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Nebraska

Por Manuel G. Mata

Lo bueno que tiene esta época del año, junto con la agonía del invierno (¡bendito verano!) es que antes de la gran gala de los Oscar los cines se llenan de películas que optan al archiconocido galardón, tal vez no el más prestigioso del mundo, pero sí el que la gente más valora. Muchas de esas piezas son esperadísimas, algunas levantan unas expectativas muy embriagadoras y otras pasan sin más pena que gloria por cartelera. Miércoles, día del espectador, el cine lleno y la sala de Nebraska prácticamente vacía (y ojalá lo hubiese estado, porque me tocó verla con un grupo de impresentables de estos que se hacen los graciosos y comentan la película a voces, para que todo el mundo les ría la gracia y así poder llenar su ego, cuando la gracia la tienen bastante lejos de Nebraska, concretamente en el “Ohio” del culo. Esta gentuza merece ser condenada a muerte a machetazos. Perdón por descargar mi ira, pero lo necesitaba para encontrar la paz antes de seguir escribiendo), lo que es una pena, porque Nebraska es una gran película.

Los que me habéis leído ya sabéis que no me gusta hablar de las interpretaciones si veo una película doblada, y no suelo hacer excepciones, pero es que cuando te chocas contra una interpretación tan callada como la de Bruce Dern, es imposible resistirse. Su mirada perdida, sus andares, su manera de mover la boca, la manera en la que consigue transmitir al espectador tantos sentimientos sin apenas balbucear… No me extraña que se llevase la Palma de Oro en Cannes, y no lo descarto para el codiciado Oscar.

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Nebraska tiene un poderoso guión, la fábula del tonto que quizás no lo es tanto, la fábula del soñador que sueña y consigue que nos creamos esa fábula gracias a una buenísima construcción de los personajes, a unos diálogos muy ingeniosos y a una representación de los estereotipos de la  Norteamérica profunda que estamos muy acostumbrados a ver de una manera muy veraz y que, a veces, incluso consigue hacer internacional. La lengua ácida de Woody Grant (Dern) se mueve poco, pero cuando lo hace (no precisamente para meterla en el cuello de una botella de cerveza) sienta cátedra. Además, pese a la negatividad que puede transmitir (me encanta el personaje de la mujer de Woody, interpretada por la nominada June Squibb), en algunos momentos, tiene momentos para la ternura y para la reflexión. Si a todo esto añadimos una genial fotografía y una puesta en escena muy lograda, nos encontramos con una producción que no deja indiferente.

No es la más comercial de las candidatas, quizás no tiene un gran filón para atraer al espectador medio, pero desde luego no dejará indiferente a nadie que vea la película.

Hasta los “merecemachetazos” se callaron cuando la película alcanzó el clímax, y no precisamente por el lanzamiento de mis miradas asesinas, y además salieron con una torpe sonrisa en la boca de la sala, al igual que todos los que allí estuvimos aguantándoles.

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