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Metáfora de páramo en todo sentido

Por Enrique Fernández Lópiz

Comanchería (“Hell or High Water”: “Contra viento y marea”) es un policial-western, o neo-western, o western crepuscular –como queramos- en el cual dos hermanos, un hombre divorciado, Toby Howard (Chris Pine) se dirige al Oeste de Texas junto a su hermano, el ex-convicto Tanner Howard (Ben Foster). Tienen pensado realizar robos en diferentes sucursales bancarias de los pueblos de la zona y conseguir el dinero necesario para pagar las deudas e hipotecas de la granja familiar y evitar perderla; su madre acaba de fallecer. Desde que se da la noticia de estos atracos a manos armada, Marcus Hamilton, un Ranger de Texas a punto de jubilarse (Jeff Bridges) y su ayudante Alberto Parker de raza india (Gil Birmingham), inician una persecución sin tregua tras los ladrones; para Marcus el cumplimiento de la ley es como su postrera conexión con el mundo y debe cumplir su misión antes de entregar la estrella. Lo que se narra, pues, es la aventura de estas dos parejas en bandos contrarios, unos tras los otros, en una tensión que crece conforme se aproxima el momento del encuentro entre los dúos.

David Mackenzie dirige y consigue crear una de las mejores películas de 2016, una especie de policial-western actual, contemporáneo, con tintes de cine negro y thriller, “siempre pendiente de la respiración entrecortada de un mundo que acaba” (Martínez). Todo en el film está medido y nada se adelanta o se atrasa, todo ocurre cuando tiene que ocurrir. La bala espera su destino mientras al espectador desasosegado le sube la tensión arterial y el ritmo cardíaco. El guión es de Taylor Sheridan, uno de los escritores de Hollywood a tener en cuenta (recuerdo aquí su libreto del film de 2015: Sicario). Pues bien, el guión de esta película está excelentemente trabado y configurado; cuenta meramente y no es poco, cómo dos hermanos se dedican a saquear bancos en el lamentable estado de Texas que, por tan deprimido y puro erial, se nos traslada la extravagante sensación de que no hay nada mejor que hacer por esos lares que atracar bancos. El guionista Sheridan se convierte en un cronista de su país partiendo de “un preciso clasicismo narrativo que desemboca en una rotunda modernidad” (Ocaña). Sí, western moderno en el que los bancos se roban con automóviles y las pistolas dejan lugar a las ametralladoras y otras armas automáticas.

La trama, sin cargar las tintas en el terreno reivindicativo explícito, habla muy clarito de lo que significa pasarlo mal, de poblados de mala muerte, de desahucios, de pobres camareras explotadas, de mal trato en la infancia, de la necesidad de colegios, medicina, etc. Como que hubiera llegado el momento de cierta subversión, de pendencia por todo lo alto. En tanto, en ese mismo desierto, el Ranger y su asistente se sientan a la espera de que asomen la cabeza los facinerosos para volársela a ambos. Una excelente banda sonora de Nick CaveWarren Ellis muy acorde con el western moderno acompaña la acción del film, “los toques envolventes con violines campestres y teclados sinuosos casan bien con la atmósfera densa, ocre, polvorienta y opresiva de este relato policial” (Quim Casas). Y fuera de toda duda, la calidad enorme de una fotografía marrón y granulosa de Giles Nuttgens.

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En el reparto, Jeff Bridges y Gil Birmingham, los dos policías, están soberbios, “¿Se puede actuar mejor y hacerlo sin levantarse de la silla? Prodigioso” (Martínez). Bridges es un sujeto montaraz, salido de ese tosco territorio que, empero, tiene su extraña forma de manifestarle afecto a su compañero, el enigmático indio-mejicano Birmingham (“en un país de comanches, todos somos enemigos”), que sin mover un párpado transmite la sabiduría ancestral y la resignación del que se sabe sometido en tierra de hombres blancos, hombres que nunca le considerarán igual. Ambos son retratados por Mackenzie con “rotundidad y fiereza” (Ocaña). Los salteadores Chris Pine y Ben Foster son el otro dúo actoral que han unido sus destinos para juntar unos miles de dólares para, al fin, devolverlos de nuevo al lugar donde los robaron, los bancos, y aliviar deudas de un rancho familiar que los va a sacar de la penuria; “pagar con su propia moneda al banco que ahoga la granja familiar, saqueándolo” (Partearroyo). Y lo hacen tan bien y con tanta credibilidad, cada cual en su estilo y a cuestas con su personaje, que incluso les acabamos tomando cariño a estos dos pistoleros. Pine es arrojado pero sensato; su hermano Howard es enteramente el psicópata que representa, impulsivo y temerario que a veces parece querer salir de la pantalla y ametrallarnos sin piedad. Acompaña todo un elenco de categoría con Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martínez-Cunningham, Amber Midthunder, Dylan Kenin, Alma Sisneros, Martin Palmer, Danny Winn, Crystal Gonzales, Terry Dale Parks, Debrianna Mansini y John-Paul Howard. Todos muy bien.

Premios y nominaciones en 2016: Premios Oscar: 4 nominaciones incluyendo mejor película y actor sec. (Bridges). Globos de Oro: Nominada a mejor película-drama, guión y actor sec. (Bridges). Premios BAFTA: 3 nominaciones, incluyendo Mejor actor secundario (Bridges). Festival de Cannes: Sección “Un Certain Regard”. Premios Independent Spirit: Mejor actor secundario (Ben Foster). National Board of Review (NBR): Mejor 10 películas, actor secundario (Jeff Bridges). American Film Institute (AFI): Top 10 – Mejores películas del año. Premios Gotham: Nominada a mejor actor (Jeff Bridges) y guión. Critics Choice Awards: 6 nominaciones incluyendo mejor película y director. Satellite Awards: Mejor actor secundario (Jeff Bridges). 3 nominaciones. Sindicato de Productores (PGA): Nominada a Mejor película. Sindicato de Guionistas (WGA): Nominada a Mejor guión original. Sindicato de Actores (SAG): Nominada a mejor actor secundario (Bridges).

Este western tiene una evidente dimensión social. La película es el paradigma de ese batallar entre la ley y lo justo (no todo lo legal es justo y viceversa), una analogía entre la ley, el deseo y la necesidad, del anti heroísmo, y la sempiterna lucha entre el bandido y el establishment económico y de poder. A poco atentos que estemos, oímos en varias ocasiones despotricar de los bancos como usureros que chupan la sangre al prójimo (lo cual en gran medida nadie duda), y de igual manera, los mismos bandidos llegan a decir en pleno atraco a un señor mayor, que ellos no le van a robar a él: “sólo robamos al banco”. Sí, un banco, los bancos que tienen embargado el rancho familiar, que es la única manera de salir de la pobreza en que viven ambos atracadores. Uno de ellos, Toby Howard, afirma que sus abuelos fueron pobres, sus padres pobres y ellos ídem, pero que, claro, quiere revertir su destino. En fin, no lo dice así, pero ese es el mensaje. Pero hacer dinero es muy difícil en un lugar como Texas que es un puro arenal donde lo único que florece son los cactos y las piedras de los pelados acantilados; pero también el petróleo… y su finca posee oro líquido.

En definitiva, el film ofrece una “visión rebelde y, en el fondo, profundamente ética, de la política y la sociedad estadounidense de la era en la que Trump nos dio con la sorpresa entre los dientes” (Ocaña). No hay verborrea política, no hay apología de un signo u otro, pero su mensaje social es inequívoco en este gran film que habría merecido más consideración de Hollywood.

Otro aspecto que me ha llamado la atención de esta película es que viene a resultar el anti tópico de lo que solemos imaginar de los EE.UU. Pensamos por lo común una Norteamérica próspera, con rascacielos, ejecutivos elegantes por la quinta avenida, los grandes negocios de Wall Street en el bajo de Manhatan, automóviles de veinte metros de eslora o mujeres despampanantes. Pues bien, en la panorámica de la película sólo despunta una profunda depresión de páramo, sequedad, carreteras polvorientas, pequeños pueblos que parecen despoblados, con apenas una mísera cantina donde la dueña impone el menú a los clientes; incluso los bancos están curiosamente desprotegidos.

La familia también es abordada, pues para que de nada falte, en la antesala de esta historia late la conflictividad social que se prende de la retina del espectador que mira atónito una familia desestructurada y su listado de secuelas. En fin, una obra que con todos estos ingredientes no puede acabar bien, aunque después de todo, resulta que tampoco acaba mal del todo.

Y es en este desierto a todo nivel donde McKenzie erige una sólida pieza de la filmografía en que todo juega al son perfecto de un guión magnífico y unos actores mayúsculos. Un intenso relato que no cesa en su emocionante andadura, en esa huida hacia adelante con “la muerte en los talones” (parafraseando a Hitchcok) de los hermanos Howard.

En resolución, Mackenzie no es un director tibio, va a por todas. Tanto, que el espectador acaba poniéndose del lado de los perdedores, rompiendo así con las convenciones. Enorme crítica a una Ley hecha a medida de unos pocos, pero no para muchos. Un film que “logra hacer bueno al malo y malo al bueno” (Cuéllar). Cine intenso que habla de más asuntos de lo que parece, habla incluso de lo moral. “Un film sobre la pérdida (de fronteras, ideales, familiares, de la esperanza) pero también sobre el encuentro y el conocimiento, aunque se trate de toparse con la muerte y saber que en ella está la verdad” (Fausto Fernández). Una película que deviene eco de hombres al margen de la ley y coronados por un aura romántica y trágica a la vez.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=t1aVMl9LLsw.

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