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¡Nos invaden bichos luminosos!

Por Mª José Toledo

En una época en la que la industria cinematográfica no deja de mirar hacia la literatura para sacar adelante nuevos proyectos, o no tan nuevos según cómo se mire, la novela romántica en sus distintos géneros parece una fuente inagotable de ideas. Si las ideas son buenas o malas, ya veremos. Tras arrasar el mundo con la púber Crepúsculo, la norteamericana Stephenie Meyer publicó The Host, novela romántica y para adultos, o eso dice la autora, que también produjo en una adaptación a la gran pantalla dirigida por el competente Andrew Niccol, creador de esa preciosidad llamada Gattaca. Otro día hablaremos de ella.

La huésped es una película de ciencia ficción ambientada en una Tierra sin calendario que nos sitúe pero sí con una ocupación alienígena. Haciendo alarde de una inmensa originalidad, estos alienígenas invaden los cuerpos de los terrícolas. Nunca visto antes, ¿verdad? Pues así de peligrosas son estas criaturas a las que se les llama alternativamente «cosas» o «almas», depende del cariño que les hayas cogido. Nuestro planeta está gobernado ahora por cuerpos humanos con mentes extraterrestres que han implantado un sistema global caracterizado por la no violencia y el vestuario blanco, color que en la ficción ya no transmite pureza o bondad sino frío, insensibilidad, rigidez. Curioso. El caso es que algunas personas, no se sabe el motivo, logran resistir a la mente invasora. ¿El resultado? Que conviven las dos entidades en el mismo cerebro. Una especie de esquizofrenia en plan amistosa.

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Vistos los primeros minutos, La huésped  nos plantea enseguida unas cuantas preguntas que nunca se resolverán, condenando la película al bochorno, al cliché y a la imprecisión. Para empezar, cualquier historia, por muy fantasiosa que sea, debe ser coherente y lógica dentro de sus reglas. En cambio, Meyer nos trata de convencer de que unas criaturas que caben en la palma de tu mano, débiles, sin movilidad, dependientes y brillantes (¿qué obsesión tiene esta mujer con los brillos…?) pueden transportarse por el universo y colonizar decenas de planetas sin posibilidad de escapatoria para el colonizado. Mentira. Cualquier habitante de cualquier planeta, doy por hecho que con inteligencia, las aplastaría nada más aparecer. No es creíble el esquema, pero es que tampoco es creíble el personaje de la alienígena Wanderer, verdadera protagonista de la película e invasora de la humana Melanie. Un ser que haya vivido mil años y haya conocido y visto lo que suponemos que ha visto ella, ¿de verdad se va a impresionar por un rubiales meloso? ¿En serio que unas luciérnagas pueden dejarla sin habla? ¿Es comprensible que una espiga de trigo le parezca la maravilla de las maravillas? ¿No existe el «amor» en otros rincones de la galaxia? Es más: ¿esta criatura aún no se ha dado cuenta de que lo que hace su especie es destruir otras especies? ¿En eso consiste su no violencia y su armonía? Absurdo.

Esto demuestra que al final toda la trama está encaminada, pese a lo que pueda pensarse, a un antropocentrismo irreflexivo en el que el ser humano es lo más espectacular y extraordinario del universo porque debe ser así y no hay más que hablar. La pureza de Wanda es una simple continuación de las virtudes humanas que tanto le conmueven, algo anecdótico teniendo en cuenta la fascinación que ejerce en ella cualquier cosa relacionada con la Tierra, pero no a revés. Fijémonos en que nadie pregunta o se interesa por esas otras formas de vida, por esos otros mundos o incluso por las mismísimas «almas», aunque solo sea para conocer a tu enemigo. Qué importancia va a tener eso en comparación con el melodrama adolescente que se forma en torno a un triángulo amoroso cansino y predecible. Encima. «Enamorado de una ameba luminosa», tendría que titularse la película. Que si me gusta uno, que si a la otra le gusta el otro, que si al primero le gusto yo, que si me besas, que si le beso, que si nos besamos… Si lo que queréis de verdad es hacer una orgía, no nos engañáis. El lamentable desenlace con amago dramático y el «meses más tarde» termina de sentenciar la película. Podría haber acabado con algo de dignidad, pero tampoco.

Respetable dirección y puesta en escena de Andrew Niccol, quien parece interesado, contra su propio guión, de trascender la pamplina y darle a su obra una impronta sentimental y seria que, sin embargo, no puede hacer desaparecer el resto de sus errores y debilidades. Lo mejor de El huésped es sin duda William Hurt poniendo calidad en cada aparición, la honda bondad de Wanda, que te cae bien; y la belleza europea de Diane Kruger.

¿Que nos invaden bichos de luz? Pues coge el insecticida, hombre.

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