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Lugar para el cine clásico: “Cowboy de medianoche”

Por José Manuel Morales

Hay mucho hijo de puta en el mundo, muchos, demasiados, pero este Joe Buck (John Voight) de la película Cowboy de medianoche, desde luego, no lo es. Él quiere tener una vidorra por acostarse con mujeres ricas y que éstas le mantengan y eso no es fácil. Menos cuando tienes la misma maldad que un crío pequeño de hace treinta o cuarenta años. Y este hombre de metro ochenta, enormes espaldas, rubio y de ojos azules deja su Texas natal y marcha hacia Nueva York. Y cree posible tener lo que busca porque él lo vale (al más puro estilo lorealista de pelo cardado y culo bien enfundado en vestido corto), pero no… A este chico le chulean, no chulea.

Y aunque el actor en cuestión, John Voight es un actor bastante malito y su mayor logro es haber traído al mundo a Angelina Jolie, tampoco lo hace mal. Aunque queda ridículo ante el tremendo trabajo de un Hoffman que hace de Rico, de “Ratzo” para los demás, con su pierna torpe y su nervioso caminar mientras se pasea apestando por las calles de Nueva York. Rico (Hoffman) estafa veinte dólares al pobre y tontorrón texano y se pierden de vista el uno al otro. La ciudad de los rascacielos también tiene su parte mala y no todo es pasearse por el Central Park, circular por la Avenida Madison o darse un paseo con un balón de basket por las canchas de alquitrán de Hell´s Kitchen.

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Dustin Hoffman se come con papas a cualquier actor de gran planta, pero escaso talento interpretativo. No obstante todo forma parte de una dupla que se complementa bien y aunque parece que nunca más se van a cruzar (Nueva York es muy grande), se encuentran de nuevo y Joe quiere que le devuelva lo robado. “Ritzo” no tiene un chavo, pero no mal corazón y decide que lo mejor para que se lleven bien es darle un lugar donde pueda vivir y así se le quite un poco la cara de derrotado que tiene. Cuidado que la cara del pordiosero de Hoffman es insuperable, pero ya sabemos la poca autocrítica general que circula por el mundo. Y cómo decía la dupla es perfecta. Prostituto de enorme talle y chulo de menos contactos imposibles. Si no fuera porque Joe, de vez en cuando, se vende a hombres probablemente no comerían, roban un poco de comida por aquí y por allá y tienen un poco de suerte al ser invitados a una fiesta con catering gratis. ¡Quizás la suerte les convide de nuevo a un baile hermoso lleno de rubias suecas de 1.80 y enormes pechos! Joe consigue ser de interés de una mujer con algo de dinero y una cara la mar de mona. Ésta lo mete en su casa unos días y le da buenos consejos. Apenas dura nada, pero para el perdido que no tiene nada más que cosas malas es como recibir una lotería premiada por los mayores números posibles. Y cuando vuelve a casa, ve como Hoffman está ya para morirse y quedarse de figura en una plaza pública. La suerte se le cruza otra vez (y eso que tenía cara de derrotado), y puede agenciarse una cartera con algo de dinero para poder llevar a su amigo “Ritzo” al lugar donde consideran que mejorará su salud. Joe se va con él. Miami será un cambio de vida y ya se acabó lo de imaginar que con cara seriota y buena planta se puede conseguir que una rica caprichosa se desviva por darte una existencia buena. Viajan con ganas de cambiar. Pero “Ritzo” no acaba el viaje. “Ritzo” se va con su padre muerto que era el limpia zapatos más manchado de betún del Bronx. Se fue solo… No, no se fue solo. Se fue acompañado de su amigo Joe, que montado al lado suya en el autobús, no duda en abrazarlo y en terminar el viaje que puede que… Y lo imagino porque no está filmado. Le hará cambiar a una mejor vida y como dice él: “Menos complicada”.

Aunque se filme con el optimismo y la poca crudeza habitual del cine anterior a los setenta, se presenta la realidad más que la ficción que todos buscamos en el cine para olvidar la realidad donde nada más que te encuentras a idiotas en el camino que tratan de tocarte los huevos, donde te putea tu jefe, donde no llegas a fin de mes o donde, no sé, te das constantes choques de bruces ante el pez grande que se te come… Porque uno es el pez pequeño… Un saludo cacique de la Escuela de Interpretación de Valladolid. ¡Viva el cine, Señores!

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Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Película icono de los setenta. Bien tu crítica, pero discrepo, para mí John Voight es grande y tiene su estilo ¡Salud compañero!

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