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Lo mejor sería leer la novela

Por Enrique Fernández Lópiz

Últimas tardes con Teresa es la adaptación de la novela homónima de Juan Marsé, donde se narra los amores de Manolo, más conocido como Pijoaparte, típico exponente de las clases bajas marginadas, cuya gran aspiración es conseguir prestigio social, y Teresa, una bella joven rubia, estudiante e hija de una familia de alta clase social. La historia es así: a raíz de un furtivo noviazgo con la criada, Maruja, Manolo Reyes conoce a Teresa Serrat, una joven universitaria, de la alta clase catalana, comprometida con los problemas de su época (Barcelona, 1956-57), preocupada la España que vive, con conciencia social, y que, junto con otros compañeros de facultad (“señoritos de mierda” los califica Marsé), coquetea inocentemente con el izquierdismo, y que siente atracción por lugares y locales que no se corresponden con su clase. La película, así, muestra dos mundos socialmente opuestos, dos vidas antagónicas y dos personajes que se atraen por motivos diferentes; ella desea la intrepidez y la naturalidad de Manolo, incluido el terreno sexual, y él se enamora como quien se enamora de una princesa de cuento, de todo punto de vista inaccesible para él. Marsé, con la confluencia de estos dos mundos tan distantes, nos retrata una historia de amor muy real, interesante e intensa, dentro de nuestra novelística reciente, y además, con el Pijoaparte, creó un personaje, símbolo del desarraigo social de los inmigrantes andaluces, los xarnegos, un héroe del miserable mundo real de la época. El final resultará dramático.

A Teresa le atrae lo que Manolo representa; no busca enamorarse del hombre, sino de una idea. Más que el amor, desea encontrar el deseo, un deseo que sus amigos de Universidad no le ofrecen, pues además de mojigatos son bastante inexpertos y prejuiciados en las cosas de la sexualidad. Manolo, por el contrario, es un golfo en toda regla, orgulloso, con mala leche, mentiroso, seguro de sí, que mira por encima del hombro a los demás, un chulo en toda regla; lo contrario de los burguesitos progres amigos de Teresa.

La película, dirigida con oficio y no mucho más por Gonzalo Herralde, se basa en un guión cortito del propio Herralde junto a Marsé y Ramón de España, inspirado en la novela de Marsé. Tanto la dirección como el guión, cuentan con excesiva rapidez la historia, sin contar con el cuidado de la novela en la que cada detalle es cuidadosamente tratado y las palabras se escriben con absoluta pulcritud literaria. Cierto es que sigue la estructura del libro, pero justamente la falta de pormenores da una sensación de oquedad en el film. No está mal la fotografía de Fernando Arribas, si bien no diría igual de la música de José María Bardagi, salvo las piezas castizas. Por lo tanto, sí destacaría la puesta en escena, la ambientación, los Bares de la época, la música del momento como el “cha-cha-cha”, el vestuario, los automóviles, el anuncio del Cola Cao, la inocencia y la candidez de los marxistas de papel cuché, aquellas motos de antañazo que hoy parecen de juguete; bueno, pues toda esa mirada escénica de la época está muy bien.

En cuanto al reparto, hay actores muy buenos del momento. Así tenemos a una Maribel Martín que hace una buena interpretación, pero que cuando hizo la película ya tendría los treinta, cuando se habría requerido una actriz de 18 ó 20; los actores tampoco están mal, Ángel Alcazar cumple en lo que puede; tenemos a actores de talla como José Bódalo, Juanjo Puigcorbé –desaprovechado-, Alberto Closas -siempre en su sitio-, a la enorme Charo López –igualmente desaprovechada-, Mónica Randall –ídem-, y otros como Patricia Adriani, Cristina Marsillach o Guillermo Montesinos que hacen lo que pueden, incluso más, frente a un guión sin mucho juego.

La película tiene el mérito de haber llevado al cine una obra emblemática de Juan Marsé, para quienes no son lectores e incluso no lo conocen. Para escribir en la pantalla aquella historia que se desarrolla en los años cincuenta -que Dios tenga en su gloria-, si bien el film lo retrata con más pena que gloria.

Y para acabar, aquella carta que Teresa le envía a Manolo Reyes, carta que se la da en el bar Delicias un niño, carta que dice mucho y que en la historia precipitará los acontecimientos, de la que Marsé dice que “La A de ´amor mío´ que encabezaba la misiva había sido trazada con mano firme y decidida, diríase que furiosa, pero mostraba un risueño apéndice en un costado parecido a un caracol”. Decían así algunas partes de la carta: “Perdón por el retraso, no tengo tu dirección y además creía poder estar de vuelta a Barcelona en seguida. En casa se han empeñado que pase aquí en la Villa lo que queda de mes, hasta que empiece el curso. ¡Bonita jugada! […] llevo dos días en cama, con fiebre, delirando ” […] y hasta hoy no me he sentido con fuerzas para escribirte, pues pillé un fuerte resfriado con la lluvia, y la repentina muerte de Maruja y luego el no poder verte me deprimieron tanto que tuve que meterme en cama nada más llegar. Al principio estaba tan desorientada, tan desmoralizada […] de la estúpida educación familiar que se me ha dado, he aquí un nuevo ejemplo, he aquí cómo reaccionan, cómo entienden la defensa de la hijita descarriada y descocada, sin ver que ya es demasiado tarde. Quisiera morirme de rabia y de vergüenza. ¿Qué habrás pensado de mí, de todos nosotros? ¡Si supieras cuánto me aburro, Manolo, cuánto te echo de menos! […] Pero no es eso lo que me desespera, Manolo, no es el ambiente hostil que me rodea. Es tu ausencia. Qué soledad por espantosa que fuese no sería un paraíso, qué horrible desgracia no sería una bendición, qué enfermedad no sería un lecho nupcial, qué miseria o dolor no sería una caricia comparadas con esta pena de no verte, amor mío, amor mío, amor mío, a esta privación insoportable de tus labios y de tus manos durante días y días que me parecen toda una eternidad de siglos […] Me paso las noches en vela, con mis pensamientos y mi fiebre de ti, amor, mientras esta familia aburguesada y cursi a la que me avergüenzo de pertenecer, duerme. Siempre tuya. Besos. Teresa”. ¡Qué bien escribía Teresa, y Manolo, como suele decirse: “loco por los títeres”. Pero más allá del humor, todo un drama de post-post guerra.

Marsé dijo hace unos años de esta novela: “Ha llovido mucho desde aquel año 1965 de la era franquista en que se publicó Últimas tardes con Teresa, después de batallar contra la Censura. Hoy me parece imposible que entonces lograra sacar adelante esa novela”. Gran verdad, debe ser que alguno de los censores se durmió y le puso el visto bueno: ¡menos mal! Y con relación a cómo vería hoy al personaje Manolo “Pijoaparte” dice Marsé: “Yo actualmente le veo derrotado por la vida, pero todavía con algo de aquel atractivo personal que le permitió soñar durante un solo verano. Hoy le veo casado y con hijos, con un empleo modesto pero suficiente, algo así como chofer de un conseller de la Generalitat bastante presuntuoso, cuya guapa esposa -aunque esto es un rumor no confirmado- dicen que se sirve del coche y del chofer más de lo conveniente…” Entonces, el que quiera, que la vea, no es una joya, pero ilustra, aunque lo mejor sería leer la novela.

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