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Naturaleza contra humanidad

Por Jorge Valle

El pasado 1 de septiembre el director Hayao Miyakazi anunciaba su retirada del cine a los 72 años, encogiendo el corazón de muchos de los seguidores del considerado maestro de la animación contemporánea. Y lo hizo presentando su última película, The Wind Rises, en la Mostra de Venecia, un festival al que ya había acudido con El castillo ambulante en 2004 y Ponyo en el acantilado en 2008. El realizador japonés, ganador del Oscar a la Mejor Película de Animación en 2001 por El viaje de Chihiro, aúna en sus películas la complejidad y la profundidad de las mejores historias y la magia y poesía del cine de animación. Sus creaciones, a pesar de su formato animado y aparentemente simple, no están destinadas a un público infantil, aunque éste también pueda disfrutarlas plenamente. Y es que Miyakazi aprovecha la animación para introducir toda una serie de reflexiones morales y éticas sobre diversos temas.

En La princesa Mononoke presenta al joven príncipe Ashitaka quien, tras resultar herido en su pelea con un enorme jabalí endiablado, deberá emprender una búsqueda para enfrentarse a su destino y aliviar la ira y el odio de sus heridas, que pronto se propagarán por todo su cuerpo hasta provocarle la muerte. En su camino hacia la paz y la tranquilidad de espíritu se encontrará con diversos personajes que marcarán su forma de pensar y actuar, y entre los que destacan dos por encima del resto. Por un lado, Lady Eboshi, la firme dirigente de la Ciudad de Hierro, a la que llegará Ashitaka en su búsqueda de respuestas. Y por otro, la princesa Mononoke, una humana abandonada por sus padres cuando tan sólo era una niña que fue adoptada por Moro, la diosa lobo. Ambas defienden unos intereses totalmente contrapuestos, lo que hará que pronto surja entre ellas una antagónica rivalidad en la que Ashitaka se verá confundido y dividido entre la defensa de sus semejantes y la fascinación que le producen los habitantes del bosque y la princesa lobo.

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Miyakazi logra en La princesa Mononoke hacer testigo al espectador de un debate entre naturaleza y humanidad a través de la mirada del protagonista, que encarna seguramente el pensamiento y las ideas del propio director. Lady Eboshi presenta las dos caras de una misma moneda: la bondad y amabilidad exclusivas del ser humano –ha sacado de los burdeles a todas las mujeres de la región y les ha dado trabajo y comida, además de su detalle con los leprosos-, pero también el egoísmo y la altanería, que la llevan a arrasar el bosque sin importarle la vida de sus habitantes, aunque no lo haga por maldad, sino por su exhaustiva búsqueda del bienestar de su pueblo. En cambio, la princesa Mononoke desprecia a los humanos, pues sólo piensan en sí mismos y nunca calibran las consecuencias que sus actos puedan tener sobre la naturaleza. Y en medio se encuentra Ashitaka, que mediará entre ambos bandos para conseguir la armonía y el equilibrio entre los hombres y su entorno, un entendimiento que Miyakazi considera posible y alcanzable, como demuestra esa épica batalla final desencadenada por los humanos que no sólo destruye el bosque, sino también su ciudad, y que parece concienciarles de que su bienestar también puede alcanzarse mediante el cuidado y el respeto a lo natural.

Este eterno conflicto, que se originó en el momento en el que el hombre tuvo conciencia de su inteligencia y que se prolonga hasta nuestros días, ha alcanzado lamentablemente mayor protagonismo que nunca. Quizá por eso películas como La princesa Mononoke sean tan necesarias, pues la obra de Miyakazi supone una defensa de la convivencia del hombre y la naturaleza, representada en la película por la bella historia de amor entre Ashitaka y Mononoke. Con un metraje que se alarga innecesariamente por momentos pero que nunca aburre, Miyakazi nos regala una maravillosa joya donde reina la preciosa música de Joe Hisaishi, que eleva aún más la grandiosidad de una historia que nos permite soñar con un mundo justo y pacífico. Y otro detalle de genio de su director lo encontramos en la inclusión de los samuráis que pretenden atacar la Ciudad del Hierro, y que reflejan a la perfección la famosa frase de Plauto -«el hombre es un lobo para el hombre»- y la idea de que el peor enemigo para el hombre no es la naturaleza, sino él mismo.

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