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Los celos y un film que se desfonda a mitad de camino

Por Enrique Fernández Lópiz

Ewa y su hermana Magda emigran a Nueva York en 1921, época de postguerra, época de escasez y penuria en su país natal, Polonia. Al llegar a Ellis Island, Magda enferma de tuberculosis y la deben tener en cuarentena por riesgo de contagio. Entonces Ewa queda sola, amedrentada y sin ningún apoyo en un mundo hostil. En esa desventura cae en manos de un tipo sin escrúpulos, Bruno, un truhán de pura cepa que se aprovecha de la joven entregándola a la prostitución. Ewa aguanta y acepta su precariedad y su posición humillante con tal de recuperar a su hermana Magda. Pero llega a la historia Orlando, un mago primo de Bruno, que le devuelve cierta confianza e ilusión en que habrán de venir días felices y mejores. Pero como suele ocurrir, hacen su aparición las innombrables pasiones (celos, rivalidad, etc.), que precipitará la trama por derroteros inopinados.

Se trata de un dramón de tomo y lomo, dirigido con su peculiar hacer por James Gray, director poco prolífico pero con estilo. El guión es del propio Gray y Ric Menello, que traza una historia turbulenta, descarnada y melodramática de dos mujeres inmigrantes. Pero sobre todo de una de ellas, la que logra atravesar la frontera y deberá pasar por una experiencia de subordinación y prostitución impensable para la joven poca, católica para más señas, un auténtico calvario a manos del proxeneta de turno. Sin embargo, lo que al principio augura en el ambiente del puerto, el desembarco de pobres inmigrantes por doquier, la rudeza de las autoridades sanitarias y aduaneras, el color oscuro de todo este escenario, todo este mundo confuso que promete un drama de primer orden, decae empero en su intensidad con el transcurrir del film; o sea, el quid está en el guión que no llega ascender en su momento como habría sido de desear, lo cual que habría hecho de este film una gran película, grado que en mi parecer no alcanza. Buena sí, pero no grande. Entonces, además de las deficiencias de guión, creo que la dirección de Gray no lleva a buen puerto esta película, cuya complejidad, tensión emocional y conmovedora, etc., empatiza sólo a medias con el espectador. Le falta atrevimiento, temple, ímpetu. Se queda en un amago, una tentativa un conato de gran drama. La película se desenvuelve en un clima dibujado en ocre, en una envolvente atmósfera, a lo que acompaña la excelente fotografía de Darius Khondji, arropada por una buena música de Chris Spelman.

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Y es que imaginemos que estamos hablando de emociones muy intensas y poco comunes, de una historia realmente fuerte, una pobre e inocente joven ¡y polaca! Que se ve en las alcantarillas de la noche a la mañana, un mundio sucio y desesperado, con sentimientos de culpa que tiene que remediar yendo a la iglesia a confesarse, pero este mundo sórdido y escabroso, a pesar de una gran puesta en escena, a pesar de las buenas interpretaciones –como ahora diré-, y a pesar de una cuidada estética, no llega a conmover en la medida que se espera de una trama tan truculenta.

El reparto es bastante bueno. De una parte la protagonista Marion Cotillard hace un gran papel en el que destaca su bonito y expresivo rostro, a la vez que sus facciones lánguidas y atormentadas, que sabe transmitir la desgraciada vida que le toca hacer para sobrevivir y rescatar a su hermana del Hospital donde la han internado. Joaquin Phoenix hace un gran rol de sátrapa y chulo, personaje sin consideraciones que apunta siempre a explotar a las chicas que tiene a su cargo, sin importarle el cómo ni las consecuencias; no obstante, es mi parecer que Phoenix sobreactúa en ocasiones torciendo un tanto su buen hacer general, pues hay cambios y matices en su interpretación, sobre todo cuando manifiesta su amor por Ewa. Y el tercer gran pilar es Jeremy Renner, que interpreta con soltura y gracia el papel de prestidigitador enamorado igualmente de Ewa y cuyas cuitas le han de salir caras. El resto del reparto actúa con gran profesionalidad y rodea a los protagonistas con eficacia, actores y actrices como Angela Sarafyan, Antoni Corone, Dylan Hartigan o Dagmara Dominczyk.

Mi acompañante a la película, en asociación libre conectaba este film con Los miserables de Víctor Hugo; y yo, que antes de entrar a la sala adquirí un libro de Charles Dickens, me recordó a este gran escritor británico; y mira por donde, leyendo sobre la película encuentro las siguientes palabras de Rodríguez Marchante: Dickens para adultos resabiados y con un personaje equívoco y que podría llegar a shakespeariano si no lo interpretara Joaquin Phoenix, el de las maracas, un actor que suele reventar las costuras del plano, capaz de lo imposible, y que ensucia y limpia a la vez la vida de la inmigrante. Y la verdad, veo correcta su apreciación, pues el triste ambiente de la protagonista recuerda esos ambientes sórdidos dickensianos, con la ayuda excesiva tal vez de Phoenix.

