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Monuments men

Por Enrique Fernández Lópiz

Nos situamos en los finales de la segunda Gran Guerra. Un grupo de especialistas en arte (historiadores, directores de museos, etc.), británicos, algún francés y mayormente norteamericanos, se ven impelidos a recuperar las obras de arte robadas por los nazis durante la guerra para devolvérselas a sus legítimos dueños. Además, los tales especialistas son mayores, son sólo siete, no tienen preparación física para operaciones de guerra o de mera defensa; en fin, un equipillo de la tercera edad en plena contienda intentando salvar el Patrimonio de Occidente: ¡mucho! Además, según el relato fílmico, el poderoso ejército alemán tenía orden de destruir las susodichas obras en cuanto Hitler cayera, actitud poco afín a la cultura germana de otro lado. Pero esos maduros hombres, o mejor, personas mayores, en una carrera a toda velocidad y arriesgando sus vidas para impedir la destrucción de cuadros, esculturas y retablos, consiguen toda una proeza: ¡evitar el desastre! Y evitarlo frente a los más malos, que no sólo son los alemanes, sino también los rusos, cuyo ejército soviético es sabido que colaboró tanto como EE.UU. en la victoria final, pero que aquí son poco menos que salteadores de tesoros.

En realidad, la novela de Edsel (empresario y escritor norteamericano) y Witter sobre los hombres de la “Sección de Monumentos” (Monuments Men), es una meritoria novela donde se recoge la aventura de estos héroes anónimos que impidieron el expolio cultural nazi, soldados aliados, en su mayor parte norteamericanos y británicos, enviados por el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt para adentrarse en Alemania. Pero no fueron siete, sino 350 hombres integrados en la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos (MFAA), muchos de ellos militares, pero también directores de museos, conservadores, historiadores o profesores de arte que utilizaron sus conocimientos para recuperar, catalogar y devolver a su legítimo lugar las piezas perdidas, entre 1943 y 1951. La historia novelada de hombres que arriesgaron sus vidas para que La adoración del cordero místico, de Jan Van Eyck, o La madonna de Brujas, de Miguel Ángel, no fueran robadas o destruidas por la estupidez y la furia del nazismo agonizante. Como es sabido, Robert M. Edsel (1956) recibió en 2007 la medalla nacional de Humanidades de Estados Unidos por su labor de divulgación del legado de los “Monuments Men”.

Entonces, hay una parte de verdad en esta historia adaptada por Clooney al cine. Pero, parafraseando al crítico Luís Martínez, Clooney es todo al parecer en la película: productor, director, actor, guionista y espíritu santo. Como si fuera perfecto, pero en esta cinta, evidentemente no lo es y hace aguas por bastantes flancos. Clooney es sobre todo y “fundamentalmente una manera de enseñar los dientes”. Y me parece que eso de los dientes meramente es poco pollo para tanto arroz. Y un error que comete ya de partida es hacer una libre interpretación cinematográfica de la historia contada por Edsel, que en su versión real es más compleja y menos tragicómica de lo que Clooney la pinta. Pero vayamos por partes.

