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Mi semana con Marilyn, cuando la nada no nadea

Por Enrique Fernández Lópiz

Marilyn Monroe es un icono vivo en la memoria de millones de personas que aún estamos vivas y con ella grabada a fuego en el cerebro. Por lo tanto, hacer un biopic de Marilyn es casi un imposible, porque para quienes la recordamos en vida y hemos leído las noticias sobre en ella en prensa y visto sus películas, y disfrutado de su presencia e incluso leído las crónicas sobre su vida de Truman Capote por ejemplo, etc., la Monroe es una actriz y una belleza inigualable, sin par. Por eso, y por su inesperada muerte en casi plena juventud, es por lo que es un mito. Por consiguiente difícilmente otra actriz puede suplantarla en una cinta haciendo de ella, dado que ella está viva en el recuerdo y es además inimitable. Tal vez, para conseguir que otra actriz haga de Marilyn tenga que pasar mucho tiempo, tal vez un siglo, pues que para recrear los lugares y personajes conocidos y comunes en el imaginario colectivo, hay que volver a ellos transcurrido mucho tiempo.

En la película que tratamos, la joven actriz Marilyn Monroe (Michelle Williams) aterriza en Inglaterra en 1956, recién casada con el famoso dramaturgo Arthur Miller (Dougray Scott), para hacer un papel de protagonista en una película donde trabaja el gran Sir Laurence Olivier (Kenneth Branagh), concretamente el film El príncipe y la corista. Entremetido en este escenario, Colin Clark (Eddie Redmayne), un joven, consigue merced a sus buenos contactos un puesto como ayudante de producción. Él será testigo del choque de trenes entre dos egos magníficos, esto es Olivier-Marilyn durante el rodaje. Olivier se muestra irascible y no soporta los desplantes y la falta de puntualidad de la Monroe, etc. El filme detalla la semana en la que Monroe fue acompañada por Colin Clark en Gran Bretaña, después de que su marido, Arthur Miller, abandonara el país. Y hay que señalar que la historia está basada en hechos reales, no es una ficción, pues Colin Clark escribiría posteriormente este episodio de su vida: ¡cómo no! Tal vez para que se lo creyeran en su pueblo…

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He podido leer que Billy Wilder decía que solo debía haber una cosa más excitante que seducir a Marilyn Monroe: ¡Ser seducido por Marilyn Monroe!”. Lo primero estaba al alcance de cualquiera que quisiera proponérselo, aunque fuera para fracasar con estrépito, pero lo segundo debía ser el no va más. Y en esto se fundamenta la película y es su esencia y polo de atracción, sobre todo cara al público masculino, pues el joven Colin, casi sin creerlo, es cuasi seducido por Marilyn. Entonces, esta es la baza principal de esta película que pone al espectador ante esa posibilidad, ante ese sueño, sobre todo porque el seducido no es una estrella ni alguien con poder, sino un simple asistente de rodaje joven que se topó, claro, con la historia de su vida. Este es el episodio o nódulo más llamativo de Mi semana con Marilyn desde mi modo de ver, porque siempre habrá quien ha soñado o puede soñar con una historia así, sin que por lo común ocurra, claro. Pero en la peli sí que ocurre, para sorpresa del protagonista que traslada su grata sorpresa al espectador, el cual engancha con la trama. Así, el papel de Eddie Redmayne evidencia de manera fácil el supuesto punto naíf de la Monroe, que yo no dudo. E incluso es Redmayne, como señala la crítica M. García, quien se reserva la gran frase-moraleja del filme cuando dice: “Olivier es un gran actor que persigue la fama; y tú eres una famosa que quiere ser reconocida como actriz”. Ni que decir tiene que hasta esta frase trasluce una trivialización de asuntos complejos que no son tan simples… a Dios Gracias.

Dicho lo cual, al trabajo de Michelle Williams no hay que negarle la mayor, tiene su mérito, pues habida cuenta de las dificultades que acabo de referir para interpretar un papel tan prácticamente imposible, no obstante, la Williams hace un ímprobo esfuerzo por hacer un control interno del personaje, un denodado esfuerzo por meterse en el ADN de una estrella como la Monroe prácticamente inaccesible a nadie que no sea ella misma, y moldea su carácter, su complejidad, su fortaleza y fragilidad con enorme detalle interior actoral. En ese duro esfuerzo Michelle Williams consigue, por algunos segundos –nada más-, que perdamos la noción de la imagen preconcebida de Marilyn Monroe y que admitamos que ella es Marilyn; pero es una impresión fugaz, como un relámpago o un fuego de artificio. Por lo tanto, el esfuerzo de Michelle Williams por dotar de sustancia el paraíso carnal de Marilyn hay que tomarlo como un empeño importante, pero de dudoso resultado.

Curtis es un director avezado y experimentado sobre todo de series y películas para TV, lo cual que se nota para bien y para mal. Esta obra la dirige con cierto gusto para el agrado de espectador, manteniendo el ritmo y ayudado por versar la historia sobre experiencias ocultas-prohibidas del Mito Monroe. Pero la película, como ya he señalado, tropieza una y mil veces con lo que no se palpa, esto es, la presencia de una Monroe veraz y que es cierta en la mente de muchos de los que hemos visto la peli. Y ello a pesar del esfuerzo como también he indicado de la Williams por re-presentar lo que no es representable. En resumen, dirección profesional de Simon Curtis, buena música de Conrad Pope y Alexandre Desplat, excelente fotografía de Ben Smithard, un cortito guión de Adrian Hodges basado en la novela de Colin Clark, y un reparto bueno en el plano actoral. El resto, que no es poco, falta.

Resumiendo, Mi semana con Marilyn queda en poco más que viento, en poco más que un poco humo. Y como soy de la opinión de que una crítica, o al menos las mías, han de tener un cierto contenido pedagógico –aún a riesgo de parecer pedante, pedante viene justamente de pedagogo, el que habla por boca de otros”-, quiero aludir en este punto y final a algunos conceptos filosóficos que yo estudié de muy joven y que he asociado con este film. Así, quisiera parafrasear a Heidegger, quien afirma que el SER se encarna en el LENGUAJE y se manifiesta en ÉL: el lenguaje es el ser y el SER es iluminación, desvelación del LENGUAJE; el SER se manifiesta en el LENGUAJE, haciéndolo dinámico. La “NADA NADEA” –estudiábamos en aquellos antiguos cursos de Metafísica- quiere decir que la NADA está haciéndose, actualizándose, manifestándose en el SER. Además, esta idea la toma Heidegger precisamente de la Biblia, pues en ella se dice que: Dios se encarna en el verbo”, es decir, que Dios se hace carne en su Hijo. En la ontología heideggeriana, es el SER el que se encarna en el LENGUAJE y se manifiesta en ÉL. Y entonces lo que se me ocurre decir es que en esta película, el SER de la Monroe NO logra encarnarse en el LENGUAJE cinematográfico de la cinta de Curtis. Para este insigne filósofo, para Heidegger, la frase: LA NADA NADEA”, quiere decir que la “NADA está haciéndose”, está manifestándose en el SER. Y en esta caso, y tomando como partida este principio, esto no acontece en la cinta, por lo que me atrevo a parafrasear a Heidegger diciendo que en esta obra “LA NADA NO NADEA”, o sea, Marilyn Monroe no se encarna en el personaje de la película, salvo como hemos dicho, de manera fugaz y casi imperceptible. Resulta, así, una cinta insustancial, sin SER y que, hablando ya más coloquialmente, se olvida con rapidez.

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