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Los vividores

Por Enrique Fernández Lópiz

La película se desarrolla en los comienzos del siglo XX en Presbyterian Church, un pueblo miserable, frío y con pocos habitantes. A él llega John McCabe “Gordo” (Warren Beatty), un hombre de pasado desconocido, jugador y aguerrido que monta en el tal pueblo el primer prostíbulo del lugar con mujeres las pobres, poco agraciadas, y en tiendas de campaña; un ejemplo, podríamos decir con cierta ironía, de pequeño empresario del momento.

No transcurre mucho tiempo antes de que Constance Miller (Julie Christie), una señora experta en el tema burdel, inteligente y carismática, arribe al pueblo modernizando y haciendo del prostíbulo de McCabe un lugar con mujeres más atractivas, más aseado y más confortable, convirtiéndolo en uno de los más prósperos de la región. Desde entonces, McCabe contará como socia a la única mujer a quien ha amado en su vida, la arisca meretriz Constance Miller, que hará a su vez la función de madame del burdel que juntos han fundado: el “Beardpaw”, dentro de su conglomerado mercantil, “Houses Of Fortune”, dedicado a sí mismo al mundo del juego y el ocio. Pero la vida del “pequeño empresario” está llena de complicaciones, pues otros individuos, “peces gordos” de la cosa, le ofrecen una importante cantidad de dinero por el negocio, lo que precipitará la historia por derroteros de violencia, dado que McCabe quiere mucho más dinero del ofertado por los mafiosos.

En el año 1971 puede que fuera un innovador film, y puede que la fotografía oscura y brumosa estuviera de moda, amén de la temática de la organización de los primeros burdeles en aquella América que comenzaba su andadura por la senda de la “modernización” y el libre mercado. Pero mucho me temo que hoy resulte un poco tediosa esta película.

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Ahora bien, no hay que negarle el mérito a Robert Altman en la dirección de esta obra, si bien el guión del propio Altman y Brian McKay basado en la obra epónima de Edmund Naughton se queda un poco corto, desde mi modo de ver. Las canciones de Leonard Coen son siempre bien venidas por su melancolía y su tono nostálgico, si bien me parece que este tipo de música está un poco desubicado con la temática y la naturaleza del film; y la fotografía de tonos lánguidamente brumosos por acción y efecto del flash de la cámara de Vilmos Zsigmond con todo su mérito y nominada al BAFTA, me resulta oscura y turbia, lo cual que hace la película difícil de visionar.

Los actores están en su sitio, hacen sus papeles con profesionalidad, me refiero sobre todo a Warren Beatty –si bien este resulta un tanto melindroso- y a Julie Christie (nominada al Oscar como mejor actriz en ese año) que sin grandes alardes hace creíble su papel de empresaria y meretriz. Sin embargo, desde mi opinión, a las interpretaciones les falta la chispa y el repunte de lo excelente.

Yo remarcaría además un irregular tono narrativo, lleno arritmias, e igual cierta brusquedad en la descripción de los personajes. Por ejemplo, McCabe, que hasta determinado momento era un personaje firme, avieso y con misterioso halo de triunfador, de pronto Altman nos lo pone como un perdedor, y como un hombre, además, enamorado locamente de la señora Miller: “... soy tan perdedor, que incluso la mujer a la que más que he querido es una furcia…”. Claro, estas cosas chocan y determinan cierta indefinición del personaje y cierta sensación de pérdida de norte en la historia y por lo tanto en el guión. Y es que en realidad, ocurre que en ocasiones no se logra empatizar con los personajes, que resultan un tanto desdibujados y sin un perfil preciso. Y aunque reconozca los méritos de realización y otros, la verdad es que a mí la historia no me ha enganchado mucho, es un ambiente excesivamente lóbrego y sórdido, y además, Leonard Cohen también sirve de acompañamiento sombrío a todo este ambiente ya de por si gris. No dudo que tal vez Altman pretendiera eso, pero incluso lo sombrío y lo gris del western, puede hacerse de forma más atractiva, como años después, en 1992, hiciera Clint Eastwood en una cinta que tiene sus equivalencias con esta, Sin perdón, una obra igualmente penumbrosa, pero con un gran guión y una trama muchísimo más interesante.

En resumen, un western que tiene su interés, sobre los finales del salvaje oeste y el inicio del capitalismo en la América del norte, las redes organizadas de prostitución, y además, la historia es contada de una manera distinta a como lo hacían otros directores de la época. No obstante, la distracción o el disfrute con el film no están garantizados, salvo para quienes les guste el cine y vean la película con una perspectiva temporal de cuándo fue realizada y cuánto habría de venir luego para enmendar la plana sobradamente.

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