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Monuments men es una película dirigida con mediocridad por George Clooney, con un pulso narrativo deslavazado y desconcertante en el peor sentido de la palabra. Del guión del propio Clooney y Grant Heslov basado la novela de Robert Edsel junto a Bret Witter, no hay grandes cosas que decir, salvo que no se aplica en la verdadera historia del libro en que se inspira. No es que tengaque hacerlo necesariamente, pero es que el guión dibuja una historieta grotesca sobre lo que fue, como ya hemos señalado, o sea una operación de más envergadura y calado militar y profesional. Y hay más sobre el guión, pero no soy yo un comentarista cáustico, con lo cual que calificaré el mismo de meramente “anodino”; es un guión más malo que bueno y con diálogos que se repiten hasta el cansancio (“¿Vale un cuadro la vida de un hombre?”, es la pregunta insistente de la película por aquello de dar profundidad melodramática a lo que vemos). Además, la trama es insólita, por más que pretenda estar basada en hechos reales. A nadie se le ocurre que a un puñadito de personas de edad avanzada sin recursos militares ni de defensa, sean los encargados del rescate de todo el patrimonio artístico y cultural de occidente, e incluso de las riquezas en forma de oro robadas por los nazis, de toda la Europa ocupada por Hitler. Según el film, los norteamericanos son los más cultos, valientes, generosos y salvadores, versus los alemanes que son unos “quema-cuadros” o los rusos que son unos paletos expoliadores. Sirva como ejemplo una de las escenas finales cuando el aguerrido batallón de la tercera edad deja colgada a la puerta de una mina donde habían rescatado valiosos tesoros artísticos, la bandera de EE.UU. que fue lo que encontraron los pobres pasmados rusos al llegar. Y aquí conviene recordarle a Clooney que sin el ejército rojo por la zona oriental de Europa, quién sabe qué habría sido de aquella maldita guerra. Además, quién dice que los rusos eran unos bárbaros expoliadores cuando es sabido del nivel cultural de la ex–URSS (otra cosa no, pero eso sí). Y de la música de Alexandre Desplat tampoco hay mucho que destacar, y sólo hay algo de bueno en la fotografía de Phedon Papamichael e incluso en la puesta en escena.

Y ya que estamos en una historia donde lo que se pretende es salvar la cultura amenazada en una guerra, creo que el film habría tenido que saber comunicar esta obviedad de la importancia de la cultura como valor del espíritu humano, con más convicción. Pero para ello no basta con repetirlo hasta la saciedad como si se tratar de un Ministro de Cultura; o sea, no vale con el eco insistente de que la cultura hace al hombre de forma reiterada y cansina; hay que creérselo, y esa credibilidad creo que le falta a la película.

Podemos decir que estamos ante un drama bélico con tintes de comedia y una pizca de cine de acción, pues que la acción apenas se ve. Algunos dicen querer compararla con aquellas pelis de aventuras y bélicas tipo Los cañones de Navarone, La gran evasión, Doce en el patíbulo u otras de épocas pasadas, pero nada que ver. Aquellas tenían pulso y tensión, esta es mayormente plana como una meseta. Y es que Clooney ha realizado una película pretendidamente traviesa –lo que no viene al cuento-, una cinta aburrida, monótona y tediosa, una película atonal. Y he de decir que la sala de proyección donde la vi estaba llena, lo que quiere decir que el Sr. Clooney tiene tirón, pero se equivoca al hacer emprendimientos como este, pues pierde credibilidad.

Y hablemos del reparto de categoría de esta película. Lo primero que apunto es que se trata de un reparto de lujo, con figuras ya consagradas como el propio Clooney, Mat Damon, Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, o una magnífica (la mejor) Catt Blanchet que está excelente. Los restantes, parece que actúan cada uno por su cuenta, no hay trabado, no parece un trabajo de personajes que colaboran en grupo, Bill Murray parece que está solo en la pantalla y sin muchas ganas de laborar; Damon va de guapetón también por su cuenta, con la Blanchett; y así el resto, que incluso pretenden ser graciosos en momentos dramáticos, como cuando Damon pisa una mina explosiva, escena para la posteridad. Blanchet está más seria en su duro papel de miembro de la resistencia y llega a ser creíble. Y por supuesto Clooney como es el “manda” se reserva largos monólogos para sí mismo sin mucha razón ni sentido. En síntesis un casting irresistible de maduros irresistibles echado a perder por la mala gestión del grupo de actores y actriz.

Si al Sr. Clooney director debemos cintas meritorias como Confesiones de una mente peligrosa, Buenas noches, y buena suerte o Los idus de marzo, no nos explicamos cómo The monuments men roza y se codea con el simple naufragio. Por sus ingredientes habría merecido otro destino.

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