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Opera prima deslavazada, naif y genial

Por Enrique Fernández Lópiz

Ayer vi Toma el dinero y corre, que ya tiene sus años (1969), y me ocurrió algo que hoy, un día después, me llama la atención. Resulta que mientras veía la película, a pesar de ser una obra evidentemente cómica, apenas me reí, incluso por momentos me resultó pesada. Pero al día siguiente, recordando las escenas me daba la risa, me río por dentro y no puedo evitar reconocer el ingenio de Allen en tantas escenas, sketches cómicos (escenas que duran entre uno y diez minutos aproximadamente), y sobre todo los gags que como es sabido, es la capacidad para transmitir el humor a través de
imágenes y generalmente sin el uso de palabras.

Cuando Woody Allen dirige esta película tiene 33 años y era ¡la primera que dirigía! Hoy, Allen cumplirá en breve los 80, con otras tantas pelis como mínimo (muy prolífico), y es ya un icono de la cinematografía y uno de los profesionales más influyentes y respetados en esta industria-arte.

Como escribe Juan Luís Caviaro en su blog: Es un caso raro de autor, tanto por lo prolífico de su obra como por partir siempre de sus propios guiones (en solitario o en colaboración), además de contar, por lo general, con excelentes y famosos actores que aceptan trabajar con él por el salario mínimo. No realiza encargos de Hollywood, no rueda secuelas o productos descaradamente comerciales. Busca al público, lo ha hecho siempre, desde que empezó a ganar dinero escribiendo chistes, pero no renuncia a contar sus historias y hacerlo a su manera. Y lleva casi cinco décadas trabajando con éxito”. Y efectivamente, él rentabiliza sus películas, lo que le permite continuar en la industria por libre y conservando el control creativo, o sea, “haciendo de su capa un sayo”.

Esta película es para mí directa heredera del cine mudo, de los Buster Keaton, Charles Chaplin, Laurel y Hardy, Harold Lloyd, y no digamos de los Hermanos Marx, que unen los modos característicos del cine cómico de la era muda, con los nuevos descubrimientos de la comedia sonora con películas como Sopa de gansos (1933), que incorpora el absurdo a la comedia, mostrando las huellas del surrealismo y dadaísmo. Y me recuera también y mucho a otro surrealista algo posterior, francés, el gran Jacques Tati con películas tan geniales como Día de fiesta (Jour de fête) de 1947; Las vacaciones del Sr. Hulot (Les vacances de M. Hulot), 1953; o Mi tío (Mon oncle) de 1958 por mencionar algunas. Además, hay escenas, como cuando Virgil asalta un Banco con un papel en mano donde se especifican las intenciones de su acción y cuyo escrito discuten el cajero de la entidad, el Director, etc., que son tan surrealistas como tantas escenas que he visto en Buñuel, nuestro gran cineasta a quien Allen admira, y entonces aseguraría que hay también Buñuel en esta obra.

Sea como fuere, estoy convencido de que Allen sin estos precedentes que apunto no habría existido como tal pues, como es sabido, la ciencia y el arte son fruto de una larga evolución histórica en la que unos van sentando las bases a los que les siguen. Y Woody Allen es un hijo, sobre todo en este 1969 de la película que comentamos aquí (por cierto, año en el que Jacques Tati dirige su genial y quizá última película: Tráfico), de todos cuantos menciono, y de muchos más, por supuesto, incluyendo a los Jerry Lewis y otros más contemporáneos. Ahora bien, como verá quien disfrute de esta obra, a pesar de la influencia del cine mudo que hace que en algunas escenas no hagan falta ni diálogos, Allen para nada arrincona la palabra, todo lo contrario: ¡obvio!

La película tiene un potente comienzo cargado de chistes, escenas archicómicas, chisporroteos humorísticos, un ritmo ágil y situaciones disparatadas, lo que para un novel en esos entonces, choca un tanto. El film busca la risa y ciertamente la encuentra (como luego diré, un tanto deslavazadamente).

