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Lo manifiesto y lo latente en esta isla mínima

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película comenzó su andadura, al decir de su director Alberto Rodríguez, en una exposición de fotos en Sevilla a la que acudió con su amigo y director de fotografía, Alex Catalán. El fotógrafo sevillano Atín Aya captaba los últimos vestigios de una forma de vida que se desarrolló en las marismas del Guadalquivir durante medio siglo. Comenta Rodríguez que: “Muchas fotografías eran retratos de lugareños y desprendían una especie de resignación, desconfianza y dureza que acompañaba a aquellos rostros anclados en el pasado y que con la mecanización del campo, quizá no tendrían sitio en un futuro inmediato. La exposición era el reflejo del fin de un tiempo, de una época. Éste fue mi primer contacto con La Isla, un paisaje crepuscular, el decorado de un western de fin de siglo”.

Creo que esta película, de gran calidad, no será bien entendida, al menos en toda su extensión, salvo para los que ya peinamos canas, aunque yo no las tenga. Es decir, se trata de una obra que habla de una época que se remonta a 1980, los inicios de la democracia en este país, cuando aún se mantenían el retrato de Franco junto al del Rey Juan Carlos I en los organismos oficiales como la Policía o la Guardia Civil. Y todo ello, en lugares recónditos de la geografía sevillana, marismas duras, “lugar mágico y misterioso, donde la riqueza y el poder convivían con el dolor y la miseria de unos personajes fruto del pasado político y social del país”, según comenta Rodríguez. Y es que el film se desarrolla en un año de gran tensión entre las dos Españas tras el reciente advenimiento de la democracia después de la muerte de Franco en 1975. Era una tensión que rechinaba, que latía por debajo de las cosas y las personas. Luego vendrían Tejero, Armada y todo eso… ¡Ah! Y el PSOE. Pero eso sería otra historia.

Las marismas eran parte agrícola, sobre todo arrozales, y parte espacio de cotos de caza, donde abundaban los cazadores furtivos que mataban de todo, incluso cervatillos, para sobrevivir, como cuando al final, uno de esos cazadores obsequia a los protagonistas con un guiso de Bambi, según su forma de ver el asunto. Así, lugar primitivo, poco evolucionado en todo sentido y de donde todos querían salir para encontrar una vida más digna en el extranjero, en la Costa del Sol, en Cataluña, etc.

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El rodaje fue al parecer muy duro. Para el equipo de dirección, la marisma era un territorio inmenso muy severo, magnético y a la vez inhóspito y cruel. Y los autores de la obra, su director al frente, afirman que fue una película difícil de rodar, muy física para todos los miembros del equipo. La cosecha de arroz, al parecer, obligó a adelantar el rodaje. El clima era extremo, pasando de 42 grados al final del verano, a 2 grados bajo cero a finales de noviembre. Cualquier paso que daban por la vastísima extensión del lugar, suponía un desafío logístico.

Es un thriller en toda regla, de perfecta factura, con paisajes inquietantes, película densa y potente, cine negro que aporta muchos matices: sociales, políticos, culturales, históricos, y cómo no, policiales; unos hábitos los de la investigación de aquellos entonces hoy impensables. Todo un drama reflejado en la vida de dos policías, un drama refinado, una dirección artística de primer orden y una trabada narrativa que no nos deja ajenos a la historia. Estamos en una época en la que aún conviven los fantasmas del pasado franquista, con un futuro esperanzado de parte de los españoles que recién inaugurábamos la democracia, cuando aún no sabíamos en nuestra ingenuidad que la cosa sólo estaba en estado germinal.

La película, en la parte concreta, cuenta la historia de dos policías, con ideologías antagónicas, uno, Pedro, de la ex-policía política del general Franco (“la Gestapo de Franco”, dice un protagonista), el otro, Juan, más progresista, joven y con otra forma de enfocar su trabajo. Uno de ellos, el joven, ha sido expedientado por protestar la actitud de algunos militares golpistas del momento. Ambos son enviados a un remoto pueblo, a investigar la desaparición de dos chicas adolescentes. Nadie echa de menos a las chicas, al fin, todos los jóvenes quieren irse lejos y a veces se escapan para conseguirlo. Rocío, madre de las niñas, consigue que el juez de la comarca se interese por ellas. Es en este punto donde Madrid envía a los policías Juan y Pedro. Una vez en marcha los detectives, una huelga de jornaleros del campo pone en riesgo la investigación. Sin embargo, los policías descubren que en los últimos años han desaparecido varias jóvenes más y que aparte de la importante cosecha de arroz, hay otra fuente de riqueza: el tráfico de drogas. Los policías de esos entonces poseían escasos recursos, técnicas que hoy se revelan obsoletas y poco presupuesto. Además, nada es lo que parece en una comunidad asilada y opaca. Las pesquisas de los detectives parecen no llevar a ningún lado. Y asimismo estamos en la España profunda del sur, unas gentes varadas en el pasado, gentes que empero su miedo y su cautela, tendrán que enfrentarse a un asesino cruel, pues son sus hijas y vecinas las víctimas. Añade a lo dicho el crítico Martínez que: “El paisaje que pinta Rodríguez es, en realidad, el espacio existencial del ser humano, cualquiera de ellos: la vida como el escenario de un crimen”.

