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Maravilloso musical que lo tiene todo

Por Enrique Fernández Lópiz

En Un americano en París Jerry Mulligan (Gene Kelly) es un pintor norteamericano que decide quedarse en París al finalizar la segunda guerra mundial. Mal vive intentando vender sus cuadros en Montparnasse. Un día conoce por azar a una americana millonaria que se interesa por su obra y decide promocionarlo. Al mismo tiempo, conoce a una bella y exótica dependienta en una perfumería y se enamora perdidamente de ella.

Se trata de un musical llevado con el estilo propio de Vicente Minelli, un estilo preciosista que cuida mucho la coreografía, el vestuario, los decorados, la dirección artística y la música, que en el caso de este estupendo film es nada más y nada menos que del consagrado clásico George Gershwin. El guión está muy bien escrito por Alan Jay Lerner y tiene una genial fotografía de Alfred Gilks. De hecho, esta película consiguió en su momento (1951), seis Oscars, que se dice pronto: mejor película, mejor argumento, guión, música, dirección artística y vestuario color. Además, en ese mismo año también obtuvo: Globos de Oro: Mejor película – Comedia o Musical. 3 nominaciones. Premios BAFTA: Nominada a mejor película. Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película). O sea, un lujo de película, uno de los clásicos señeros, magistral, dinámico, entretenido, divertido y estimulante del género musical.

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Vicente Minelli, como es sabido, alcanzó su fama fundamentalmente por sus musicales. En ellos consiguió un difícil equilibrio entre el tono superficial propio del género y toques más enjundiosos y esenciales, que se elevaban por encima de las notas musicales y trascendían con frecuencia la aparente frivolidad del género musical.

Es sin duda uno de los grandes musicales del cine norteamericano. Y aquí quiero romper una lanza por dos genios del cine de todos los tiempos. Empiezo por el primero, el gran Gene Kelly que en este film está plantado, lleno de facultades, de frescura, un derroche de danza y sentimiento con una movilidad fina, menos atlética que en otras películas y más depurado en sus movimientos; en suma, excepcional. Y a continuación tenemos a una Leslie Caron enorme, una actriz y bailarina que bajo la batuta de Minelli construye, junto a Kelly, toda una historia de amor y danza bajo de los compases del gran Gershwin.

Pues bien, a pesar de no ser yo muy aficionado a los musicales, ante este me quito el sombrero y lo aplaudo a rabiar porque todo está diez puntos: actores, música, dirección, decorados –maravillosos-, vestuario, coreografía, ¿qué más se puede pedir? Véanla cuando puedan, por TV, en DVD, en Internet… porque de este género y con esta calidad ya no se hace y además, los protagonistas son un mito, y esos, esos, ya no volverán. Por cierto, al año siguiente Kelly estrenaría la más maravillosa todavía Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, 1952).

Y quiero subrayar de nuevo algo que dije en mis comentarios sobre el film Cantando bajo la lluvia; esto es, que ver la película que ahora comento, Un americano en París, o ver Cantando bajo la lluvia es una invitación a la ALEGRÍA con mayúsculas, son películas que transmiten regocijo, ganas de bailar y de vivir, son filmes muy aconsejables para quienes pasen por un momento bajo, son antidepresivos, e inyectan contentura al corazón. Dije en aquella crítica y digo ahora, tomando parte de un poema de nuestro inmortal poeta José Hierro, que: Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la/ alegría/ no podrá morir nunca”. Ver este film ayuda a entenderéis cabalmente el significado de estos versos.

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