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Hay un relato en off (por parte de Jackson Beck, conocido en el mundo de la radio) y entrevistas a diferentes personajes relacionados con el personaje Virgil (una de las actrices es Louise Lasser, esposa de Allen en ese momento). Entrevistas diversas con quienes conocieron a Virgil Starkwell que incluye a sus padres que salen disfrazados con gafas y bigotes postizos para que no los reconozcan en la entrevista por sentir gran vergüenza del calamitoso hijo que tienen, y también hablan de Virgil agentes del FBI, ex-convictos y profesores que van desgranando sus recuerdos sobre el protagonista: el temible bandido Virgil Starkwell; y así vamos conociendo la vida de uno de los más incompetentes e ineptos atracadores de la historia del robo. Este joven, desde niño, según se cuenta con abundante humor en la historia, estuvo abocado a la delincuencia. La infancia la vivió sin amor, entre golfos y acosado y denigrado por los muchachos más fuertes del barrio. Un buen día, y como una herencia cultural de su abuelo violoncelista, parece descubrir su afición a la música. Pero la incomprensión de su profesor de violoncelo y de sus compañeros de banda, hace que decida que en esa carrera no tiene futuro. A partir de aquí deja la escuela y entra en una pandilla juvenil para robar un furgón blindado, o sea, no le queda otra que seguir delinquiendo. Pero también para este oficio demuestra una insuficiente capacidad, lo que le llevará pronto a la cárcel. Y esto de la cárcel se repite unas cuantas veces, pues siempre logra escapar de las maneras más inverosímiles, como cuando se fabrica una pistola con el jabón en la celda, la tiñe de negro con el betún de los zapatos, amedrenta al guarda y cuando ya está fuera bajo una fuerte llovizna, con el agua, la pistola de jabón se convierte en espuma, lo que le lleva de nuevo a la celda con la famosa frase de Felipe II cuando se hundió la Gran Armada por la tempestad y la lluvia en las costas británicas en 1588: Yo no he venido a luchar contra los elementos”. Entre medias encuentra el amor, y entre atracos, cárcel, amor, escenas ocurrentes y disparatadas, la película, repensándola hoy, creo que puede ser catalogada de una obra maestra del género, una comedia genial en forma de falso documental humorístico, lo que se conoce como mockumentary” (técnica que retomaría después en Zelig), siendo este film una de las grandes referencias dentro de este subgénero.

Está dirigida e interpretada por Woody Allen, con un guión del propio Allen junto Mickey Rose (su amigo de la infancia), excelente música de Marvin Hamlisch y una buena fotografía de Lester Shorr. Y sobre todo un gran montaje de Ralph Rosenblum, que será su operador de montaje durante años. Este montador es un personaje central al que recurrió el inexperto director para darle sentido al largo metraje; según Allen, Rosenblum salvó la película (incluso modificó un terrible final donde el protagonista habría de caer acribillado a balazos por la policía). En fin, en esta cinta ya están las que serían constantes posteriores de la obra de Allen: la crítica a la familia opresiva, el judaísmo (en la figura del rabino), la política (Nixon), los banqueros (su obsesión por el robo de Bancos tan presente en su filmografía), la institución matrimonial, los paseos por Central Park, la música ragtime y ¡cómo no! el psiquiatra-psicoanalista: En relación a las mujeres, el psiquiatra de la cárcel me preguntó si había estado con alguna, y dije que no. Me preguntó si el sexo me parecía sucio, y contesté que solo si se hace bien”.

En el reparto, junto a un Allen genial figuran Janet Margolin (joven adorable), Marcel Hillaire, Lacqueline Hyde, Jan Merlin o Lonny Chapman entre otros que hacen un equipo de actores geniales y cómicos.

Esta película es una loca y delirante historia realizada, como también antes apuntaba, en forma de sketches que narran las aventuras pero sobre todo las desventuras de del pobre Virgil Starkwell. La cinta es una manifestación del natural talento para el humor de este genial director, actor, escritor y músico de Nueva York. Ya en aquel entonces y según cuentan las crónicas, Allen triunfaba en los teatros neoyorquinos con sus geniales monólogos que, obviamente, él mismo escribía. Y además, como es sabido, Allen es un personaje de vasta cultura, con un conocimiento cabal de la filosofía, el psicoanálisis, la literatura, el arte, la música y la ¡medicina! (pues es un gran hipocondríaco como también sabemos y él no esconde), etc.

Pero la película, aunque se lo perdonemos, tiene una seria limitación, y esta fue, según pensé al día siguiente, la que hizo que al verla me aburriera un poco. Es la siguiente: el film es una a veces torpe sucesión de sketches, gags, parodias y chistes (muchos al parecer improvisados), todo lo cual carece de un hilo conductor eficiente. Esto afecta notablemente al ritmo y a la trama, lo que desvela un realizador novato.

En definitiva, una mediocre-genial” película que se realizó al parecer con escasos recursos dinerarios (un millón de dólares he leído en un documento) y medios limitados. Pero al parecer estas limitaciones fueron compensadas sobradamente por el entusiasmo de un Allen probablemente sabedor de que era esta su ópera prima, y la firme mano de su montador Rosenblum. Así, salvando esta vital ayuda, su estreno en el cine lo hace a pecho descubierto, con una cinta realizada entre amigos, casi artesanalmente. Y de esta forma, contra todo pronóstico, contra todas las inclemencias de la precariedad, Allen logra acometer con éxito su película. El resultado es una comedia fresca, incluso naif, surrealista en muchas ocasiones y de un humor desbordante. Y es que Allen es Allen, incluso cuando era un joven novato.

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Comentarios

  1. Miguel Ávalos

    Ópera Prima de Allen convertida en comedia atemporal por lo surrealista y disparatada con que la realizó. En efecto, se nota en algunas ocasiones que Allen era un recién llegado al sector audiovisual en aquel entonces, hay algo de desorden en el ritmo. Afortunadamente las características del film logran maquillar con total precisión este, como bien dices Enrique, perdonable error.

    Excelente crítica crack, como siempre un placer leerte!!

    Un abrazo!!

    • Enrique Fdez. Lópiz

      El verdadero crack eres tu!! Gracias amigo. Un abrazo. Enrique

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