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Nebraska

Por Enrique Fernández Lópiz

Un anciano medio desorientado, Woody Grant (Bruce Dern), tras recibir un papel con un supuesto premio por valor de un millón de dólares, decide viajar a la ciudad de Lincoln, en el estado de Nebraska (de ahí el título), para recoger el premio. Y lo quiere hacer a toda costa. Viendo tanto empeño en su padre, su hijo David decide acompañarlo y llevarlo en su auto. Con el transcurrir de los minutos, la relación entre ambos, que durante años estuvo rota por los continuos desvaríos etílicos de su padre, tomará un cariz diferente ante la sorpresa de la cáustica madre y del hermano mayor, que triunfa en la TV local como presentador de un informativo.

Empezaré diciendo que es para mí, de las que he visto, la mejor película de Alexander Payne. Es una obra sencilla pero a la vez de enorme calado y con múltiples mensajes y ángulos interesantes para reflexionar. Por empezar, nada más iniciar la película ya te ves dentro de un ambiente rodado en blanco y negro, no por un capricho, sino premeditadamente en el plano intelectual por el director Payne; y esta decisión no es sólo que enriquece artísticamente la película, sino que es el camino para resaltar un mundo de erial y pobreza en muchos aspectos de la historia. El crítico Luís Martínez apunta muy acertadamente que: «la maniobra consiste en fundir los personajes con el paisaje hasta transformar el páramo que debe de ser Nebraska en la geografía de la mismísima alma.»

Por lo común, el tópico apunta a una Norteamérica boyante, rica, de rascacielos y anuncios luminosos por doquier, mujeres bellas o grandes autos, etc. Pues bien, aquí lo único que salen son personas mediocres y bebedoras, ambientes desérticos, el cableado eléctrico aéreo, cuatro vacas en lontananza y unos pueblos que son misérrimos y paupérrimos en todo sentido, económico e intelectual, ¡la América profunda! Pueblos con casas de madera decadentes, ventanas de plástico, con una taberna donde se bebe sin parar, calles desérticas y hombres y mujeres indigentes en todo sentido. Este es el encuadre.

Los protagonistas y en realidad todos los que salen en el film son personajes anclados a sus desventuras, personajes muy imperfectos atascados en sus pobres rutinas, y muestra de ello es el protagonista principal Woody Grant, un anciano al que la vejez y la muerte le soplan su aliento en la nuca, personaje magistralmente interpretado por Bruce Dern en el que probablemente es el papel de su vida. Pues bien Woody Grant, de pronto ha encontrado una ilusión, un algo por lo que continuar algunos pasos más caminando su pobre existencia, un cheque a todas luces falso, pero que le anuncia un importante premio de dinero. Y hasta este aliciente denota la pobreza de espíritu de los personajes del film, para quienes el dinero es lo sumo y la razón por la que a un viejo se le puede hasta sacar como noticia principal en el pobre periódico local, foto incluida, como si fuera un héroe.

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Quiero recordar aquí, como hago otras veces en mis críticas, algunas ideas que me vienen al hilo de la película. Me refiero al hecho, muy americano, de considerar la riqueza como un signo de distinción e identidad. En su momento Erich Fromm distinguió una forma benigna y otra maligna de narcisismo. En la forma benigna, el objeto del narcisismo es resultado del esfuerzo personal, como lo es el orgullo narcisista de cualquier trabajador por su obra (un carpintero, artista, científico, etc.); y es que esta manera de narcisismo del ser hace que la persona se mantenga en la realidad y pueda valorar su propia actividad y también el trabajo de los demás. En cambio, en el narcisismo maligno, el objeto del narcisismo no es nada que el individuo hace o produce, sino algo que tiene, como dinero, tal el caso del protagonista y de quienes le rodean. Para estas personas, sobre todo en la vejez, una amenaza a sus pertenencias es una amenaza a su propia vida y la malignidad proviene de que el individuo “grande” o “preciado” por lo que tiene, queda aislado en su esplendor narcisista: es un individuo muy limitado. Pues a esto me ha recordado ese endiosamiento del dinero en la película de parte de sus pobres personajes.

Pero hay otros aspectos algo más halagüeños. La reconciliación del hijo menor con su padre, el amor para con su padre, un espacio de acuerdo, de perdón y de reconocimiento pues David empieza a entender el enorme problema de la vejez de su padre a quien le acosa la demencia y el miedo a la muerte, a una muerte absurda donde lo único que tiene a su lado es una tosca y ordinaria mujer que le insulta constantemente, y el desierto que le rodea. Entonces, padre e hijo inician una road movie que preside, fotograma a fotograma, cada segundo de la película en busca de ese Dorado estúpido que, empero, es todo cuanto puede tener un valor en su miserable vida.

Se reflejan en la película las dificultades de relación padre-hijo, relaciones conflictivas universales y ya archidescritas por la psicología o el arte, como en este caso. Padres que reprochan a sus hijos, e hijos que reprochan aún más a sus padres. Y esto dura, puede durar toda la vida o puede dejar de hacerlo. Y esto es lo que pasa en el film, cuando el hijo aprende a ser hijo, lo cual que le dará pie para ya poder ser otras cosas. De hecho, no ocurre igual con el otro hijo mayor, tan preocupado por su éxito en la TV local que se desmarca de su padre prácticamente. De manera que tenemos una visión de las relaciones filio-paternas, e incluso el viaje al interior de ambos personajes que acabarán por reconocerse y comprenderse al final de la historia.

La película es poesía, es poesía metafísica donde Payne nos muestra, no sólo una realidad americana árida y de derrota, sino tal vez la metáfora de la carencia que habita en todos nosotros, nuestro propio extravío, nuestras estúpidas ilusiones que acaban con una gorra como regalo. Especie de comedia, más bien tragicomedia o drama, o meramente desengaño. Como decíamos, quizá la mejor pero también más sencilla película de Payne, con un excelente guión y trama de Bob Nelson, una genial fotografía de Phedon Papamichael, gran música de Mark Orton, y los magníficamente bien elegidos actores para cada papel. Todo ello nos hacer emocionar profundamente porque nos confronta, como decimos, con nuestra miserias. Y citando de nuevo a Luís Martínez: «Nos descubre nuestra desnuda condición de seres desnudos. Y eso emociona tanto como una película perfecta.»

En resolución, se trata de una auténtica obra de arte que versa sobre el espíritu humano. Y también sobre la vejez, un tema que parece gustar a Payne, pues, ¿quién no recuerda la enorme película de este mismo director interpretada por Jack Nicholson, A propósito de Schmidt, de 2002, con un hombre que ha de afrontar jubilación, viudez, soledad, todo en el mismo tiempo prácticamente? Por eso, además de recomendarla en general, también apunto este extremo de la vejez como tema recurrente en Payne, para quien le pueda interesar, por ejemplo a mí.

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Comentarios

  1. Alejandro Arranz

    Una crítica formidable compañero. Estoy totalmente de acuerdo con tus palabras.

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