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Nada más (y nada menos) que entretenimiento

Por Gerardo Gonzalo

Hay que decir que las películas de Guillermo del Toro, constituyen una de esas citas periódicas que ningún cinéfilo debe pasar por alto. Su cine, esencialmente de terror, siempre le da una vuelta a tan hipertratado género, y esto le hace diferenciarse de otras películas, que no deambulan por los márgenes de originalidad de Del Toro, ni tienen su estilo visual, ni su recurrente humor.

Podríamos dividir en dos partes la carrera del cineasta mexicano. Por un lado está ese director hollywoodiense, exuberante, de gran oficio, que nos hace pasar por un sinfín de sustos y momentos de acción, trufados por un macabro sentido del humor, Mimic, Blade o Hellboy, son ejemplos de ello, obras eficaces, que no defraudan. Pero, por otro lado, está ese autor que, sin renunciar a sus señas de identidad, coloca el terror en contextos insospechados, donde la ensoñación  y  la poesía se abren paso y comparten lugar junto al miedo. Aquí su impresionante Cronos, El espinazo del diablo y, sobre todo, la obra que le ha dado mayor prestigio, El laberinto del fauno, ponen de relieve su singularidad.

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Pero parece que, tras unos años de reposo en la dirección, que no en la producción, Del Toro se ha vuelto menos oscuro, más mundano, y ahora aprovecha para homenajear a su amado cine kaiju y mecha del Japón de los 50 y 60, donde monstruos y robots se baten en luchas encarnizadas, con las grandes ciudades como víctimas y a la vez escenarios de la acción. Un retorno al cine que vio en su niñez, que pretende inocular a las nuevas generaciones el gusto y disfrute por este tipo de películas.

Pues bien, Del Toro no aporta aquí nada especial al séptimo arte, y tampoco nos desborda con su habitual talento y originalidad, pero lo que sí consigue, es nada menos que entretenernos. Entretenimiento sin más, pero en mayúsculas y en 3D (aunque reconociendo que no le saca mucho partido a este formato). Un tipo de cine que podrían en principio haber filmado calamitosos y pedantes contadores de historias (dicho esto con la mayor de las ironías posibles) como Michael Bay o Roland Emmerich, pero que con Del Toro alcanza dosis de decoro y solvencia, que permiten disfrutar del espectáculo, sin necesidad de sentir vergüenza ajena.

Insisto, se trata de pasar el rato y poco más, no obstante, aún hay retazos de genialidad, creo que el ambiente desasosegante, opresivo y lluvioso del film, está muy bien logrado, y como añadido además, disfrutamos de una de las grandes actrices del panorama actual, Rinko Kikuchi, con una bellísima primera aparición en escena.

Relajaos y disfrutad.

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