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Obra sombría y luminosa que genera inquietud

Por Enrique Fernández Lópiz

En la historia, dos familias y sus hijos cruzan sus vidas. De una parte, Anton es un médico que alterna su vida entre un pacífico pueblo en Dinamarca y su tarea como médico en un campo de refugiados en África, donde hace una importante, arriesgada y dura labor atendiendo casos peliagudos de enfermedades, heridas por la violencia, etc. Anton y su esposa, igualmente médico, son padres de dos hijos, no conviven y están pensando tramitar el divorcio. El mayor de los hijos, Elias, es un muchacho al que acosan e insultan los compañeros de colegio. Por ese entonces llegan a la ciudad un padre que acaba de enviudar con un hijo de nombre Christian que no ha asumido la muerte de su madre, y que encierra rencor hacia su padre a quien culpa de no haberse ocupado suficientemente de la enfermedad de la madre e incluso de haber deseado la muerte de ésta. El padre de Christian se ha trasladado a esa ciudad para vivir con su madre, abuela del niño, y debe viajar con frecuencia a Inglaterra. En la escuela, Elias entabla una estrecha amistad con Christian. Christian es un muchacho avezado y aguerrido, que defiende a Elias de sus acosadores, a la vez que se pone en riesgo con actividades peligrosas. El tropiezo de Anton con un tosco hombre que llega a agredirlo, predispondrá a Christian a tomar represalias contra el violento señor, acciones en las que involucra a Elias poniendo a prueba su amistad. La historia toma un curso que converge en unos acontecimientos que darán un vuelco en la vida de todos los personajes del film.

La excelente, vigorosa y persuasiva dirección de Susanne Bier mantiene en buena línea y a flote un film, En un mundo mejor (2010), que en manos de otro realizador tal vez habría derivado por el terreno del mero melodrama lacrimógeno. Sin embargo, Bier retrata con fuerza el poder del desconcierto donde el amor, la amistad y la violencia tejen una historia cargada de ambivalencia y dramatismo. Ayuda mucho a ello un excelente guión de Anders Thomas Jensen que sabe dar coherencia y entidad a la trama. Buena música de Johan Söderqvist y gran fotografía de Morten Søborg, retratando virtuosamente, tanto el clima gris de Dinamarca como el paisaje parámico de África.

El reparto es excelente: Mikael Persbrandt es un enorme actor nominado por su actuación como médico y padre en este film al Premio del Cine Europeo al Mejor Actor; él hace creíble cada gesto y cada acción que interpreta. Junto a él una maravillosa Trine Dyrholm como su esposa y mujer conflictualizada; Ulrich Thomsen muy convincente como padre viudo; William Jøhnk Nielsen gran papel del complejo y traumado niño Christian; Markus Rygaard está magnífico en su rol de segundo niño maltratado por los compañeros de colegio y amigo incondicional de Christian; y acompañan artistas todos de excelencia como Bodil Jørgensen, Toke Lars Bjarke, Camila Gottlieb o Satu Helena Mikkelinen.

Entre los Premios y nominaciones entre 2010 y 2011 están: Oscar: Mejor película de habla no inglesa. Globos de Oro: Mejor película de habla no inglesa. Festival de Sevilla: Mejor dirección, mejor guión. Festival de Roma: Gran premio del Jurado y Premio del público. Premios del Cine Europeo: Mejor director. 5 nominaciones, incluyendo mejor película. (2010) Asociación de Críticos de Chicago: Nominada a Mejor película extranjera. Como vemos tiene un curriculum envidiable que incluye un Oscar.

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Veamos, voy a decir algo fuerte y luego abundo en otros comentarios. Las películas de Bier y otras similares dejar estupefacto al espectador, incluso estuporoso, y esto hace huir al público de las salas ante este tipo de filmes. Sin embargo, a poco atento que se esté, a poco sensible que uno sea, teniendo un poco de sentido estético y gusto por el cine, hay que admitir que esta película y otras equivalentes, son auténticas obras de arte. Así, no se explica bien cómo hay ese desdén hacia este tipo de obras, como tampoco entiendo las razones y el por qué demoran tanto sus estrenos en las salas comerciales. Dicho esto, vamos a la película en cuestión.

Estamos ante un cine de autor (autora), con personalidad, que transmite sentimientos muy profundos en personajes de carne y hueso muy creíbles. Esta película camina al borde de la tragedia, del mismo modo que los niños caminaban al borde de un elevado edificio cuya altura y la presencia de estos pequeños personajes allí, provocan vértigo en el espectador.

