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Los ruiseñores de la bañera

Por Sergi Monfort

Francamente, no creo que a nadie le huela a nuevo la tierna -pero sin azúcar- historia de unos chicos en la flor de la pubertad y de su encuentro con un extraño y carismático personaje del que aprenderán y/o entablarán una curiosa amistad (¿que tal estáis, Mark Twain?).

Para ésta, en concreto, han escogido varias cartas del triunfo. A saber, el más acertado McConaughey junto a una pareja de chavales (para el papel de uno de los cuales lucharon más de 2.000 niños) que son los que buscan y hallan el aplauso general. En cierto modo, los describiría como una suerte de herederos de los curiosos y jovencitos protagonistas de Matar a un ruiseñor, metidos en la vecindad de la Bañera de Bestias del sur salvaje.

Un trío con la química en las nubes en un conjunto que, tal vez, peca de no tocar el cielo. O, en otras palabras, de no ser nada del otro mundo. Bien pensado, la estructura y la receta (forajido, cazarrecompensas, chica) son elementos que podrías encontrar en algún que otro western clásico.

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En cuanto a la película en sí, expone y explica más que emociona. Me refiero especialmente a su parte central, donde se vuelve lenta de solemnidad, donde no ves llegar el clímax y donde empiezas a pensar que un recorte en el metraje habría venido de perlas. Llegado un punto, es un continuo ir y venir, un de aquí para allá un tanto repetitivo en el que la trama evoluciona, sí, pero lo hace con un bastante acusado déficit de fuerza. Totalmente exenta de edulcorantes, avanza sin demasiada gloria pero sin pena ni a la de tres. No defendería ante nadie que es una mala película, pero sí discutiría su merecimiento en cuanto a introducirse en lo más profundo del festival de Cannes. No obstante, aventuro que su punto fuerte es el análisis y la introspección. Cuando el personaje principal, Ellis, se ve poco a poco inmerso en un mundo más adulto que el suyo, más incomprensible, de decepción constante, de tropezones en la mierda (o en el “mud” -barro-) a través de su situación paterna, que es para deprimirse… a través de los palos de ciego para conseguir a la rompecorazones más guapa del instituto… a través de verse reflejado en la complicada relación entre Mud y Juniper, en la que confía con una fe tan desesperada… ahí el clavo está bien clavado.

Descubrimos junto a él que en este universo turbio, los entresijos de las relaciones afectuosas van más allá del adolescente y bienintencionado te quiero, especialmente cuando los reactantes son especimenes condenados al sin remedio, a ser parias, a no encajar, a la sociopatía, a ser sentimentalmente ramitas en el huracán. El tema de la madurez en Mud es el que mejor canalizado queda en la pantalla. Eso, y un aroma bastante inconfundible al clasicismo de los viejos dramas, una evocación involuntaria a la sobriedad de las películas doradas de los tiempos de John Ford, sin llegar a la calidad suprema de lo añejo.

De hecho, estaría dispuesto a jurar que esta película habría tenido mucho más valor rodada en los ambos 40-50. Estoy seguro de que podría haberse convertido en un clásico menor. En 2012, queda como una bonita y acertada curiosidad, pero no como una obra demasiado transgresora, ni destacable, ni personal. 

No puedo evitar pensar que Mud es, tristemente, un refrito de muchas otras que llegaron antes y golpearon más fuerte. La mirada infantil hacia el pistolero Shane en Raíces profundas, la fascinación -de algún modo- del grumete Jim Hawkins hacia el viejo Long John Silver… En su propio terreno pantanoso, Mud crea su propia microleyenda que no conseguirá encontrar su lugar en los anales de la historia del cine. No tiene pinta.

Una aventurilla larga, donde casi todo es esperable, pero mellará una cruz en espectadores hambrientos de navegar por la condición humana.

Comentarios

  1. María Rosa Ferrer

    Buena critica.

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