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Los robos del nazismo con una Mirren de lujo

Por Enrique Fernández Lópiz

No hace mucho tuve ocasión de ver este film titulado La dama de oro y la verdad, sin ser una gran película, me gustó. Luego diré que la Mirren tiene mucho que ver con este agrado mío. Pero también me sobrevinieron, como suele ocurrirme con este tipo de cine que toma el peliagudo asunto de los judíos en la época nazi, unas reflexiones nada halagüeñas, que tienen que ver con las atrocidades que no hace tanto los alemanes, y no alemanes (austriacos, húngaros, etc.), cometieron contra los judíos fundamentalmente, pero también con otras etnias o grupos raciales o religiosos como los gitanos, por ejemplo. Y aquí estamos, pensaba, tan lindamente, con esa denominada “locomotora germana” tirando de todo el resto de Europa y haciéndonos sacar la lengua constantemente para ni más ni menos ser más consumistas de sus productos y de su ideología y mentalidad productiva, hasta que un día nos salgan los electrodomésticos, los automóviles o cualquiera de los aparatos que fabrican con su avanzada tecnología por las orejas; pues hoy el dominio alemán es económico y no militar. Pero la economía llevada al límite también mata. Y recordaba que hace poco leía al escritor húngaro-judío Imre Kertsz (1929-2016), Premio Nobel, que con tanta justeza y tan cabalmente habló de Auschwitz y otras crueldades innombrables de los alemanes. Y entonces mi pregunta es: ¿Qué fue de Hitler, del Holocausto, de la barbarie? Hoy nadie parece acordarse, o nadie quiere recordar tan lamentable atentado contra la humanidad y contra la vida.

La película se basa en una historia real, cuando en 1999, Maria Altmann (Helen Mirren), una octogenaria dama vienesa afincada en USA desde los años 40 a donde huyó de la guerra y del horror, entabló un proceso judicial contra el gobierno de Austria para recuperar parte del tesoro artístico que le fue robado a su familia por los nazis durante la II Gran Guerra. El film narra la apasionante historia de la señora Altmann que lucha al límite para recuperar lo que es suyo y le corresponde, como forma de resarcir a su familia y sentar un principio de justeza en este tipo de atropellos que se cometieron en los años cuarenta y tantos en Alemania, Francia, Austria, etc. Aún quedan más de cien mil obras de arte expoliadas por las SS sin recuperar.

Tras huir de Austria sesenta años atrás cuando Hitler entra victorioso y sin resistencia en Viena, los nazis confiscaron a su familia múltiples objetos de valor, entre ellas la célebre obra de Gustav Klimt, “Retrato de Adele Bloch-Bauer I”. El joven abogado Randy Schoenberg (Ryan Reynolds), haciendo acopio de valor para compensar su falta de pericia en estas lides, acompaña a Maria Altmann en esta lucha que los llevará hasta el corazón del gobierno austriaco y la Corte Suprema de los Estados Unidos. Por el camino, Maria deberá enfrentarse a las terribles verdades de su pasado.

El director Simon Curtis, un realizador experimentado en cine y TV que sabe hacer películas preciosistas e interesantes como Mi semana con Marilyn (2011), alcanza a construir una especie de biopic de la famosa ciudadana americana de origen austriaco y ascendencia judía Maria Altman, quizá con excesivos flashbacks, pero al fin, estas imágenes retrospectivas sirven para recordarnos, como antes decía, la barbarie nazi contra el pueblo judío y el latrocinio tan impune que perpetraron en familias que eran felices y estaban plenamente adaptadas a la vida vienesa de la época. Curtis nos obsequia con una narración que a pesar de las deficiencias del guión mantiene la atención de espectador.