Y como hay que hacer algún aporte sobre la centralidad del tema del film, y dando por sentado que trata el tema social de posguerra (Primer Gran Guerra), el ascenso definitivo de los EE.UU. como potencia primera, la pobreza en Europa, la inmigración –tema tan de actualidad-, empero, y como todo esto está claro como el agua clara, quiero tocar un sentimiento humano, que es el precipitador de la trama por partida doble: ¡los celos!

Los celos son un sentimiento muy antiguo en la vida de las personas. Es verdad que es antes la envidia, pues para la envidia sólo hacen falta dos sujetos, y con toda probabilidad, ya el bebé, que inicialmente sólo mantiene una relación dual, de pareja, con su madre, ya tenga envidia del “pecho grandioso y omnipotente” que le alimenta y le protege. Entonces, los orígenes de la envidia se reconocen, según el psicoanálisis, desde casi los primeros momentos de la existencia, en esa relación de dos que conforma la díada madre-hijo; es pues un sentimiento muy arcaico, primitivo. La conocida psicoanalista Melanie Klein considera la envidia como un sentimiento que actúa desde el nacimiento y afecta las primeras experiencias del bebé. Klein diferencia entre celos y envidia, y afirma, como hemos dicho, que la envidia es más temprana y una emoción muy primitiva y básica, diferenciando la envidia de los celos y la voracidad. Los celos, dice Klein, se basan en el amor, y su objetivo es poseer el objeto amado y excluir al rival; la envidia, en cambio, es una relación de dos partes en que el sujeto envidia al otro por alguna posesión o cualidad; no es necesario que una tercera persona intervenga en ella. En fin, que a partir de los dos o tres añitos, niños y niñas triangulan su relación: papá-mamá-niño/a. Y esta es una condición esencial de los celos, que aparecen en relaciones como mínimo de tres, por eso son posteriores a la envidia y son sentimientos más evolucionados, más sofisticados. Y creo que muchos conocemos por la teoría de Freud el Complejo de Edipo, que (sin que tenga que ser este un principio tan sencillo o invariable pues las personas no somos univalentes sino ambivalentes: amor-odio), tiene una formulación simple en los niños varones según la cual, éstos se encelan con su padre y llegan a odiarlo en lo más profundo de su ser, por ser un rival en aras al amor de la mamá; y a la niña le ocurre ídem pero con la madre, en pugna por el cariño del padre. Esto no es un cuentecito, no sólo porque es cierto, sino porque tiene implicaciones muy complejas en la organización de la personalidad. De hecho, si no se resuelve bien este llamado “conflicto edípico”, puede haber múltiples consecuencias en la identidad sexual, las relaciones con los otros o, en lo que nos toca sobre la peli, en las tendencias celotípicas, en la inclinación a los celos. No es trivial, pues, este asunto de los celos, que implica una propensión al control exagerado de la persona amada, así como al odio y el instinto irracional violento o asesino incluso, en relación al adversario en liza. En resumen, los celos son una respuesta emocional que surge cuando una persona percibe una amenaza hacia algo que considera como propio, la sospecha o inquietud ante la posibilidad de que la persona amada le reste atención en favor de otra. Pues bien, en esta película hay celos por doquier: celos de las prostitutas entre sí por el favor del chulo que las mangonea, o sea, Bruno (Phoenix); celos posesivos de Bruno en relación a su amor con Ewa (Cotillard); y celos de Bruno frente a la presencia de su primo Orlando (Renner), enamorado también de Ewa. Y este poderoso sentimiento de los celos es lo que cocina y precipita el drama del film; o sea, la película no existiría sin la presencia de los celos, los celos están en la médula de la historia. Así que los celos son enfermizos para quien los tiene y para quien los padece. Los celos mal llevados al extremo (en su mayor parte sin fundamento ni razón), constituyen una patología fuertemente autodestructiva (“delirios de celos”); el sujeto que padece esta enfermedad “vive” en un estado de infelicidad permanente por sus temores y sospechas, y hace infeliz a las personas de su entorno, sobre todo a su pareja.

En resumen, se trata de un melodrama bellamente presentado, sin la intensidad que requeriría de cara al espectador y que muestra la capacidad del ser humano de sufrir para sobrevivir. Los decorados, la ambientación, el maquillaje, el vestuario y las interpretaciones salvan una película que cae a mitad de camino, del mismo modo que un corredor se desfonda a mitad de carrera.

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