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Metáfora sobre jubilaciones anticipadas y el mal trato a los mayores

Por Enrique Fernández Lópiz

Justino, un asesino de la tercera edad es una película de asesinatos y crueldades sin fin, que pueden hacer pensar a quien no le vea el fondo a la trama, que esta obra fuera un mero thriller negro medio serio medio risa. Pero nada de eso, como ahora diré. Lo dirige La cuadrilla, o sea, la dupla formada por los directores de cine madrileños Santiago Aguilar (1959) y Luís Guridi (1958). Esta película fue filmada en súper 16mm., en blanco y negro y por menos de veinte millones de las antiguas pesetas (una bicoca), dando como resultado una insólita historia negra. La cuadrilla, con su éxito ganaron el Premio Goya a la mejor dirección novel y pudieron rodar al año siguiente Matías, juez de línea (1996), segundo título de una anunciada trilogía, bautizada oficiosamente Café, copa y puro o España por la puerta de atrás, con la que se proponían explorar la vida de personajes españoles de segunda fila, esos que salen de escena sin aplausos ni pitos. La cuadrilla Culminó la trilogía con Atilano Presidente (1998). A partir de entonces ambos directores han trabajado más para la TV o documentales que en cine.

En el film, Justino es un recién jubilado que trabajó durante años en una Plaza de toros como puntillero, o sea, quien remata al toro con un pequeño puñal muy punzante llamado así, “puntilla” (para quien no conozca del tema taurino). En su casa su hijo no lo trata bien, no le dejan tomarse sus vinos, no le dejan salir o entrar, y menos, cumplir el sueño de su vida, que es irse de viaje a Alicante. Al hilo de esta especie de mal trato hacia una persona mayor, el espectador contempla atónito, que Justino descubre una manera provechosa de ocupar el tiempo libre ejercitando su vieja profesión y aniquilando a unos y otros de las maneras más inopinadas, con la puntilla. Paralela a su amistad con Sansoncito –un almohadillero de la plaza- se va entretejiendo una carrera criminal singular. Y curiosamente, con sus excesos y arbitrariedades criminales, en vez de quedar marginado de la sociedad, se reintegra en ella. Y aunque su móvil no sea el dinero, ha encontrado una manera fácil de conseguirlo.

Santiago Aguilar y Luis Guridi (La cuadrilla) llevan con buen pulso el film, con un excelente y original guión escrito por ellos mismos, una música ad hoc de José Carlos Mac, una excelente fotografía en blanco y negro de Flavio Martínez Labiano, y una buena puesta en escena.

El reparto está constituido por actores de primer orden que hacen una interpretación coral estupenda, encabezados por su protagonista principal Saturnino García, que borda el papel de puntillero jubilado y criminal; y le acompañan Carlos Lucas (un desconocido y soberbio secundario en el papel de Sansoncito), Marta Fernández-Muro, Juanjo Puigcorbé, Alicia Hermida, Carmen Segarra, Francisco Maestre, Concha Salinas, Carlos Gabriel y Alicia Sánches en una conjuntada y brillante interpretación que nos atrapa con su trabajo.

En 1994, Saturnino García obtuvo el premio a mejor actor en el Festival de Cine Fantástico de Sitges.

La Cuadrilla ha logrado hacer una película con el mínimo económico exigible, que cosechó en su momento un éxito comercial sorprendente. El secreto de “Justino” es, por un lado su acercamiento a la palpitante actualidad de las jubilaciones anticipadas, personas que habiendo hecho de su trabajo el leitmotiv de su vida, al faltarles, se encuentran vacíos y su existencia sin sentido. De otro lado, la temática se aborda desde el blanco y negro de una visión dramática y oscura de la España de finales del siglo pasado; y también, con un humor agrio, ácido y sombrío que emparenta el film con otras pelis o producciones bien conocidas y que enlaza con sorprendente eficacia y sin guiños con el humor de la revista humorística La Codorniz; y por supuesto y como decía con la gloriosa tradición cinematográfica de los Berlanga, Azcona u otros. Entonces, en este punto podemos recordar cintas como El cochecito, 1960 de Marco Ferreri (de cuya obra escribiré un día); o El verdugo, 1963, de Berlanga. Puedes ver una presentación aquí: https://www.youtube.com/watch?v=aJinn_aSZgE.