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El guión Alexi Kaye Campbell está inspirado en la historia real de María Altman y su denodado esfuerzo para conseguir que le devolvieran unos cuadros que le pertenecían. Es pues un film centrado en el cuadro de Gustav Klimt Retrato de Adele Bloch-Bauer, la bella tía de la protagonista, obra que data de 1907. La historia está narrada a través de tres tiempos: la pintura del cuadro, la invasión nazi de Austria, y el año 1998, donde se pleitea por la propiedad de la obra. Mi opinión es que el guión queda un poco plano, “sin incentivos ni aristas” (Ocaña) y un tanto “almibarado y sentimental, un tanto kitsch” (Gilbey).

Cuenta el film con una bella música de Martin PhippsHans Zimmer, y una esplendorosa fotografía de Ross Emery que llena de luz las circunstancias y escenarios actuales de la historia y tiñendo de ocre los tiempos pasados. Gran puesta en escena.

El reparto es ante todo y sobre todo una magistral Helen Mirren, una actriz que en esta obra logra la cuadratura del círculo, pues allí donde no llega la profundidad, la altura o la perfección del guión o la dirección, Mirren consigue poner un marco de fino oro de manera que la película parezca mucho más de lo que es. Ryan Reynolds, el joven actor está igualmente genial en el rol de abogado novato que finalmente logra traer las pinturas a Nueva York, acompañando e insuflando fuerza moral a Maria; su trabajo sintoniza con el espectador y hace muy creíble su papel. Daniel Brühl es un actor igualmente de talla reconocida que cumple con absoluta solvencia su papel de periodista vienés. Y acompaña, como suele ocurrir en los filmes británicos, un elenco de actrices y actores de reparto importante con Tatiana Maslany, Charles Dance, Katie Holmes, Antje Traue, Max Irons, Elizabeth McGovern, Jonathan Pryce, Tom Schilling, Mortiz Bleibtreu, Anthony Howell, Allan Corduner y Henry Goodman.

Premios en 2015: Sindicato de Actores (SAG): Nominada a mejor actriz (Helen Mirren).

Como decía, la actriz británica Hellen Mirren es el puntal esencial que sostiene toda la película. Quiero recordar que la Mirren es la única actriz que ha logrado los cuatro premios principales del cine en una sola película, The Queen (2006): el Oscar, el BAFTA, el Globo de Oro y el Premio de la Crítica del Sindicato de Actores. Pues bien, en esta cinta Hellen Mirren, logra ejecutar “una actuación de esas a la que nos tiene habituados: en un solo parpadeo es capaz de pasar de dama estirada a mujer luchadora y con el plato vengativo helado. Y de repente, al instante, muestra la elegancia común en la alta nobleza. En suma, sube un punto a toda la película que, sin ella, habría sido una historia más monótona y vulgar” (Cuéllar). De manera que aunque solo sea para disfrutar con Helen Mirren y conocer los pormenores de un caso como éste, esta obra merece la pena ser vista.

En definitiva, “La dama de oro acude a la pintura como mcguffin, como lujosa excusa para hablar de nostalgia, raíces, justicia, tolerancia y redención” (Ocaña). Y no olvidemos igualmente el mensaje combativo de la protagonista para poner las cosas en su sitio, pues si en la actualidad la pintura de Klimt , Adele Bloch-Bauer, está en Nueva York, una ciudad libre que acogió a tantos judíos en su sociedad, es gracias al empeño de Maria Altmann, esa judía austriaca emigrada y superviviente de la persecución germana, sentimentalmente implicada en una obra pictórica que para escarnio de su familia y toda la humanidad, diría yo, aún permanecía en Viena fruto de la rapiña nazi. El mérito de este film es haber reconstruido esta causa de una manera fiel, alternando flashbacks ambientados en los tensos años en que el maligno Führer entró en olor de multitudes en Austria, su patria al fin, pues este monstruo nació en Braunau am Inn, una pequeña aldea cerca de Linz en la provincia de la Alta Austria. Me gustaría saber qué piensan de él en su pueblo. ¡Quién sabe!… la vida te da sorpresas.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=jDWEocg1ZVs.

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