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Los Inocentes

Por Jon San José Beitia

Cuenta la leyenda que en un viejo albergue un joven murió por una broma de mal gusto y que, desde entonces, el lugar está maldito. Ahí es donde irán a pasar una noche de diversión unos jóvenes incautos, inconscientes del riesgo que pueden correr.

Típico argumento, carente de originalidad y plagado de tópicos del cine de terror, donde unos adolescentes atrevidos e incautos, se desentienden de las siniestras habladurías que existen sobre un lugar maldito, adentrándose en él. Algo similar ocurre con el público que se atreva a ver Los Inocentes, olvidando la oscura leyenda que existe en torno a la baja calidad del cine español que intenta, sin éxito, imitar las producciones de terror americano.

Los protagonistas del relato vivirán una pesadilla plagada de bromas, que pondrán en peligro sus vidas, y el espectador se convierte, a su vez, en una victima más al contemplar semejante esperpento. Tanto unos, como otros, caen en la trampa de siempre, sufriendo en sus propias carnes las consecuencias que puede tener una broma de auténtico mal gusto.

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Como ocurre en la propia película, poco o nada se salva en esta mediocre producción, donde la originalidad y la calidad artística e interpretativa brillan por su ausencia. El único aspecto positivo que se puede encontrar es que no hace sufrir en exceso al espectador, gracias a su corta duración. El argumento y los personajes son demasiado simples, poco desarrollados, como ya es habitual en este tipo de productos de terror. La calidad de imagen y sonido que ofrece es muy pobre y las interpretaciones de todo el reparto, sin excepción, están próximas a lo lamentable. La película ofrece secuencias plagadas de tópicos que intentan aproximarse al cine de terror, pero terminan por resultar ridículas, absurdas y verdaderamente bochornosas, mención especial para la secuencia del gas de la risa, un autentico despropósito.

El asesino de la película tiene predilección por las bromas mortales y los responsables de la película, no se quedan atrás, al ofrecer una gran broma de mal gusto, que solo consigue ser terroríficamente mala.

Jon San José Beitia

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