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También ocurre que trata una temática muy en boga en las últimas décadas, tal la de los asesinos en serie, pero con una genuina y celtibérica etiqueta.

Y hay lo que yo considero un basamento principal de la película, el que se aviene a entender la incomprendida realidad de las personas mayores que suelen ser tratadas a base de broncas y rodeadas de todo tipo de problemáticas, lo cual tiene que ver con el arquetipo del viejo coñazo o demente o inútil, o tantos calificativos que suelen ser prejuicios anti-mayor. Estos prejuicios es lo que la Psicogerontología denomina prejuicios “viejistas”. Actitudes negativas hacia los mayores, por el mero hecho de cumplir años, y la mayoría sin fundamento ni justificación, que llevan a la marginación e incluso a tratar mal a los viejos. Así, el asesino en serie que protagoniza esta cinta es un sesentón puntillero arrojado a la calle sin contemplaciones supuestamente por viejo (en plena forma). Y a Justino, los conflictos familiares y de relación con sus allegados le incitan a reeditar su pericia con la puntilla, sólo que ahora en el “morrillo”, no del toro, sino de sus víctimas.

Como a veces hago, al hilo de esta película quiero hacer alguna consideración psicológica sobre los adultos mayores. Ocurre muchas veces, que la persona mayor recibe un trato de rechazo como sujeto obsoleto y caduco. Entonces, los mayores, urgidos por esa situación, no es raro que se identifiquen o recuerden con añoranza las perso­nas que se fueron, el trabajo que tuvieron, épocas pasadas más felices y activas, etc. Entonces, se da lo que Green llamó “narcisismo negativo”, la “anorexia de vivir”, la desgana o falta de hambre por vivir; la vida resulta poco atractiva y el individuo se siente carente de valor. Todo ello hace que en el balance de la salud, en ese interjuego del que hablaba el eminente médico psicosomático Pierre Marty, entre “movi­mientos individuales de vida y de muerte”, se produzca una especie de cuesta abajo hacia las desorganizacio­nes progresivas; un “plan de muerte” en el terreno existencial, que favorece la aparición de la enfermedad. Y repito, todo esto está muy determinado social y culturalmente, dado que el Yo del mayor, acuciado y reprimido por familiares y allegados, renuncia a conseguir gratificaciones, haciendo que su vida se convierta en un páramo carente de ilusiones.

En este punto es donde el film cobra un sentido, es decir, esa persona mayor marginada, sin perspectivas y no bien tratada, toma como recurso alegórico y agónico su conversión en criminal puntillero. Es algo que sé que a algunas personas que han visto la peli los ha dejado cavilando, o sea, pasmados, pues del abuelete sólo se espera obediencia y el buen rollo. Pero ¿cuántas personas mayores no desean quitarse de encima a una familia opresora, a una nuera que no los deja tomarse su copa de anís, a esa gente que los llama “viejos verdes” porque se quedan mirando a una muchacha bonita, a un hijo que no le deja salir de casa más allá de las seis de la tarde? ¡Hay que vivirlo! Y ojalá no lo vivamos. Pero en contextos como estos que menciono, Justino es el arquetipo del vengador anciano que no permite la exclusión o la alienación.

Pero hay aún algo más patético y llamativo en esta película. La cosa está en que Justino, ni cometiendo asesinatos múltiples y hasta masivos, adquiere la más mínima notoriedad. Es como si ni con hechos de este calibre, los viejos y viejas que en el mundo hay, tuvieran un atisbo o posibilidad de visibilidad. O sea, en el film, el protagonista no consigue la atención de nadie, ni de la policía cuando confiesa sus crímenes… a los cuales se acaba cargando también, of course.

En resolución, estamos ante una excelente y enjundiosa película que nos hace pensar sobre la jubilación y el aspecto patético que adquiere la vida cuando nos hacemos mayores y nos toca un entorno hostil (nada inhabitual), cuando cesamos en nuestro trabajo habitual, cuando se nos da de lado en el mundo en el que nos socializamos y sobrevivimos profesional y personalmente durante años, y que por arte de birlibirloque, o mejor, porque hemos cumplido algunos años, nos da de lado. Una reflexión sobre la soledad, el vacío, la falta de cariño y también el egoísmo de la sociedad con los mayores.

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