Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Mirando hacia las estrellas

Por Jorge Valle

No entres dócilmente en esa noche quieta.
La vejez debería delirar y arder cuando se cierra el día;
Rabia, rabia, contra la agonía de la luz”.
(Dylan Thomas)

Interstellar (2014) comienza mostrando un mundo futurista muy alejado de lo que nos tienen acostumbrados esas mentes prodigiosas que se han imaginado el provenir de la humanidad en el cine y la literatura. En esa fecha sin especificar en la que Christopher Nolan sitúa su nueva película no abundan enormes rascacielos ni coches voladores, sino tormentas de contaminación y plagas que han provocado una escasez de alimentos.

Guiados por el pensamiento de que nuestro camino está avocado irremediablemente hacia el progreso, por la estúpida creencia de que el futuro será un lugar mejor, por la arrogancia de pensar que la Tierra es nuestra, los humanos hemos descuidado nuestro hogar y lo hemos transformado en un infierno inhóspito e inhabitable. Por eso la única solución para evitar nuestra extinción está ahí arriba, hacia donde hemos levantado nuestras cabezas desde que teníamos conciencia de nosotros mismos, preguntándonos por el origen y el sentido de nuestra existencia. En palabras del propio protagonista, hemos dejado de preguntarnos por nuestro lugar entre las estrellas para hacerlo por nuestro lugar entre la mundanidad del polvo. La satisfacción de las necesidades primarias ha vuelto a convertirse en el primer objetivo del individuo, de ahí que ya no se necesiten científicos ni ingenieros, sino agricultores. La NASA, ahora convertida en una organización secreta –una población hambrienta no entendería los enormes gastos destinados a la exploración espacial-, ha planeado un viaje interestelar para encontrar mundos potencialmente habitables que permitan la supervivencia de la humanidad fuera de nuestro planeta. La ciencia se presenta así como un arma de doble filo: permite el avance y el desarrollo, nuestra salvación, pero también el caos y la destrucción. En este primer acto de la película, donde Nolan distribuye el exceso de información de forma torpe y atropellada, predomina un claro mensaje ecologista.

interstellar2

Pero Interstellar empieza realmente cuando el granjero y ex-piloto Cooper (Matthew McCounaghey) decide dejar a sus hijos en la Tierra para embarcarse en esa extraordinaria misión espacial. En el momento en que la nave despega y la gravedad cero se apodera de su interior, dejando a sus cuatro tripulantes flotando en la inmensidad del espacio, la película atrapa al espectador para no soltarle hasta el desenlace. Y es que Nolan no solo apela a nuestros sentidos mediante el sensacional despliegue visual, que ofrece las que probablemente sean las imágenes más espectaculares de la historia del cine, sino que pone a prueba nuestro intelecto y nuestro corazón. La reflexión y la emoción corren a raudales fotograma a fotograma, lanzando constantemente preguntas al espectador y aflorando en las escenas en las que los actores –espléndidos Matthew McCounaghey, Jessica Chastain y Anne Hathaway- se apoderan de la imagen, dejando entrever sus sentimientos de sacrificio, confusión y vulnerabilidad. Al director de Origen (2010) le importan no solo la innegable grandilocuencia del espectáculo, sino también los dilemas interiores de sus personajes, en especial los que conciernen a la relación paterno-filial que constituye el eje de todo el relato, así como la dificultad de dejar a nuestros seres queridos atrás y lo que supone ser padre. Interstellar quiere convertirse en un precioso alegato del amor, la única constante que puede trascender el tiempo y el espacio, tal y como afirma Anne Hathaway en una de las escenas más emotivas de la película. Y lo consigue, dejando claro que no todo se reduce a los números, que hay pasiones e instintos que rehúyen de cualquier comprensión. El amor es el motor que guía a los personajes, más incluso que el propio instinto de supervivencia sobre el que reflexiona equivocadamente el astronauta al que interpreta Matt Damon: queremos sobrevivir, no hay ninguna duda, pero siempre acompañados. Máxima expresión de nuestra humanidad, el amor es un salto mortal al vacío, un acto de fe que nos vemos obligados a hacer si no queremos caer en un estado de indiferencia y asilamiento. La odisea personal del protagonista, convertido en un héroe obligado a cruzar galaxias, agujeros de gusano y horizontes de sucesos para reunirse con su hija y salvar a la humanidad, así lo demuestra.

interstellar3

Interstellar se inscribe, por tanto, en ese reducido círculo de películas que pretenden que al salir de la sala algo haya cambiado dentro de nosotros. Quizá los dos títulos que mejor ejemplifiquen esta premisa, y con los que la cinta de Nolan guarda enormes paralelismos visuales y filosóficos, sean 2001: Odisea en el espacio (1968) y El árbol de la vida (2011), dos obras maestras que reflexionan sobre aquello que nos hace humanos, sobre todas las cuestiones que nos asaltan y nos perturban el espíritu, síntoma inequívoco de que el afán por conocer y por darle un sentido a la existencia es intrínseco al propio ser humano. Christopher Nolan nunca ha negado su admiración por el cine de Stanley Kubrick y Terrence Malick, dos genios incomprendidos del séptimo arte que conjugan la poesía y la belleza con la imagen y que no pudieron resistir la tentación de plasmar en imágenes todas esas preguntas, que lanzan al espectador con la intención de que este saque sus propias conclusiones. Lo mismo ocurre con Interstellar, aunque aquí los preceptos filosóficos estén supeditados a la entretenidísima aventura espacial, orquestada de nuevo por la omnipresente música de Hans Zimmer. Así, la espectacularidad y el intimismo se conjugan para ofrecer una experiencia total, marcada con el sello personal del cine de Nolan, quien no renuncia al estilo e imaginario de sus primeras obras a pesar de haber abrazado la grandilocuencia desde la magnífica El caballero oscuro (2008). Interstellar aglutina tantas virtudes que sus defectos –la abusiva jerga científica, los altibajos en una narración caótica-, derivados de las aristas de la evidente ambición del realizador británico, parecen insignificantes. No influyen a la hora de regalar al espectador una de las experiencias más apasionantes, en todos los niveles -intelectual, sentimental y hasta físico- que un servidor recuerda haber vivido en una sala de cine. Lo único que queda por saber es si esa experiencia se convertirá también en una creación visionaria que marque época, tal y como hizo Kubrick hace ya más de 50 años con su citada obra. Solo el tiempo, ese sobre cuya relatividad reflexiona toda la película, colocará a Interstellar en el lugar que se merece, que no es otro que el Olimpo en el que conviven los más grandes logros cinematográficos, artísticos y humanos.

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Escribe un comentario