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Manuel Mur Oti, un grande olvidado

Por Enrique Fernández Lópiz

En un pequeño ensayo dentro de la ingente obra del pensador Inmanuel Kant, publicado en 1764: Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y lo sublime, se leen sus ideas sobre lo bello y lo sublime, siendo lo sublime grande, trágico y oscuro, mientras que lo bello es pequeño, alegre y sereno. Y en un capítulo dedicado a la descripción de las naciones, Kant dice que: Los españoles son los que se distinguen entre los demás por el sentimiento de lo sublime. [...] Sublime de la clase terrible que se inclina un poco hacia lo extravagante […] que tienen un alma orgullosa y más sentimiento para las acciones grandes que para las bellas. Pues bien, en la obra literaria y cinematográfica del director Manuel Mur Oti, se manifiesta esta aguda observación kantiana. Mur revela en su literatura y en su cine, un particular interés en la búsqueda del espíritu noble; nobleza en el sentido de lo que también Kant define como austero y de gran envergadura. Ahora quiero referir esta idea a propósito de la película Un hombre va por el camino, cuyo estilo y entramado ponen de manifiesto esta sutil apreciación del filósofo de Königsberg.

Manuel Mur Oti es natural de Vigo (1908-2003), viaja a Cuba en 1923 y regresa diez años después a España escribiendo una novela de gran éxito, Destino negro, novela de hombres de gran fuerza y estilo grandilocuente –de perfil sublime al decir kantiano-, que ganó el Premio Nadal en 1948. Comienza en el cine escribiendo guiones para su amigo Antonio del Amo; Del Amo y él fueron considerados dentro del cine español la generación de los “renovadores”, puente entre el cine de postguerra y el nuevo cine español.

Tenía yo conocimiento y buenas referencias de esta película, pero hasta hace unos días no la he podido ver. Esta fue la Ópera Prima de Mur Oti como director de cine. En el film, una especie de vagabundo alto y fornido, un “don nadie” de nombre Luis, rechaza el trabajo que le propone un viejo caballero, provocando la indignación de éste. En su errática caminata, Luis llega a Monte Oscuro con las botas rotas y la ropa raída. En el lugar lo acoge Julia, la guapa viuda de un escritor que vive en una granja con su hija pequeña Blanca. A pesar de la resistencia inicial, Luis accede a quedarse en el campo y labrar la tierra con una yunta de bueyes, siempre ayudado por Julia. Pero las habladurías de los moradores del pueblo próximo no tardan en llegar y Luis se ve en la necesidad de marcharse para no enturbiar la fama de la dama.

Pero hete aquí que Luis, pasado un año, echa de menos el lugar, a la hermosa mujer y a la niña con la que había congeniado. De manera que vuelve, y lo hace en el momento más oportuno. A partir de aquí se despliega un melodrama en toda regla, con buen final. La niña enferma, el médico del pueblo es el viejo caballero que amenazó a Luis, pero éste salva la vida de la niña en una brillante intervención crítica, pues Luis resulta que es médico.

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Esta película sienta los cimientos esenciales del cine de Mur, al decir de Lage: … como la vinculación pagana de la mujer a la tierra, el sentimiento de culpa heredado -generalmente por una sociedad que impone una actitud recta ajena a la realidad- y el uso del drama rural como alegoría más compleja. […] traza aquí el gran conflicto en el honor y reconocimiento social de su protagonista, un despojado, hasta que demuestra no solo su valía sino también su pertenencia a otra clase social; esa oportunidad de redención está vista con cierto cinismo, igual que el final.

El guión, adaptación del propio Mur Oti de una historia salida de su pluma, se muestra nítido en su exposición, a la vez que dramático en su fondo. El personaje tiene cierta identificación con los veteranos de la Guerra Civil. Muchos símbolos como la enorme cantidad de fotografías y espejos, hace pensar en la influencia de la teoría psicoanalítica, que emergía con fuerza en aquellos años cuarenta en España, pues ya se podía leer a Freud, según la primera traducción de sus obras al español por Don Luis López-Ballesteros y de Torres; traducción por cierto alabada por el propio Freud. Freud dijo: Me admira […] que usted haya podido alcanzar tan absoluto dominio de una materia intrincada. El caso es que Mur conocía con toda probabilidad la ciencia de mundo inconsciente.

En la historia, el protagonista, desaprovechando su oportunidad por orgullo, encuentra su honor y posición en aquello de lo que huía, como se ve al final de la cinta. Luis es un prestigioso médico que por un acontecimiento trágico y traumático, deja su cátedra y su profesión para vagar, hasta que la vida le permite redimir su pasado. No desmerece la música de Jesús García Leoz y es excelente y cargada de matices la fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer.

Me ha llamado la atención la calidad del elenco actoral, de sus principales artífices. De un lado, un expresivo, físico y muy profesional Fernando Nogueras en el rol de Luis. Bellísima Ana Mariscal que borda el papel de viuda seria, amante, emprendedora y que trabaja la tierra con su sudor (fue Premio de interpretación concedido por el Círculo de Escritores Cinematográficos en aquel año de 1949). La protagonista vive para cuidar a su hijita Blanca, muy bien interpretada por Pacita Landa. Y están muy correctos actores y actrices de la época como Francisco Arenzana, Matilde Artero, Aurelia Barceló, Manuel Guitián, Marina Lorca, Felisa Ortuondo, Julia Pachelo y Enrique Ramírez.

Mur Oti es un director barroco y tendente a la grandilocuencia en la imagen y en el mensaje. Con el tiempo, tras gestionar una extravagante distribuidora en Manhattan para películas españolas, volvió a España. Fue una figura olvidada, un personaje controvertido al que casi desde el principio de su carrera se miró con condescendencia. Fue ese tono en cierto modo despectivo el que lo relegó al ostracismo, sin que nadie que yo sepa, haya contextualizado su obra y la de otros colegas de generación. Así y todo, Mur Oti se mantuvo firme en su hacer melodramático. Pero su obra se ve poco y además no se suele encontrar, en un país como el nuestro que es bastante acomplejado e ingrato con su propio pasado.

Mur Oti recibió, no obstante, en 1993 un Goya honorífico a su carrera, sin perder la esperanza de poder llevar al celuloide algún otro proyecto. Pero no pudo. Su última película, Morir… dormir… tal vez soñar, se estrenó en 1976. En su epitafio se puede leer: Dejadme descansar, que estoy transido de tanto desear lo que he logrado y de tanto llorar lo que he perdido.

Quiero, en honor a este director, escritor, hombre elegante y noble, culto y con gran sentido estético y de lo excelso, invitaros a ver la entrega del Goya Honorífico que le fue concedido en 1993, presentando el momento Imanol Arias, y entregando el premio de manos de Ana Mariscal y Susana Canales, sus dos grandes y admiradas actrices.

El público en pie aplaudió este merecido galardón.

Presentación de la película en TVE.

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