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Mad Max Fury Road

Por Rodrigo Aliende

George Miller ha renacido de las cenizas de un mundo arrasado, podrido, de un mundo que él mismo creó en el año 1979. Con 70 años a sus espaldas y un breve paso por el cine de la animación (parece mentira que el creador de Mad Max haya dirigido a los pingüinos bailarines de Happy Feet), Miller quería volver a lo que otrora fue su hogar y darle un remozado completo a su creación, y es que quién mejor que él mismo para la modernización de Mad Max.

Furia en la Carretera nos transporta a una tierra que nada se parece a la nuestra, pero que un día lo fue. En un par de minutos y unos breves flashes, ya sabemos lo que ha pasado y cómo se ha llegado hasta ese punto. El mundo de Mad Max es muy rico en todos sus aspectos y el espectador desea saber más y más. Sin embargo, el trío de guionistas, Miller incluído, apenas enseña nada explícitamente ni explica profusamente cómo funcionan las cosas. Las reglas ya están establecidas y no podemos esperar que a esta alturas del juego se vaya a parar esta mastodóntica maquinaria de acero, arena y sangre para los que acabamos de llegar. No hay ni un narrador omnisciente con voluntad de enseñarnos, ni diálogos didácticos entre personajes que detengan la acción, ni se les espera, porque, como muchos han querido calificar Furia en la Carretera, es una extensa escena de dos horas que no tiene intención de parar.

Antes de ver la película, incluso con los trailers promocionales en mente, sería lógico pensar que Max Rockatansky (Tom Hardy) es el protagonista de la historia, el motor que mueve los engranajes. Nada más lejos de la realidad, él es un engranaje, uno colocado de forma forzosa porque estaba en mal lugar, en mal momento. La película comienza con Max siendo capturado y convertido en una bolsa de sangre, literalmente. Entre tanto, Imperator Furiosa (una Charlize Theron implacable y magistral) sale en un convoy hacia la Ciudad de la Gasolina, y Max se ve envuelto en la acción cuando Furiosa decide huir.

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En un comienzo no sabemos muy bien qué está pasando, quién es esa tal Furiosa, qué pretende… Poco a poco vamos conociendo más detalles de la trama y sus intenciones, pero, como he dicho, siempre se da la información justa y no suele ser a través del diálogo, porque las palabras también son un bien escaso en este mundo desolado, y es que Furia en la Carretera no se grabó con un guión al uso, sino era más bien el storyboard convertido en texto. Las imágenes y las acciones valen más que mil palabras, por eso la estética y la fotografía de la película rayan una calidad sobresaliente.

Las dos horas transcurren en el desierto y podríamos esperar que la paleta de colores fuera marrón y aburrida. Sin embargo, nos encontramos con unos colores muy vivos y una variedad considerable. De la abrasadora luz del día a la mortal tormenta de arena o la oscura noche, todo sin que la acción pierda visibilidad. Todo es caos, pero un caos muy bien ordenado y planificado.

El diseño de producción habla por sí mismo: construcciones megalíticas, vehículos aterradores, fuego por doquier, súbditos de apariencia aterradora… George Miller ha creado una pequeña sociedad, donde gobierna un tirano con ayuda de un fervor religioso enfermizo. La Ciudadela está hecha de contradicciones: agua y arena, vida y muerte, mujer y hombre. Y es que no se puede hablar de Furia en la Carretera sin hablar del papel de la mujer. Ya hemos dicho que Furiosa es la verdadera protagonista, pero no es la única mujer. Las madres son el núcleo de esa podrida organización, por eso tienen esa apariencia pura y casi virginal, muy lejos de la suciedad y el polvo que les rodea. Aún así, no viven aisladas de todo eso, lo que explica que tengan un carácter curtido y no duden en actuar cuando sea necesario. Mad Max no será la película que abandere el movimiento feminista, porque también tiene sus lagunas en este aspecto, pero sorprende ver una representación tan igualitaria en un género tan identificado históricamente con el hombre.

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