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Oda a la libertad: Alguien voló sobre el nido del cuco

Por Jorge Valle

«¡No estáis más locos que esa infinidad de individuos que van por las calles, podéis estar seguros!», exclama Randle McMurphy (Jack Nicholson) en una de las terapias que la fría y severa enfermera Mildred Ratched (Louise Fletcher) programa a diario en un hospital psiquiátrico californiano. McMurphy es un espíritu libre y alocado que, para esquivar su encarcelamiento, ha fingido un desequilibrio mental. Y una vez internado, descubre la auténtica represión que sufren los pacientes quienes, tratados más como objetos que como personas, no son conscientes de su enjaulamiento. Pero pronto irán descubriendo, gracias a la vitalidad que desprende su nuevo compañero, el significado de la palabra “libertad”, que la férrea disciplina que impone la enfermera Ratched les ha hecho olvidar. El psiquiátrico es una negación de la chispa de la vida y la espontaneidad, pues todo está perfectamente cuadriculado en una monótona y aburrida rutina de la que es imposible escapar. Obligados por la fuerza a tomar su medicina y a seguir todos los preceptos marcados por la institución, la lobotomía o las descargas eléctricas son algunos de los horribles castigos que pueden recibir por su desobediencia. No hay espacio para el diálogo y la comprensión, por mucho que las terapias quieran parecer algo similar. McMurphy, que desea hacer lo que le plazca y no se deja controlar por nadie, se opondrá a esta tiranía y provocará toda una rebelión con el apoyo de sus compañeros, con quienes entablará progresivamente una fructífera y sincera amistad, en especial con el “Jefe” Bromden (Will Sampson), un indio sordomudo que parece haber desconectado de este mundo cruel y opresivo.

El director Milos Forman, que retrató la envidia de manera inmejorable en la magnífica y también oscarizada Amadeus, critica los métodos llevados a cabo por los centros y hospitales psiquiátricos de la época e indaga, con sutileza y maestría, en el sentimiento de la amistad y en la capacidad que tenemos las personas para cambiar la vida y las ideas de los demás. La mayoría de los pacientes están en el hospital por su propia voluntad, pues llevan tanto tiempo encerrados que temen enfrentarse al mundo real, conscientes de que se exponen a la marginación y la exclusión por parte de una sociedad que califica de “loco” todo aquello que se salga de lo establecido. Sólo la presencia de McMurphy les hará comprender que es precisamente la locura la que da sentido a la vida. El director checo consigue arrancarnos continuas y sinceras carcajadas gracias a un amplio elenco de secundarios que protagonizan disparatadas y desternillantes situaciones. Destaca, por su carisma y su triste historia, el tartamudo Billy (Brad Dourif), que irá poco a poco curando su timidez y retraimiento e incluso descubrirá el amor en una prostituta amiga de McMurphy.

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El ambiente y la estética recuerdan a la película protagonizada por Robert de Niro Despertares, aunque esta es mucho más completa en cuanto a la forma y el contenido. La Academia de Hollywood supo apreciar el valor artístico y humano de esta historia de superación personal y colectiva, y premió a la cinta con los cinco Oscar principales (Mejor Película, Director, Actor, Actriz y Guión), una hazaña que sólo han repetido otras dos cintas en toda la historia de los premios: Sucedió una noche (1934) y El silencio de los corderos (1991). Alguien voló sobre el nido del cuco, basada en la novela homónima de Ken Kesey, supuso además el encumbramiento de su protagonista, un inolvidable e imperecedero Jack Nicholson. Quizá su actuación, más llamativa y arriesgada, dejó en un segundo plano a una sensacional Louise Fletcher, mucho más contenida que el anterior, y que con tan sólo una mirada es capaz de infundir un miedo y respeto terribles, lo que demuestra de nuevo que una buena interpretación no precisa de alardeantes gestos para comunicar todo lo que el personaje lleva en su interior. Finalmente, el demoledor desenlace nos deja con el corazón roto y tremendamente indignado, pero también con la satisfactoria sensación de que el único pecado del protagonista ha sido amar la libertad hasta sus últimas consecuencias. La esperanza, si todavía tenemos fuerza para agarrarnos a ella, ha quedado únicamente recluida en el “Jefe” quien, en un último acto de valentía y amor, salta por la ventana hacia una nueva vida…

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Comentarios

  1. Desiré Soriano

    Todavía me acuerdo la increíble sensación que me dejó la escena en la que saca a todos a la calle y suben al barco, preciosa. Y ese emotivo final… una maravilla de película, sin duda.

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