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No soporto la temática, no tolero el film

Por Enrique Fernández Lópiz

En La cena de los idiotas Pierre Brochant y sus amiguetes burgueses, millonarios pero de poca catadura moral, cada miércoles montan una cena que es una manera de apostar a ver quién lleva al idiota más portentoso entre los idiotas. El que lo consigue es el ganador. Una noche, el Sr. Brochant está pletórico, cree haber encontrado una auténtica joya de idiota en toda regla. Su nombre es François Pignon, un funcionario de Hacienda, un oficinista de poca monta en ese Ministerio de Finanzas, cuya pasión es la construcción de esculturas con cerillas de monumentos y otras lindezas. Lo que Brochant no sabe es que Pignon tiene la mala suerte inscrita en su cara, o sea, es un auténtico gafe, un genio provocando desastres.

Pignon actúa siempre con buena fe, pero no para de causarle problemas a Brochant: ¡una auténtica molestia! La situación se hace cada vez más compleja y pretende ser divertida, ya que el idiota invitado, no contento con agravarle la lumbalgias que padece Brochant, logra también que su esposa le deje; hace venir a la casa a una histérica obsesionada con Brochant, lo pone frente a frente de su peor enemigo, provoca una inspección de hacienda le, y así una tras otra toda una retahíla de calamidades. Al final, lo que resulta es que esa pretensión de denunciar la crueldad de Brochant, se da la vuelta, pues las ingeniosas intervenciones por teléfono de Pignon, dejan la crueldad en un segundo plano.

Del director Francis Veber, he podido ver en el cine fuera de España Salir del Armario (“Le Placard”) (2001), una película hilarante y que me resultó en extremo divertida; y también he visto El juego de los idiotas (2006), una agradable comedia igualmente plácida. Pero mira por donde me han pasado este film que ahora comento, y me ha resultado de mal gusto y no me ha agradado nada de nada. El caso es que observo que recibió espléndidas críticas y alabanzas, tal vez por su tono cuasi teatral, no sé, no lo entiendo bien. Para mí el director no sabe resolver de forma correcta la trama del film, quedando en una nadería desagradable.

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Puede que la obra teatral homónima en la que se inspira el film sea genial, pero la adaptación que de ella ha realizado su propio autor, me ha resultado bastante áspera, mediocre y aburrida.

Tiene una música pasable de Vladimir Cosma y una buena fotografía de Luciano Tovoli.

En el reparto hay actores y actrices que de renombre, pero al no tener un libreto honroso, entonces, aunque hagan trabajos esmerados, sus roles se difuminan. Actores reconocidos como Thierry Lhermitte (muy bien), Jacques Villeret (genial), Francis Huster (estupendo), Daniel Prévost (ingenioso), Alexandra Vandernoot (bien) y Catherine Frot (muy bien).

En 1998, en los Premios Cesar, fue seis veces nominada, incluyendo a la mejor película. O sea, ningún premio. Yo tampoco le habría dado nada.

Se trata de una comedia cruel y perversa, justo de las que no me hacen ni pizca de gracia. El ser humano tiene estas cosas, ya sabemos. Le divierte reírse y pitorrearse de quienes le rodean y para ello intentan colgarles etiquetas humillantes y deshonrosas como, “este es tonto”, o “idiota”, o es un “cornudo”, o un “colgado”, etc., etc. Es la manera de someterlos a la burla general, la forma de reírse del prójimo. A mí eso siempre me ha parecido tan burdo y tan bajo, que ni siquiera en chiste lo tolero. Antes, en mi niñez y juventud eso era típico: “A” era el tonto; “T” el deslenguado; “B” el borrachín, y así un listado de personajes populares a los que nadie dejaba en paz por la calle gritándoles insultos, palabras malsonantes, dándoles collejas por la espalda y otras bromas pesadas para solaz del respetable. Jamás me avine a ese juego.

En esta película, el “idiota” es un pobre oficinista como tantos que hay en el mundo, buena persona donde los haya pero torpón: se le caen las cosas de las manos y explica cosas aburridas, para regocijo de sus anfitriones; y digo yo ¿tiene eso gracia? El típico idiota, como el del film, es por lo común poco agraciado y poco afortunado. Entonces es cuando se convierte en el típico sujeto que recibe todos los golpes que se escapan, todos los palos de las risotadas y la mofa. No me gusta, no, ni en chiste.

Lo que más me ha gustado de le película es cómo el pobre Pignon, en su mala suerte, sin dejar de ser bueno, sin dejar de tener buena onda y mal que les pese a los otros, acomete su propia venganza sin saberlo, llevando a su anfitrión por un imprevisto camino que el muy honorable Brochant no habría podido imaginar. Brochant es el cazador cazado o mejor, el objeto de la venganza del idiota.

Conclusión: comedia blanda, predecible, cruel y para colmo con un exceso de moralina que tenemos que soportar, y que ¡maldita la gracia! ¡Ah! Y no crean que no entiendo el humor francés, es que el tema me repugna y me enerva.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=ZIYDyxf_R1E.

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