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Maravillosa, inquietante y pura

Por Enrique Fernández Lópiz

Vi El sol del membrillo el día de su estreno en Granada, 1992, Palacio de Congresos recién inaugurado; un pase especial para los alumnos y el profesorado de la Facultad de Bellas Artes. Me invitó un profesor amigo de esta Facultad encargado de la materia Pintura, el Dr. Cabrera (la película es, entre otras, una excelente aproximación al fenómeno concreto de la pintura). El documental, por calificarlo de algún modo en este punto, exponía con la nitidez y la densidad de atmósfera propia de un Vermeer, a un Antonio López intentando captar con su pincel los cambios y entresijos de un membrillero que tenía en el jardín de su casa durante horas, días, meses; incluso llegó a cuadricular el árbol con cuerdas para mejor captar sus formas y los haces de luz que sobre él incidían en el otoño y otras estaciones. Y todo captado por la savia mano de Víctor Erice que quiere hacer cine documental pero que le sale cine cine, cine de verdad, cine sobre la existencia y nuestro papel en el mundo, y lo poco que sabemos y podemos captar de ese universo cotidiano que sale a nuestro paso en cada instante.

Un guión genialmente lineal del propio Erice, fotografía inconmensurable de Javier Aguirresarobe y Ángel Luis Fernández, y una sugerente música de Pascal Gaigne. Todo da como resultado una obra de arte de gran nivel.

Habían asistido al estreno en aquella primavera de 1992 en el flamante Palacio de Congresos de Granada, muchos alumnos de Bellas Artes; y no miento si digo que al menos el setenta por ciento, más de la mitad de los concurrentes, se salieron de la sala para mi absoluto asombro. Alumnos de Bellas Artes que paradójicamente no toleraron el dúo compuesto por un pintor de primera línea como Antonio López y a un Director de la talla de Víctor Erice. Porque en esta mezcla de genios, El sol del membrillo bordea la experiencia superior del artista, y nos señala y dice además, cuán difícil es aprehender la cambiante realidad, en este caso reflejada en un árbol, a través de la pintura, pero también en general. La tentativa de captar la exactitud de lo mutante, una tentativa que posee una gran dificultad y se revela, según las circunstancias, casi una imposibilidad. Es un desvarío, un sueño magistralmente descrito en los 139 superlativos minutos que dura la cinta.

Para mí es una gran suerte poder explicar en esta página de Ojocritico.com un poco de la enorme experiencia que supuso y el impacto que sobre mí tuvo esta sin par cinta de Erice. Se trata de cine puro, puro arte, sin contaminación, sin falsedad, para saborearlo lentamente. Por eso los impacientes y los amantes del ruido en general y en el cine en particular, no soportan esta película, no la toleran. No es, pues, un cine de mayorías. Y qué. Es un producto Erice, como El espíritu de la colmena, 1973; como El Sur, 1983; como tantas otras obras grandes de nuestra cinematografía que la mayoría olvida y no tiene en cuenta, pero que anclan sus raíces de excelencia en nuestra cinematografía para siempre. En tanto, esos de los que hablo, los que se salieron de esta proyección, esos van a ver Batman o Resacón dos o cuatro, o el cine chabacano que tanto abunda y en el que incluyo también obras de directores supuestamente geniales como Almodóvar y sus Amantes pasajeros, 2013.

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Yo soy consciente que en esta película, los territorios en los que se adentra Erice, atentan visiblemente contra el cine de diversión y también contra uno de los nueve primeros mandamientos que propuso Billy Wilder: no aburrirás. A cambio he de decir que para los que no nos aburrimos con este film, apreciaremos la película en toda su dimensión.

No, miren ustedes, esto es Vermeer van Delft -como decía antes-, esto es Bergman, esto es el límpido cielo, el ambiente que flota y puede palparse, la ingente tarea de captar la realidad, de investigar el movimiento continuo a que se ve sometida, la colosal labor de vivir con, desde y por la “curiosidad”, lo que una famosa “psi” de apellido Klein llamó “pulsión epistemofílica”. Como escribió Martínez: “López pinta, dibuja, se pelea contra la forma de un árbol. Erice se coloca detrás y aguarda. Una obra tan sincera como sencilla que sitúa al cine en los terrenos sólo recorridos por algunos maestros.” Es así, pura imagen, obra maestra, cine de altura para quien lo sepa apreciar.

En cierta ocasión tuve que disertar ante un sesudo auditorio sobre las razones y el sentido de las modificaciones que en nosotros, las personas, se producen en el transcurrir de la existencia. Arduo asunto, créanme. Tratado por filósofos, artistas y científicos, nos encontramos, a poco que profundicemos en ello, con múltiples puntos oscuros, lugares mal conocidos, ámbitos enigmáticos y aspectos resistentes al conocimiento en forma inconmovible. Recovecos tan complejos como el mismo espíritu humano. Y entonces, recordé, en este tipo de reflexiones a que hacía, este bello film de Víctor Erice en el que el pintor Antonio López claudica en su afán quimérico de plasmar en el lienzo los cambios que se van produciendo en un membrillo que tiene en el patio de su casa, en Madrid, con el avanzar de las estaciones. ¿Cómo, si un genio plástico se declara impotente para aprehender las transformaciones que acontecen en un árbol, al fin vegetal, va un científico a desvelar con la certeza que querría la esencia de las modificaciones que la vida y el tiempo van desencadenando en las esferas complejas del comportamiento: emociones, inteligencia, o el progreso de los vínculos con los otros? En eso me esforzaba yo en mi disertación de aquel entonces, en exponer una panorámica de lo que se sabe al respecto, así como mis propias resoluciones. Aún con todas estas restricciones del saber, el auditorio salió más o menos satisfecho. Pero yo no, aunque sí contento de haber sabido transmitir esta dificultad enorme de captar el cambio.

Entonces la pregunta es: ¿Cómo podemos desvelar con la certeza que querríamos la esencia de las transformaciones que la vida y el tiempo van desencadenando en nosotros, en nuestra vida, en la Historia que nos toca vivir, en la sociedad que nos circunda, en nuestras formas de comunicarnos, en nuestras actitudes y no digamos en las más ocultas sombras que se esconden en lo recóndito de nuestro ser y que también progresan?

Tempus fugit: un asunto turbador e inevitable. En este film no se dan respuestas ciertas, pues mucho me temo que no las hay. Pero el cine en esta obra queda despojado de accesorios, de decorados, de artilugios, queda desnudo, como pretendía Juan Ramón para la poesía, como expresa en los versos que abajo transcribo, al fin estamos ante un poema fílmico, ahora tan de moda. Cine, poesía y pintura se dan de la mano en esta cinta. En fin, lean la poesía que abajo les dejo, vean la película los espíritus sensibles, disfruten de este film desnudo e insondable y griten: ¡Bravo por Erice!

Vino primero pura

Vino, primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

… Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

Juan Ramón Jiménez

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