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No es amarillo banana, sino amarillo oro

Por Mª José Toledo

Siempre he creído que los Minions son una de las creaciones en la animación más geniales de los últimos tiempos. Las mentes creativas detrás de aquella Gru, mi villano favorito de 2010 tienen muchos nombres, así que a todos debemos agradecerle la existencia de estos personajes, entre ellos al español Sergio Pablos, al francés Pierre Coffin y a los norteamericanos Chris Renaud, Ken Daurio y Cinco Paul. Desde entonces, los Minions no han hecho más que engrandecerse hasta lograr su propia aventura en solitario, y lo de solitario es un decir porque en su disparatada búsqueda de un villano a quien servir estarán acompañados hasta de la mismísima reina de Inglaterra. Número uno en taquilla en su primer fin de semana de estreno y un tibio desencanto una vez vista es lo que está cosechando Los Minions.

Claro, que este desencanto lo transmiten los adultos, ya que dudo mucho que un niño se decepcione con estos noventa minutos de alegría amarilla, pero de un amarillo dorado como el oro, que es el verdadero precio de estas criaturas inolvidables que querríamos adoptar al completo. En la saga de Gru nos explicaron otro origen biológico de la tribu Minion, cambio que me parece un error, y ahora resulta que son seres milenarios que viven para obedecer al mal. Lo extraño es que ellos son buenos. ¿Alguien lo entiende? Sea como sea, tras siglos de soledad, Kevin, Stuart y Bob emprenderán un viaje impredecible para encontrar a su villano perfecto. Podemos suponer qué ocurrirá en ese trayecto pero nunca cómo ocurrirá, así que la sencillez del planteamiento queda enriquecida por la firmeza y el ritmo constante de su desarrollo y por un sentido del humor inteligente en sus gags. Lo de inteligente quiero recalcarlo porque estoy harta de estupideces y vulgaridades animadas, como si los jóvenes fuesen adultos sin ilusiones ni tiempo para vivir su infancia. Los Minions recurren al sketch bien trabajado, entre parodia británica, anarquía minion y homenaje a la cultura occidental dirigida expresamente a los mayores. Atento a los detalles. A destacar, la introducción narrada y la persecución bajo la lluvia, dos escenas de una enorme calidad.

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Eso sí, no puede negarse que la historia es algo plana y su guión, que recurre al archiconocido esquema de buenos contra malos que quieren dominar el mundo, no aporta ninguna otra idea fuera del carisma Minion. En eso se sustenta la película y como los Minions son geniales soportan con gracia el peso de su exclusivo protagonismo. Ellos son el centro de la historia y el resto una válida excusa para un festival de Minions en acción en un variado surtido de disfraces, situaciones, juegos y bromas. Suficiente para que la disfrutemos de principio a fin. Tiernos, leales, adorables, inocentes, traviesos y encantadores, los Minions se adueñan de la pantalla y nos contagian de su simpatía, de su espíritu de aventura, de su afán exploratorio y de su noble deseo, a fin de cuentas, de encontrar un verdadero hogar. No es una película compleja, madura ni trascendente, de acuerdo, pero sí es entrañable.

La factura técnica es digna de elogio, la banda sonora añade una buena ambientación al incluir temas clásicos de rock sesentero y el doblaje de Alexandra Jiménez y Quim Gutiérrez no desentona; al contrario, Scarlet Overkill se oye especialmente bien. Los Minions vuelven a ser doblados de forma excepcional por Coffin y Renaud, que inventaron un idioma ininteligible que mezcla palabras de diferentes lenguas y que supone un acierto único en la creación de los Minions. De hecho, la ausencia de diálogos ortodoxos no impide que entendamos lo que está pasando y lo que los personajes dicen o sienten. Otra genialidad.

Dinámica, alegre, aniñada y tan mona como lo son los Minions, su película es un primer paso para una fructífera y exitosa franquicia. Ellos lo merecen y el mundo les necesita. Hasta la próxima, «profiterol».

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