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Naúfrago

Por Enrique Fernández Lópiz

Un importante trabajador de una empresa de mensajería, Chuck Noland (Tom Hanks), tras un accidente de avión mientras transportaba mensajería, cae en medio del mar y logra arribar a una lejana isla del trópico en medio del océano. En ella estará durante cuatro largos años en todo un ejercicio de supervivencia física y moral. En sus días de extrema soledad sólo le acompaña un balón al que dibuja ojos, nariz y boca, con el que conversa para mitigar su angustia. Chuck ha sido privado con este accidente de una vida cómoda y acomodada con su prometida. El desenlace está protagonizado por un titánico esfuerzo de Chuck a fin de abandonar la isla y retornar como sea su vida arriesgándolo todo.

Robert Zemeckis ha dirigido con mano experta esta película que tiene como soporte un gran guión de William Broyles Jr., y de la que podemos decir casi sin error, que ha pasado definitivamente a los anales de la cinematografía. Acompaña una gran fotografía de Don Burgess, una excelente música de Alan Silvestri, y el sonido y los efectos especiales, sobre todo en la caída del avión, muy logrados y que dotan de gran realismo las escenas más trágicas.

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Es una película en extremo dramática de principio a fin, o sea, desde la caída al mar del avión en que viajaba el protagonista Chuck, pasando por su experiencia límite en la inhóspita isla donde le toca llegar. Chuck, tras el shock del accidente, ha de sobreponerse día a día para no incurrir en la desesperación de haber perdido a su amada, sus amigos e incluso su carrera profesional: debe empezar todo de nuevo. Esa vida pequeño burguesa donde su amada esposa le habría traído una copa al llegar de trabajar, en la que habría hecho el amor y engendrado hijos, esa vida doméstica tranquila… todo va por la borda nunca mejor dicho. Entonces, esa ansiada comodidad se encamina por los derroteros de tener que buscar alimento, agua, hacer fuego para calentarse, quitarse de encima un dolor de muelas a lo silvestre, no volverse loco de soledad, y encontrar alguna peregrina solución para salir de ese infierno como sea. Así fueron lanzados los dados de Chuck Noland. Y yo digo que nadie está exento de que le ocurra alguna contingencia equivalente, tal vez no tan florida, pero igualmente dolorosa. Entonces, resulta que la película es además de una historia dramática, una metáfora de las vueltas que da la vida y de las esquinas imprevistas que nos aguardan a todos en el momento y lugar más inesperado.

Pero también, ante estos imprevistos y las esquinas peligrosas, para los momentos difíciles, uno se puede sobreponer, no sin esfuerzo. Por ello la historia lo es de superación y supervivencia, no sólo ante las inclemencias y peligros externos que acechan, sino sobre todo ante los demonios internos que pugnan para hacernos rendir, por poner fin a la vida, lo cual que en la cinta no ocurre por otro azar del destino.

La vuelta a la civilización en la que durante cuatro años le dieron por muerto, es otro punto álgido del film. Para ese entonces las cosas han cambiado mucho: su antigua novia está casada y con hijos y él ya ve las cosas de otro modo. Yo diría al modo del psicoanalista Fairbairn, que por un momento nuestro protagonista está cargado de demonios internos, vivencias de desesperación, caído como el ángel caído, y es ahí cuando busca desesperadamente una tabla de salvación, una especie de exorcismo que desaloje los demonios que le acechan. Fairbairn decía que el psicoterapeuta se entiende como un “sucesor del exorcista” cuya misión no es tanto perdonar los pecados como desalojar los demonios. Pues bien, aquí no hay terapeutas pero sí un balón, el famoso balón que iba en el avión de transporte, rescatado en la isla, al que le hablaba sin cesar, y que le salvó de la locura pues era como su terapeuta silente; balón que él quiere devolver a su dueño, a quien iba dirigido. No entraré en ese misterioso final del cruce de caminos cuando acomete esta acción de devolver el balón, unas escenas muy simbólicas y emocionantes; quien quiera atisbar algún entendimiento que la vea y saque sus propias conclusiones.

Y dejo para el final la magistral interpretación de Tom Hanks que, como otras muchas veces, se echa a la espalda el peso del film y sale airoso, y yo diría más, sale con todas las medallas posibles; aún no sé por qué no le dieron el Oscar en su momento, cómo fue que se lo dieron a un gladiador Russell Crowe, pues Hanks llena la pantalla con todo el poderío de su hacer actoral aportando imperturbabilidad, soledad y solemnidad a su papel. Se trata de un Tom Hanks de excelencia que trabaja con grandeza y perfección y que, con este film, nos regala una de las mejores actuaciones vistas en la pantalla, una interpretación arriesgada, sin fisuras, sin interlocutores, excitante, solo ante el peligro, interpretando la soledad con sobriedad, sin apoyos, salvo por ese conmovedor balón inerte a quien llamó Wilson, su único oyente. Hanks, en fin, si nos ponemos un poco caníbales, “se come la pantalla” él solito: ¡y con qué provecho!

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