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Lo más sorprendente del film: el concepto “fatalidad del destino”

Por Enrique Fernández Lópiz

Anoche empecé a ver esta película de extraño título (EL 13–13), española, de 1943 creyendo que abordaría el peliagudo tema de la guerra, los servicios de inteligencia y todo eso. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando vi lo que vi, un equivalente a cine neutro, muy mediocre y un cuasi surrealismo extraño.

En este film, La 13-13 (María Santaolalla) es una agente de un servicio secreto sin mayores señas, que tiene un rival de gran categoría y fama a quien llaman 13-14 (Rafael Durán). Este agente siempre toma la delantera en los casos que ella se trae entre manos. Un buen día y por esas cosas del azar se encuentra con un antiguo amigo con el que puede recordar otros tiempos en los que fueron felices en su época de escolar. La trama del film da algunas vueltas y en una de las misiones que le encomiendan a la agente, descubre que su famoso rival, ya muerto para defenderla a ella, no era otro que el amigo reencontrado al cabo del tiempo y del que estaba enamorada e incluso se iba a casar. Sus aventuras terminan cuando es detenida y ejecutada.

Esta película es claramente, o mejor, quiere ser un calco de esa mezcla de romanticismo y fatalidad producidos por los grandes clásicos del Hollywood del momento, pero con una adaptación total, curiosa e incluso casi graciosa –de no ser por la carga dramática que tiene-, adaptada total y absolutamente a la psicología española. Es, empero, una obra asombrosa a pesar de su discreta calidad.

Su director Luis Lucia hace una obra que fue su ópera prima, que resulta llamativa, cuya historia se desarrolla en el país de nadie, donde dos importantes espías, él y ella, se aman y se veneran a partes iguales, aunque no se conocen de forma explícita. El guión del mismo Lucia es anticuado, siendo que el tiempo no ha pasado por él en vano por él, amén de que no es ninguna maravilla; no obsta para que tenga aspectos curiosos de la trama, como ese que contextualiza la historia en un país desconocido, con unos diálogos que aportan candidez e ingenuidad a raudales y unos espías que parecen los antiespías. Lucia fue, conviene recordarlo, el artífice de las peores y sensibleras películas de Marisol, Rocío Durcal y Ana Belén a quienes descubrió, películas de gran éxito por cierto (Un rayo de luz, 1960; Ha llegado un ángel, 1961; Canción de juventud, 1961; Tómbola, 1961; Rocío de la Mancha, 1963; o, Zampo y yo, 1965). Pues bien, en este su primer film realiza una obra con todos los signos propios del patriotismo que se llevaba en la época. Buena fotografía en blanco y negro de Willy Goldberger con un peculiar estilo en la movilidad de la cámara y unos encuadres desiguales.

En el reparto cabe destacar que Lucia inicia una larga lista de colaboraciones con el realizador y actor Rafael Durán que está correcto. Marta Santaolalla, bien, con esa belleza al gusto de los cuarenta. Eso sí, ambos protagonistas hieráticos y muy contenidos en su capacidad de expresión. En medio el inefable Alberto Romea como jefe de ambos agentes, juega un papel primordial que lleva a buen puerto el film con su estimable trabajo. Y acompañan muy bien actores de la época como Ramón Martori, y Julio Peña.

A mí, de la mitad en adelante, acabó interesándome esta cinta que desconocía de todo punto. La inocente trama de espías es, si sabemos mirar el trasfondo, una especie de romance hablado. Digo hablado porque hay muy poca pasión entre los agentes-actores, el 13-13 y el 13-14, sólo solemnes frases amorosas. Pero la cosa era así, pues el resto de lo que hay es una mera exaltación de valores como la hidalguía, el valor y el patriotismo, lo cual que para una película de agentes secretos no es lo más idóneo. Un espía, ya sabemos, ha de ser cínico, venderse, ser amoral, ladrón y asesino, estar habituado a esconder su personalidad y ser la persona de las mil caras.

El film, gracias a Dios de metraje breve y conciso, padece de paternalismo y un olor a moralina machista y convencional de la época que tira para atrás: la mujer debía ser protegida por el hombre, ante todo; más aún en caso de que existiera un vínculo amoroso. Entonces resulta una cinta acartonada y romanticona con espías de pacotilla, que en nada logra por su caricatura, parecerse al mundo de los agentes secretos, ni siquiera en el físico. Parecen empleados de banca.

Es cine de post-guerra con un argumento absurdo, maniqueo y fuera de la realidad que pretende retratar de la mejor manera sin conseguirlo apenas. A lo más, y aun esto es discutible, estamos ante un ejercicio de entretenimiento con una elegante puesta en escena y un pulso firme para sustraer al público de entonces que ya vivía suficientes penurias en aquella penosa postguerra. Una obra ligera, de intriga pero sin intriga.

Finalmente, quiero decir que SÍ merece un importante punto de reflexión en este film: la habilidad con que refleja el concepto “fatalidad del destino”. En esta película podemos ver bien a las claras que los personajes luchan contra la fuerza del destino, dentro de la idea de que esta empresa es imposible. Así, sus vidas están maniobradas por el azar, lo cual que se ven arrastrados a situaciones imposibles, compitiendo como espías que son pero sin saberlo. Por esto, la pareja protagonista terminará mal y ambos morirán, eso sí, no sin antes haber dejado claras sus inamovibles creencias religiosas y supeditarlo todo al sentido del deber. Alberto Romea está excelente cuando va a guardar en los ficheros, al final, las fichas de los dos camaradas desaparecidos, él y ella. Ese es el punto que evidencia que el film refleja con cierta lucidez la idea de que el destino se impone de manera fatal.

Entrevista a Luis Lucia: https://www.youtube.com/watch?v=mntr-vUWNiU.

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