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Obra cumbre de la cinematografía

Por Enrique Fernández Lópiz

Pensaba hace unos días cuando pude ver La dolce vita, cuántas películas me quedan por ver aún. No sólo de las actuales, sino de las joyas del inmediato pasado. Digo “inmediato pasado”, pues la verdad, el cine es una expresión muy reciente, sobre todo si se compara si se compara con otras artes como la pintura, la escultura o la literatura. Pero también pensaba que he visto bastante más que el común de los mortales, pues como ya he dicho en otras ocasiones, fue una afición que me vino inculcada desde pequeñito en mi casa. Cada domingo íbamos al cine. Continuaría así en la época escolar, siguió cuando era universitario y así hasta el momento actual. Me encanta el cine y me encantó esta película que he visto de principio a fin hace sólo unos días, película que es ya una referencia entre lo más granado del cine universal y como obra principal del principal Fellini.

En la película, Marcello Rubini (Mastronianni) es un periodista de sociedad romano, ya un poco harto y desencantado de su profesión, los trasnoches, las exclusivas y las rocambolescas carreras en busca de alguna celebridad a la que entrevistar o algún evento social que cubrir para ganarse la vida. Se mueve un poco fastidiado e insatisfecho por la nocturnidad de Roma: fiestas, celebraciones de la burguesía, grupos de artistas, intelectuales que recitan poesía y tocan la guitarra mientras discuten ideas filosóficas, y otras especímenes que celebran alegremente la noche y también los amaneceres. Rubini siempre buscando una noticia, siempre merodeando los lugares diana para encontrar una crónica que contar, rodeado de personajes cansinos y rocambolescos, sobre todo de la élite italiana.

En una de sus correrías y pesquisas se informa de la inminente llegada de Sylvia (Anita Ekberg), una famosa diva del mundo del celuloide. Con las mismas cree que es su gran oportunidad para una noticia destacada. A la llegada de la artista, por circunstancias, la irá acompañando en la noche por diferentes lugares emblemáticos de Roma. El resto del film es un ir y venir por las noches y las madrugadas, de fiesta en fiesta y de aventura en aventura.

Yo diría que Fellini pone toda su sabiduría de director en este su séptimo largometraje, consiguiendo crear una concepción del mundo, de la vida, e incluso como escribe Martínez, de “la exaltación erótica de la misma decadencia, de la muerte”. Logra Fellini una obra cimera del cine, técnicamente impecable pero también con una enorme carga de profundidad humana. Habla del periodismo y sus avatares, del amor, de la amistad, de la opulencia, también del tedio y de la desgana de vivir.

Tiene un elaborado guión en el que participan, además del propio Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano y Brunello Rondi; un libreto cargado de alegorías, diálogos geniales y una reflexión crítica sobre la sociedad del momento. El guión no tiene una estructura convencional, va mostrando diferentes momentos noctirnos y de amanecida en la Via Veneto de Roma, todo ello desde la mirada del protagonista Marcelo Rubini. Es decir, no hay un argumento tradicional, sino una sucesión de fiestas, acontecimientos y encuentros diversos, con episodios de una gran potencia visual, como el clásico de la Ekberg en la fontana de Trevi con Mastronianni que es ya una escena icónica del cine. El proyecto del film es un cine distante del neorrealismo anterior felliniano, convertido en una obra ácida y subjetiva, donde abundan momentos de diálogos bellos, descarados, espontáneos y alguno que delibera sobre dudas trascendentales, desgranados en momentos de reflexiva lucidez; diálogos en un contexto de desvarío, de ruido, de enervante movimiento de gentes, de discusiones de pareja, y mucho más. Excelente la música de Nino Rota y gran fotografía en blanco y negro, llena de matices, de Otello Martelli.

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El reparto es incontestable. Marcello Mastronianni está genial, sabiendo conjugar se rol de periodista un tanto amargado, que sabe trasladar al espectador su tedio con una vida singular. Una forma de existencia que a la vez está llena de acontecimientos únicos, que no a cualquiera le ocurren, pero que Rubini-Mastronianni sabe interpretar en forma convincente y sin necesidad de exhibiciones accesorias. La estrella sueca y sex simbol Anita Ekberg es toda una bomba de belleza, energía y vitalidad que da una crucial impronta al film. Anouk Aimée está deliciosa y expresiva. Y conjuntadamente, un elenco brillante con Yvonne Furneaux, Alain Cuny, Nadia Gray, Annibale Ninchi, Margali Noel, Lex Barker, Jacques Sernas y el mismísimo Adriano Celentano.

Premios y nominaciones entre 1959 y 1960. 1959: Premios David di Donatello: Mejor director. 1960: Festival de Cannes: Palma de Oro mejor película. Premios BAFTA: Nominada a mejor película. Oscar: Mejor vestuario. 4 nominaciones, incluyendo director y guión. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera. National Board of Review: Top mejores películas extranjeras.

Es sabido que esta película de Fellini es considerada la obra que marca la frontera entre su anterior cine neorrealista (La strada, 1954; o, Las noches de Cabiria, 1957); y el cine simbolista por venir (Amarcord, 1973; o, Y la nave va, 1983). Estamos ante un film aclamado universalmente y que incluso algunos críticos y entendidos consideran como el mejor trabajo del director, amén de una de las obras cumbres de la cinematografía universal. Como escribiera Ebert: “La película está hecha con una energía sin límite […] Fellini y Marcello captaron un momento de descubrimiento y lo hicieron inmortal”.

Refleja esta película las fiestas de la aristocracia, momentos álgidos de una decadencia que se mueve entre el desenfreno y el espanto; superficialidad, frivolidad, lascivia y perversión en la sofisticada y viciada nobleza romana, y junto a ellos, los periodistas y paparazzis que les hacen el juego mendigando fotografías o historias sensacionalistas para ganarse el pan. También aborda, si bien más tangencialmente, el tema religioso y la iglesia.

En conclusión, una panorámica sobre el letargo existencial, intelectual y ético en que el protagonista acaba sumido, incapaz de superar sus conflictos, en la perenne duda sobre sus cualidades de escritor. Esto, en vez de hacerle buscar vías de superación, le llevan a conformarse con su mediocridad como reportero del corazón; además, la misma falta de determinación la traslada a su vida amorosa con su pareja, con la cual se debate entre su tendencia promiscua y la incapacidad para abandonar la relación estable que mantiene y que califica de “maternal”. En la trama abunda la caricatura, la deformación de la realidad, y elementos barrocos evidentes.

No es el fruto maduro ni podrido, es una fruta vana”, escribía Antonio Machado en su antológico poema “Del pasado efímero”. Lo vano, lo sin sustancia, lo vacío. Es este también un tema recurrente en esta película. Personas triviales, fútiles, vacías. Es el vacío de la prostituta, el vacío de Marcello, el vacío de tanta gente bien que gastan su tiempo en juergas baladíes y perniciosas, es el vacío de la rica y hermosa Maddalena (Anouk Aimée); el vacío de su insatisfecha novia Emma, vacíos incluso que a veces se disfrazan de plenitud, como el de Sylvia (Anita Ekberg). Y Marcello convertido en un galán perpetuo y superficial, entregado a la locura de esas noches en las que todo y nada puede suceder, noches igualmente vacías.

No cabe duda de que esta película no puede ser vista como una castañuela, es una obra sombría y afilada que encara el hastío vitall en toda su crudeza. En realidad, la película es excesiva y recargada. Igual por eso el final puede resultar degradado, aun cuando estamos, como he dicho, ante una película excelente sin discusión. Podemos ver aquí el alegórico final del film.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=JL2KQu_KKaI.

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