El encuadre son lugares que parecen el final del mundo, terrenos laberínticos y de marisma, sitios que yo al menos no querría frecuentar. En ese entorno inquietante se desarrolla la trama que en ocasiones llega a producir auténtica angustia. E igual era aquel país de final de los setenta y principios de los ochenta, un país aún por hacer, un país poco claro y a veces violento. En ese ese tiempo o poco más, ocurrían cosas parecidas a las que narra el film: por ejemplo, las niñas de Alcacer, niñas secuestradas y violadas en 1992, caso nunca resuelto, donde se suponía la mano de gente de mucho dinero perversa y sin escrúpulos. Reminiscencias de manos negras, ocultas y con mucho poder, tal como ocurre en el film. Como apunta Martínez: “De repente, lo que discurre por la pantalla no es más que la reveladora radiografía de una grieta, una herida cuyos labios anuncian algo tan profundo como doloroso. Estamos, en efecto, ante el mismo abismo que el pintor alemán imaginó a los pies de sus héroes errantes y diminutos. Y ese abismo, obviamente, es el nuestro”.

Película desasosegante, plagada de recuerdos para algunos, nueva para otros, pero al fin, dolorida. Donde desaparecen dos adolescentes que luego aparecen violadas y mutiladas, donde la Guardia Civil, el juez, y la gente del lugar, ora defiende a los poderosos terratenientes, ora los teme. El caso es que nadie habla. Un relato que se hunde en nuestra incipiente democracia y en las mentiras, medias verdades y pactos, algunos vergonzantes, que se vinculan a este fenómeno a veces en exceso mitificado: ¡la transición española! Pero bueno, tal vez la Historia tenga su tiempo… Continúa Martínez y con gran razón diciendo: “Con pulso, sin falsos moralismos, sin los recursos bastardos del cine de género […] desnuda la mecánica del ‘thriller’ hasta convertirla en la perfecta descripción de la herida de nuestro tiempo. Si se quiere, estamos ante una de las más inteligentes revisiones del pasado próximo que ha visto el cine reciente. De hecho, toda la película hace pie en la certeza de que el pasado es en realidad el presente y que todos los errores de antes no son más que las heridas de ahora”. No lo podría decir mejor: es el tiempo antiguo que se amontona como el polvo en los vallados y que se cuela por las rendijas de la Historia y de las historias por doquier, en la actualidad, hoy mismo, sin dar tregua: ¡qué fácil nos parecía a algunos ingenuos aquel tiempo de cambios, y cuán difícil de digerir está resultando para todo un país! Sí, de aquellos polvos vienen los lodos de hoy, y no creo exagerar si digo que el film, nos cuenta una parte de lo que fue y ya parecía agua pasada, cuando en realidad es agua presente.

Película realmente desconsolada, vespertina, muy bien rodada por dentro y por fuera, con taquicardia, tensa, y una atmósfera que es una ecuación exacta del tiempo, pero también del espacio, ambos en todo sentido: espacio de angustia y geográfico, y tiempo personal e histórico. Como escribe Torreiro: “La incertidumbre, el horror sin nombre, la vida muelle de señoritos aburridos que se pasan de la raya, pero también la pasividad de las clases subalternas, los sueños de adolescentes que se mueren de aburrimiento y aspiran a un mundo de confort, el día a día de ir trampeando para seguir viviendo, son los elementos del puzzle”.

Dirección magistral de Alberto Rodríguez, y esperamos que sea galardonado en los Goya que están por venir; un guión inteligente y muy trabajado del propio Rodríguez junto a Rafael Cobos. Música inquietante de Julio de la Rosa; la fotografía parda y excelente de Alex Catalán. Y para redondear: gran puesta en escena, vestuario y coches, decorados, etc., de la época; y buen montaje.

En lo que toca al reparto un magnífico Javier Gutiérrez, que encarna con intensidad y efecto todo el conflicto latente entre dos mundos, un papel en el que pone rectitud a lo deshonesto, y decencia al negligencia, a pesar de su turbio pasado. Raúl Arévalo es otro pilar importante en el film, él es el joven policía movido por los sentimientos inocentes de quien se cree un brazo de la Ley en toda regla. Estos actores bordan sus expresiones, sus gestos, sus miradas, también sus silencios, y resulta meritorio el admirable el trabajo de Javier Gutiérrez con Raúl Arévalo. