Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Mensaje de hondo calado moral sobre las decisiones que toma la gente

Por Enrique Fernández Lópiz

Fui en Madrid con mi querida y cinéfila madre a ver esta película, Delitos y faltas, en la fecha de su estreno. A ambos nos gustó, y aunque no era mi madre de darle muchas vueltas a las cosas, sí me dijo algo que ya le había escuchado decir muchas veces y que siempre me daba que pensar: Todos tenemos un muerto en el armario. Puede que este dicho tenga su origen en un cuento ingles que habla de Barba Azul (Blue Beard), quien se había casado ya tres veces, sin que nadie supiera qué había sido de sus mujeres. Cuando encontró otra esposa, tras la boda, Barba Azul le dijo que debía salir del país y le entregó llaves de todas las puertas de su castillo, pero había una que le prohibió utilizar: no debía abrir un gran armario. Mas llena de curiosidad, ella decidió abrir la puerta para ver lo que había; lo que encontró fueron los cuerpos de las otras esposas que había tenido. En cualquier caso, el dicho concierne a esos secretos que todos tenemos y que resultan inconfesables y deshonrosos.

Gran razón, delitos o faltas más o menos graves por actuaciones irregulares, de pensamiento, por deseo o por omisión. Nadie está libre, aunque parezca lo contrario, de faltas e incluso delitos de diferente grado, pero ignominiosos. Agresiones, incumplimientos, fraudes, hurtos, mentiras de calado, asesinatos físicos o morales, etc. y hay quien se indigna con estas cuestiones. Pero como decía Marshall McLuhan en uno de sus aforismos más conocidos: La indignación moral es una estrategia estándar del imbécil para parecer digno.” Sí, porque el protagonista, en principio intachable, cuando se le plantea una acción absolutamente detestable, cae en principio presa de su propia indignidad, de su inmoralidad; pero no se rebela contra lo que ha manda a hacer; ni se entrega a la policía; ni reza una penitencia siquiera; toda esa indignación, culpa, defensa moral, etc., para lo único que sirve es para acabar transformado, por una especie de “curare” para la conciencia, en un honorable ciudadano.

El film habla de un dicho que no sólo la religión judía, sino también la católica repetía mucho a los niños: Dios todo lo ve, todo lo sabe, sus ojos están siempre pendientes de ti, etc. O como le decía el padre al protagonista Judah: Dios es el ojo que todo lo ve”. Nadie parece querer añadir: … y […] Dios mira igualmente por tu bien; pero bueno… esas son ya otras cuestiones.

Hace pocos días, pude ver de nuevo esta magistral obra del más grande Woody Allen; Delitos y faltas, 1989, cuyo pesimista discurso se emparentaría años después con las conclusiones propuestas en Match Point (2005), y éstas a su vez con las de la menos recordada pero estimable El sueño de Casandra (2007). Son obras maestras sobre la codicia, la ambición, la culpa, el crimen, el destino, la fatalidad, la maldad o el remordimiento, que son reinterpretaciones, sin humor, a escala clásica, de la tragedia griega, pero actualizada en acontecimientos como los que cuenta este film. Incluso podría acompañar también esta trilogía, Blue Jasmin, 2013; aunque ésta última, más traída de los pelos, y situada en un nivel moral más próximo a la gran ambición, sin muertes por medio.

Delitos y faltas es, entre otras, una película de dilemas, que toca a la moral y al derecho a la vida de pleno, que alude a importantes dimensiones de la existencia. También en lo social refiere cómo la burguesía se resiste a perder su lugar, aunque para ello deba incluso saltarse las más básicas normas de convivencia, o sea, aunque para ello haga falta incluso matar.

En esta película tenemos dos personajes principales; sus vidas se entretejen de forma paralela. De un lado Judah (Martin Landau), un famoso y respetado oftalmólogo que goza del aplauso general de la sociedad, del amor de su esposa e hijos y de una posición envidiable. Además, tiene una formación religiosa importante. Pero ha cometido un “error”, tiene una amante posesiva e histérica (Anjelica Huston), que amenaza romper su dorado equilibrio familiar, social y profesional. Entonces, decide poner fin a su relación extraconyugal. Pero su amante es pertinaz y amenaza con tirar de la manta y ponerlo todo en evidencia antes que perderlo. Chantajea con contar todo a su esposa y devastar su vida, lo cual incluye denunciar ciertas irregularidades financieras de Judah, de las que ella tiene conocimiento. Consultada la cuestión por Judah con su hermano Jack, que se mueve en el mundo del hampa, éste opina que la única solución es eliminar a la mujer, quitarla de en medio, asesinarla. La conciencia de Judah rechaza inicialmente la idea, pero al sentirse cada vez más acorralado por la amante, decide aceptar la propuesta. Cuando la mujer es asesinada, Judah se siente atormentado, recuerda su pasado de formación en la religión judía y siente que el mismo Dios le observa para condenar su “falta”. Pero, como se revela al final del film, el paso del tiempo todo lo cura y todo lo atempera, y así, Judah irá viendo poco a poco, como se volatiliza en él el sentimiento de culpa. Finalmente recobra la tranquilidad y continúa con su aburguesada vida de privilegios. En Judah está el “delito” del título.

delitos-y-faltas-2

El otro personaje principal es Clifford (Allen), un director de documentales poco conocido que se ve obligado a rodar una película sobre su cuñado, un arrogante productor de televisión (Alan Alda) al que desprecia y sobre el que alberga sentimientos muy negativos. Cliff, por encargo de su cuñado, se pone a rodar el tal documental. En ese interregno, Cliff conoce y se enamora de una de las productoras del documental (Mia Farrow), una mujer aparentemente modosita pero inteligente y ambiciosa, que también es perseguida amorosamente por el cuñado de Cliff. Cuando el cuñadísimo conquista y le quita a la muchacha, la mujer de su vida, Cliff sentirá auténticos deseos de aniquilarlo. Esta es la “falta”.

Allen, con su batuta y su guión hacen una auténtica joya donde se combina drama y comedia, sin que en ningún momento chirríe el argumento. Es un film genial y una verdadera obra maestra y memorable; como dice Boyero: Incuestionablemente genial. La música es magnífica y excelente la fotografía de Sven Nykvist.

El reparto es de relumbrón. Woody Allen en su zénit como actor, en el rol del pobre Cliff; Martin Landau es el gran inmoral de la historia: magnífico; Alan Alda se sale como engreído productor de documentales; Claire Bloom estupenda como amantísima esposa; Anjelica Huston maravillosa y a la que el papel de amante despechada le va de perlas; Mia Farrow sobresaliente como mosquita muerta pero ambiciosa mujercita; y acompaña un elenco de primera división con Jerry Orbach, Caroline Aaron, Sam Waterston (muy bien como paciente), Joanna Gleason, Martin Bergmann, Jenny Nichols, Daryl Hannah, Zina Jaspers y Frances Conroy.

Premios y nominaciones entre 1989 y 1990. 1989: Oscar: 3 nominaciones, a Mejor director, guión, actor secundario (Martin Landau). Premios David di Donatello: Mejor guión extranjero. 5 nominaciones. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor actor de reparto (Alan Alda). 1990: BAFTA: 6 nominaciones, incluyendo mejor película, director y guión original. Genial.

Merece esta película evidenciar cómo Allen tiene el cine muy presente a lo largo de toda la película. Como que el cine rodeara nuestras existencias dotándolas de cierto sentido. De hecho, desde su sobrino en la cinta a todo el resto de personajes están emparentados con el cine. Cliff es un cineasta frustrado que meramente puede aspirar a rodar un documental a mayor gloria de su odioso y odiado cuñado. De hecho, la circunstancia de poder burlarse de él al proyectar un montaje tipo parodia, resulta ser el momento de auténtico gozo en la película, lo que parece querer defender el poder catártico del cine, el cine como motor de cambio mientras la luz esté apagada, de una realidad inicua e inamovible. Y también, desde la afirmación a que he aludido de que Dios es el ojo que todo lo ve, Allen parece querer decir que ahora dios es el cine, que sería el único ojo capaz de captar y narrar momentos esenciales, personas o maldades sin entrar en juicios pero sí dejando testimonio y definiendo a esos personajes.

Por otra parte, en el film se puede visionar un documental con reflexiones de un pensador desconocido de nombre Louis Levy, quien con su infausta conclusión desvela las contradicciones de toda creación; y aquí está ya la tradicional influencia en Allen de Crimen y Castigo de Fiódor Dostoyevski, especie de constante en su obra (p.e. La última noche de Boris Grushenko, 1975) (“¿Es legítimo el asesinato si de ese modo obtenemos un bien mayor? ¿Pueden los hombres superiores vivir por encima del remordimiento y la culpa que atenazan a los inferiores y cobardes? ¿Puede alguien cometer injusticias, por ejemplo, un tirano, y tener una vida plena y feliz?”). Ya puestos y por ofrecer alguna interpretación filosófica diré que para Platón esto era imposible, pues todo el Universo gira en torno a la Idea del Bien que reina junto a la Belleza y la Justicia en el mundo visible. Pero con el tiempo, finales del siglo XIX, Schopenhauer y Nietzsche ya dijeron que “viejo sol” del Bien platónico no guiaría más los pasos de la humanidad. Que éste no era más que el instrumento de los débiles para contener a los fuertes. Según Nietzsche, los “fuertes” han de quitarse de encima la venenosa conciencia moral platónica y cristiana, si quieren convertirse en “superhombres”. Pues bien, Allen lo que propone en este film y en los otros mencionados –Match Point o El sueño de Casandra-, es un modelo algo indeciso y dubitativo del superhombre nietzscheano, lo cual resulta targicómico.

Y sin querer extenderme demasiado, hay que recordar y poner negro sobre blanco las reveladoras conversaciones del oftalmólogo Judah con el paciente rabino que se va quedando ciego. Allen trata aquí desde su óptica la decadencia de la religión, que es otro de los temas latentes. Con claro simbolismo, Allen sostiene la incapacidad de la fe para juzgar o contener un mundo que niega la culpa y supera el temor a sus más arraigadas creencias, con una buena sobredosis de cinismo. De hecho, en un punto clave de la película y ante el planteamiento de si Dios verá su actuar asesino, Judah llega a decir que Dios es un lujo que no se puede permitir. Devastador.

En fin, estamos ante una obra con muchos ángulos y matices, propiamente para un psicoanalista, o varios, en la que se percibe un afán ciertamente naturalista a la hora de hurgar en los motivos que derivan en violencia, que se mete de lleno en las expresiones de la debilidad humana y en los conflictos morales. Y Allen, además, traslada esos conflictos al espectador. El crimen y la violencia son abordados con cautela e ironía, lo cual que subraya una valoración psicológica más que de enjuiciamiento. Y siempre, sobre los cargos de conciencia, la culpa, o el sufrimiento pivota el azar, otro elemento que habla del naturalismo de la exposición.

El gran crítico Ebert llegó a escribir: La película genera el mejor tipo de suspenso, porque no trata de lo que le ocurre a la gente [...] es sobre las decisiones que tomarán”. Así es. Y en el fondo, a mí –aquí yo hablo por mí- toda esta tramoya me traslada el mensaje bíblico de: Veritas liberabit nos(La verdad nos hará libres).

La recomiendo sin ninguna duda. Una película para la posteridad. Desde que la vi me di cuenta. Y con el tiempo, me ratifico en la idea, que es también un pálpito, un sentimiento.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=5wXqwL3akhw.

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Escribe un comentario