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Night On Heart

Por Asdrúbal Guerra

-Buenos días. Lléveme a La Tierra, por favor.
-¡Pero si está aquí al lado!
-No lo crea.

Noche en la Tierra es una película de Jim Jarmusch, un director conocido principalmente por sus cortometrajes Coffee and Cigarrettes, que tuvieron bastante fama dentro del cine underground de los 90 en Estados Unidos. Esta película fue producida en 1991 por varios países, tiene una duración de 121 minutos y un formato de historia por episodios. La trama consiste en la visualización del trayecto que hacen cinco taxistas con sus respectivos clientes en varias ciudades del mundo durante la misma noche: Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki. Entre los actores de la película destacan Winona Ryder y Roberto Benigni, en su habitual papel de italiano histriónico, que tanto cuesta diferenciar de su verdadera personalidad.

Lo interesante de esta película es su simplicidad. No es una película pretenciosa. Todo lo contrario, es un largometraje en el que se muestran situaciones que, aunque surrealistas, bien se podrían dar en cualquier taxi del mundo de noche. En el caso de los Ángeles, una agente de actrices busca algún talento para una nueva producción y se encuentra con una joven taxista bastante genuina y viril. En Nueva York, al otro lado del país, un inmigrante de Alemania del Este, que trabajaba como payaso, recoge en su taxi a un negro del Bronx que poco sabe de modales y de moda. En París, un nefasto conductor de Costa de Marfil siente curiosidad por saber qué ve y siente su clienta ciega. En Roma, un excéntrico taxista aprovecha que un cura se ha subido a su taxi para confesar sus pecados sexuales. Y por último, en Helsinki, una manada de borrachos discuten con el taxista por ver quién de los cuatro tiene una vida más triste mientras se dirigen de vuelta a casa, en busca de la sigilosa resaca que a menudo trae el alba en las ciudades heladas.

Noche en la Tierra es una película que no hay que comprender, sino sentir, como se siente la soledad cuando esperas tu maleta en el aeropuerto, cuando cantas borracho de vuelta a casa o cuando miras al móvil a las tres de la mañana esperando aquel ansiado mensaje que no acaba de llegar. Es una película que trata la vida tal y como es, en un sitio tan característico como un taxi, donde uno está obligado a compartir sus amarguras con un desconocido, las heridas que se abren hablando de más o resoplando en el asiento de atrás. Puede que a muchas personas esto no les resulte suficiente para verla. Algunas dirán: ¿Y qué tiene eso de especial, Asdrúbal? Nada, y esa es la gracia, que es simple y bello a la vez. Las pequeñas cosas, como el ir en taxi, tienen una magia cotidiana que se está perdiendo sin que nos demos cuenta.

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Ya lo decía un graffiti de Mayo del 68: “Cours, camarade, le vieux monde est derrière toi” (Corre, camarada, el viejo mundo queda atrás). Las cabinas han ido desapareciendo poco a poco, y ahora es el turno de los taxistas. Los taxistas, sí, esos seres especiales que han formado parte de los mejores y los peores fines de noche de nuestra vida, de nuestros paseos enamorados, de nuestros trayectos del aeropuerto al hotel. A mí, personalmente, me encanta hablar con los taxistas, aunque no sé muy bien por qué. Por un lado, porque al igual que me pasa con los peluqueros, tengo la sensación de que les debo un favor, de que debo amenizarles su monótono trabajo. Por otro, porque tienen fama de habladores y a mí me gusta confirmar las teorías (incluso las peores). En ocasiones he buscado las cosquillas a los taxistas de La Laguna preguntándoles si el tranvía ha afectado mucho a su sueldo, para que me respondan entre gruñidos; en otras los he incomodado haciéndolos llevarme a casa de un familiar que sólo estaba a quinientos metros de la parada de taxi, porque no podía mantenerme en pie; y también les he preguntado si no les importaría que subiese a mi casa a coger dinero, dejando mi mochila en el taxi como prueba de mi regreso. Pero ellos también han sido excéntricos por su parte, me ha devuelto la jugada contándome su vida amorosa en Venezuela, conduciendo a más de cien km/h en una carretera de ochenta, oyendo emisoras de radio latinas a un volumen muy alto y siendo, en definitiva, ellos mismos.

Cuando era más joven era un fan de El guardián entre el centeno. En este libro Holden Caulfield pregunta a un taxista a dónde iban los patos de Central Park cuando el lago del parque se congelaba. Yo recuerdo una vez -qué tonto- que le pregunté a un taxista si había visto Taxi Driver, porque estábamos hablando de su trabajo y yo creía que le podía gustar la película. Pese a que era muy cinéfilo me dijo que no, y cuando volví a  casa pensé si él sería consciente de la soledad de su trabajo o si yo sería idiota por querérsela mostrar con una película. Aunque ahora que lo pienso no es tan obvio que uno sea consciente de la naturaleza de su oficio, como no es tan obvio que una película simple exprese más que una pretenciosa.

Night on Heart es hermosa a su manera. Tiene una banda sonora de Tom Waits que, pese a que es un cantante que no me gusta, pega a la perfección con las situaciones de taxi y con las vistas, las luces, los reflejos de las ciudades de madrugada. La fotografía, por su parte, no es tampoco nada del otro mundo, pues predomina un plano medio constante y no hay grandes virguerías. Pero como dije al principio, la frescura de los actores, las situaciones que se dan y la idea de la película es lúcida y amena, perfecta para disfrutarla viéndola en la cama a medianoche.

Ciega: Incluso voy al cine.
Taxista: ¿Al cine? ¿Y qué ve en el cine?

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