la más brutal de las tragedias: hay canibalismo, incesto, maltrato a transexuales y la mayor concentración de idiotas […] Nadie contempla el mal con tanto detalle como Dumont; nadie coloca los instintos más bajos tan a la altura de los andamios sociales más elevados. O al revés” (Martínez). Como dice el director: “Somos gente horrible, pero santos al mismo tiempo. Somos idiotas y genios. Esta combinación, estas cualidades, me cautivan”. Y añado que desde luego, nadie le va a quitar la bizarría a su película, una obra atípica y que hace añicos en su trama esos tabúes que, como dicen filósofos, antropólogos o el mismo psicoanálisis (Freud: “Totem y tabú”), han cristalizado en prohibiciones universalmente incorporadas a través de siglos y que a todos nos repugnan. Me refiero a tabúes como el crimen (“no matarás”), la antropofagia o el incesto, todos deliberadamente infringidos en un film que por momentos resulta avasallador e incluso para algún espectador, irreverente.

Estimados lectores, esta sí es una película que aun teniendo su entidad, no me atrevería a recomendar a la mayoría de amigos o familiares, ni a vosotros, pues correría el riesgo de que me llovieran las quejas… o las piedras. A mí me parece que tiene su interés, pero sin excesos, pues la diatriba a la burguesía se ve venir desde el principio; incluso podría ser una cinta rayana a una “boutade” de inteligencia media, con pretensiones, humor naif reiterativo, y que sobrecarga al espectador en determinadas partes de la misma. Como dice mi colega Ferdydurke: “Sorprende, aburre, desespera, pasma, fascina, admira, cansa, molesta, carga, repele, asombra” ¿Es que no hay algo-bastante de verdad en estos asertos?

Veamos, yo me pongo en todo. Esto no quita para que la obra sea una puya bellamente filmada a la ‘alta sociedad’, como reza el título. Y bien cierto es que para ello no ahorra escenas, detalles y motivos a cual más peregrino y singular, para poner en solfa a esos burgueses infumables que por cierto en Francia, país de Dumont, abundan.

Quiero acabar diciendo que para lanzarle truenos, rayos y centellas a la burguesía, el español Luis Buñuel (1900-193) se las bastaba y sobraba, con más surrealismo, mayor enjundia, clase y complejidad. Menciono como ejemplo, en 1962, pero hay más, El ángel exterminador. Lo cual que, ya puestos, recomendaría a Dumont que viera más cine del genio de Calanda.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=OqMPnzdWHQM.

Escribe un comentario