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Logan

Por Alejandro Arranz

-Extraña, robusta, triste, desgarradora y brutal. Esta es la película de Wolverine que estabais esperando.
-Stewart y Jackman dejan sus papeles por todo lo alto, Mangold se gana el aplauso y Dafne Keen da la sorpresa.

Hace 17 años entramos en este siglo XXI y se dio el pistoletazo de salida a un género que ahora mismo está claramente sobreexplotado. El cine de superhéroes empezó a pisar fuerte con X-Men de Bryan Singer. Ahora cada año tenemos más y más producciones de presupuestos desmesurados, incluso la televisión se ha hecho eco durante estos últimos años. La saga mutante también ha ido cambiando y creciendo, al menos hasta un tope, pues Apocalypse fue un desastre bastante grande. Además de sus películas grupales, nos ha ofrecido varios spin-off con el personaje de Wolverine a la cabeza. Del primero, Orígenes, se encargó Gavin Hood y fue una basura deleznable. En la secuela cogía el testigo James Mangold, que subió un poco el lamentable listón sin llegar ni de cerca al aprobado, pues era una secuela muy absurda. En esta tercera entrega vuelve Mangold a la silla de director, pero algo ha cambiado, algo muy importante. La aparición de Deadpool en la gran pantalla ha trastocado no solo la infancia de algunos críos con padres poco protectores, sino también el género. El mercenario bocazas de Ryan Reynolds fue todo un éxito y la película tiene el honor de ser la más taquillera de la historia con calificación R. Toda una declaración de intenciones sobre la posibilidad de hacer películas adultas sin perder público. Gracias a ese golpe sobre la mesa, Hugh Jackman abandona su papel de Logan con esta última entrega crepuscular y ultraviolenta; que nos muestra en la gran pantalla al Wolverine que llevo leyendo desde crío, un antihéroe que ya es leyenda.

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Llevo muchos años pidiendo que el personaje sea fiel a las grapas que le vieron crecer, no unicamente en la violencia explícita que debe obligatoriamente protagonizar sus estallidos de ira, sino respecto a una densidad e introspección que no se han buscado con la testarudez necesaria. Logan es la primera vez que eso se consigue, basándose ligeramente en el famoso cómic de Mark Millar y Steve McNiven. No hay nada en esta historia que nos recuerde estar viendo lo que se conoce como “película de superhéroes”. Nos encontramos con tres tipos resignados y olvidados en un sucio almacén, el último resquicio de toda una especie. Un antiguo villano que ahora hace bizcochos y dos X-Men totalmente quebrados. Uno con sus huesos artrofiados, antaño fuente de fuerza (también de desgracias y culpas) y ahora causa de su envenenamiento; casi una broma cósmica. El otro, el cerebro más poderoso del mundo bajo las consecuencias de una enfermedad degenerativa, un devastador golpe de realidad. Algo que define perfectamente lo que es esta película, una deconstrucción del mito en su choque contra la verdad aplastante, formulada también a través de esos “metaguiños” narrativos en forma de coloridos cómics de los X-Men y las tres generaciones de mutantes que visionan esa obra maestra de George Stevens, Shane, una elección curiosa que deja contrastes e ideas para reflexionar, además de una escena soberbia. Con este lienzo no parece difícil invocar el nombre de Clint Eastwood y su Unforgiven, porque Mangold y los otros tres guionistas nos ofrecen una propuesta atípica, arenosa, decadente, salvaje y también bastante emotiva cuando nadie está amputando miembros.

El equilibrio entre tonos y géneros (propiamente americanos) es excelente. Podemos decir que la cinta es una road movie familiar muy centrada en los lazos entre personajes, en esa relación de hijo que cuida al padre cuando en el pasado era al revés y que debe volver a conectar con alguien y encontrar su propósito de lograr que su especie perdure. Ahí entra ese futuro semidistópico para humanos y apocalíptico para mutantes, esos atardeceres naranjas, la huida hacia delante y las polvorientas fronteras físicas y morales que juegan con el western crepuscular sobre la redención, la culpa, la vejez, las heridas y otros temas perfectamente asociados al personaje. Ese pesimismo reflejado en el rostro cinematográfico y comiquero -por igual- de un Hugh Jackman marchito, en esos ojos cansados que nos cuentan toda una vida de tragedia. Planteado así es totalmente comprensible que Logan empale a sus enemigos con semejante brutalidad, además teniendo en cuenta que cada escena de acción está sumamente bien planteada dentro de la narración, con un preciso uso de la violencia explícita. Otra virtud de la película es su capacidad para demostrar la eficacia de los alivios cómicos bien diseminados, que no le restan madurez ni melancolía. Por otro lado sus problemas no son del todo pasajeros. A Mangold se le va la mano con la autoconsciencia y el subrayado en más de un par de ocasiones, tampoco aprovecha bien todas las oportunidades ni a sus personajes secundarios, en especial un plantel de villanos tan unidimensionales que cada vez que aparecen se hacen reiterativos. Por último el excesivo metraje, que se va hasta los 135 minutos. La sensación se acrecienta en el tramo final, el más flojo, aunque el desenlace cumple con creces y ofrece una despedida digna, emotiva y memorable para un personaje que siempre ha sido parte de la cultura popular, con o sin traje amarillo, en papel o en celuloide.

He tenido que esperar 17 años para ver una película que capte la esencia de uno de mis personajes favoritos del cómic, y da la casualidad de que es su despedida del cine, al menos por el momento. Logan es una película magnífica que abre las puertas para el futuro del género mientras se centra en el ahora de su realidad y personajes. Es otra declaración de intenciones de lo que puede dar de si un género y de la capacidad de hacer mejores películas con menos presupuesto y más sustancia. Hugh Jackman ha tardado nueve películas, pero lo ha conseguido, no quiero a otro actor como Wolverine.

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