Además, Bier aborda, dentro de la tragedia, el mundo infantil, sujetos vulnerables en una sociedad de aparente quietud y paz en la que se intuye que algo no va bien. Niños que hay que educar. Adultos sin un camino cierto, tambaleándose como zombis en una mar de zozobra existencial por doquier, la violencia presente pero a la vez soterrada. Recuerdo aquí la ingenuidad educativa cuando el padre de Elias, el médico Anton es agredido por un individuo rudo y bárbaro mientras él intenta convencerlo de que ese no es no es el “buen” camino, lo cual que sólo consigue que el otro le dé otro sopapo aún más fuerte. Y es que para un niño, quizá los daneses no sepan esto, es demasiado abstracto comprender comportamientos en términos ideales y espirituales. Los niños sólo entienden de acciones y obras, de lo que pueden ver. Para un niño no se es más o menos valiente, o más o menos cobarde; para un niño se es valiente, o se es cobarde, no hay medias tintas. El que se defiende con furia es valiente; el que no lo hace, es cobarde. Eso es todo. Pues hete aquí a Anton queriendo dar una lección de alta moral a niños que no entienden su actitud, lo cual será el detonante de la desgracia y el precipitador, incluso para bien, de muchos acontecimientos como al principio apunté.

En el relato hay aspectos que quiero subrayar, pues yo personalmente he vivido lo que ahora cuento, cuando he viajado a países de África o en el sur americano, donde las gentes pobres y con poco, están contentas y parecen felices y dispuestas a agasajar y a celebrar, contrariamente a lo que ocurre en nuestro opulento mundo. Pues bien, en el film se evidencia cómo la rica sociedad danesa, con su latente mar podrido, brumoso y con olor a angustia y melancolía, contrasta con el poblado africano donde trabaja Anton; cómo, esos niños desnutridos, plagados de moscas y pobreza en el África profunda, y tocados de lleno por una hambruna y una violencia de décadas, son niños contentos, sonrientes, que juegan, críos que no han perdido la vitalidad aunque estén familiarizados históricamente con el espanto. Así, Bier nos presenta esos dos mundos, el suntuoso, de individuos excedidos por sus crisis y problemas que a la vez son contenidos, lo cual que arrastran un intrigante efecto de “explosión silenciosa”; los conflictos matrimoniales y familiares, los hijos abandonados a su suerte, niños descolocados, el uno falto de afecto y víctima del abuso escolar, el otro con gran odio interior hacia su padre. Y toda esta inestabilidad y desequilibrio muy del norte europeo, contrasta con la relación del médico y sus pacientes africanos, muchos de ellos mujeres víctimas de la crueldad humana, pero resistiendo física y humanamente con mayor entereza las adversidades de la vida. O sea, violencia sofisticada versus violencia brutal, estar ahítos y desesperanzados versus no tener nada y vivir la contentura ante un sencillo balón de fútbol. Y como dice Rodríguez, a modo de comentario sobre el mérito de Bier, hay en todo este armazón dramático: … un enorme equilibrio moral y visual en la trama y la pantalla, y la ética y la fotografía pugnan por establecer un terreno sólido entre los cerca y los lejos, los arriba y los abajo, los mejor y los peor.

Todo esto se encuentra uno en este film, y más, pues la verdad es que la Bier conmueve. Como apunta Boyero: Todos los planteamientos morales que hace esta película alternativamente sombría y luminosa crean inquietud. Retrata inmejorablemente el poder del caos, la violencia como motor en las relaciones de poder, la tentación de los que la sufren de responder con ella, la dificultad de ordenar la propia vida cuando los fantasmas no dejan de amenazar, la épica labor de educar a los niños, a ese pozo insondable de miedos e incertidumbre, cuando la vida de los adultos está a la deriva.”

Concluyendo, aunque la película pueda parecer densa, algo de razón hay no lo voy a negar, sin embargo su narrativa está conducida de la sabia mano de su directora hacia una lúcida historia que cualquiera puede entender a la perfección, sin recovecos ni ocultaciones, sencilla y fluida, con un tempo pausado, una suave brisa fílmica que sabe aproximar y apartar de forma progresiva y sin cortes abruptos situaciones y escenarios, en una sucesión coherente. Para ello, se apoya en una gran fotografía del paisaje, como antes decía, y con un equipo actoral de lujo, propio del mundo nórdico, que aguanta con gran magisterio los primeros planos.

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