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Muchas sub-tramas y Darín llevando el peso de la cinta

Por Enrique Fernández Lópiz

En La cordillera, el Presidente argentino Hernán Blanco (Ricardo Darín) que apenas lleva unos meses en el poder, ha sabido mantener cierto secreto sobre su pasado. Los otros mandatarios suramericanos y sus respectivos equipos de gobierno, no aciertan a adivinar si es meramente una marioneta en manos de su jefe de gabinete o si sencillamente no esconde nada bajo su pulcra apariencia. La historia cuenta el momento en que Blanco llega a una cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, no exenta de tensión, para tratar relevantes temas energéticos. Pero hete aquí que hace aparición su hija en plena crisis emocional. El gobernante argentino vive entonces un drama, además de político, familiar, que le obliga a enfrentar sus propias tormentas internas. Hay dos decisiones relevantes que debe tomar y que podrían cambiar su dimensión pública y privada: por un lado solucionar la compleja situación paterno-emotiva con su hija; y de otra parte tomar la más importante decisión de su carrera política que puede ser ventajosa para su país y para él. “Las dos están entrelazadas, las dos quizá son lo mismo” (Martínez).

El director chileno Santiago Mitre pretende mostrar un abigarrado camino de pistas apenas señaladas, vías sin posibilidad de salida, señales perdidas, “todo ello en un ambiente perfectamente realista, perfectamente posible. Y así hasta dibujar el rostro difuso de algo inidentificable que bien podría ser el mal” (Martínez). Sí, el mal, un tema recurrente en esta obra de tintes mefistofélicos, como cuando Blanco responde a una periodista española: “El mal existe y uno no llega a presidente sin haberlo visto un par de veces al menos“, a lo que le une el cuento de que él de pequeño soñaba con diablo, etc. En fin, la película tiene ramalazos de brío apenas esbozados de Polanski (La semilla del diablo) o de Kubrick (El resplandor) en esa mansión a tres mil metros de altura y rodeada de nieve que llega a hacerse un tanto claustrofóbica. Pero es mi sensación que Mitre no llega a transmitir auténtica desazón ni tensión en una película que finalmente queda plana. Lo que no quita para que se pueda considerar una obra de denuncia –leve, eso sí- de los entresijos y tejemanejes siempre cavernosos y sucios que montan los políticos entre sí, sin que la ciudadanía se entere prácticamente de nada; incluyendo sus problemas íntimos. O sea, en el centro un político que proclama su normalidad, aunque algunos apuntes enseñan otro fondo. “Es parte del atractivo del guion de Santiago. Se intuye, se vislumbra, se percibe algo de esta gente, los gobernantes, más allá de lo que declaran. Ellos deciden por todos nosotros y a veces se nos olvida que lidian con sus problemas personales”, cuenta el actor Ricardo Darín.

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El guión del propio Mitre junto a Mariano Llinás, tiene sus claroscuros y sus puntos sin resolver pues a la trama principal e incluso oficial, añade otras derivaciones narrativas complementarias que acercan esta cinta a un thriller no sólo político, sino psicológico. Creo que esta circunstancia hace que pierda el hilo principal del relato y quede corto en las temáticas añadidas. De manera que viene a resultar un guión sobrecargado, donde se plantean varias intrigas paralelas que quedan sin desarrollar en plenitud y, en consecuencia, la película en su conjunto se percibe incompleta. Así y todo, la cinta “oscila constantemente entre la intriga política, el drama familiar y el estudio psicológico para sugerir un espacio mental en el que lo profesional y lo personal conviven de forma entrópica y se nutren mutuamente” (Salvá).

Buena la música de Alberto Iglesias y gran fotografía de Javier Juliá del que subrayo la potencia visual del paisaje, de las curvas que recorre la comitiva de coches oficiales, quizá como visualización de la mente retorcida del protagonista. Buena puesta en escena.

Creo con Oti Rodríguez que Mitre lo que hace es “encomendarle a Ricardo Darín todo el peso de la trama”; y a fe que Darín cumple sobradamente pues es un actor capaz de subir unos peldaños una cinta que de otra manera estaría peor cualificada. Darín es un actor con mayúsculas que en este caso borda de manera sencilla y convincente la complejidad su personaje. Pero no sólo Darín, en el reparto hay otros sobresalientes actores y actrices que aportan colorido y bien hacer a la obra. Por ejemplo el mexicano Daniel Giménez Cacho a modo de atrevido y desvergonzado presidente de su país México; Leonardo Franco, quien en su rol de Presidente de Brasil, con presencia de peso y gran magnetismo aporta solemnidad; el yanqui que interpreta Christian Slater, que está muy bien en su breve intervención; Elena Anaya sintónica como la periodista española audaz e intuitiva, aunque creo que Anaya está desaprovechada; el papel trágico o muy trágico de una sembrada Dolores Fonzi, que abre la puerta a un universo rico, sorprendente e incómodo con aplomada solvencia. El estupendo Alfredo Castro, capaz de limpiar en un par de escenas la sucia trama. Muy bien Érica Rivas como la mano derecha del Presidente y Gerardo Romano como el influyente y poderoso Jefe de Gabinete. Sin olvidar el meritorio trabajo de Paulina García representando con gran solvencia a la anfitriona, la Presidenta de Chile.

Premios 2017 a fecha 7 de octubre de 2017: Festival de Cannes: Un Certain Regard (Sección oficial).

Es una película, como dice el colega Manu desde Buenos Aires, “que se embarra al alejarse de una formula aritmética y rendidora, apostando por un camino sinuoso, espeso y filoso. El excelente film te entrega en puerta un envase para que tú seas quien lo abra, vea y analice”. Y es que la película no pretende decantarse sobre cómo debe juzgarse a Blanco. “Al final, lo que el espectador piense sobre este presidente ficticio dirá mucho más sobre sí mismo que sobre el personaje” (Mugica).

Para concluir yo diría que el encuentro de conflictos personales y políticos que vive el protagonista Blanco vienen a explotar en una nadería más bien gratuita de corte hitchcockiana, con sesión de hipnosis por medio, en absoluto el mejor tratamiento para la inestable hija. Todo este entramado puede servir para “despertar al espectador: un elemento dramático, casi fantástico, que no deja de recordarnos que vivimos bajo el hechizo de la cháchara sin contenido de quienes rigen nuestros destinos” (Montoya). Pero también, cuando llega el “The End”, la impresión es que la película ha terminado inesperadamente dejándonos un poco in albis sobre flecos y otros ángulos poco aclarados de la historia, lo cual que uno queda como sabiendo a medias. Tal vez no hacía falta más. Pero yo creo que sí.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=tz6mH7RjkVY.

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Comentarios

  1. M,Carmen Perles Velazquez

    Muy acertada crítica, se nota que la ha hecho un gran psicólogo. Ha contribuido a despejar mis dudas sobre el film que, por cierto me encantó! Gracias!

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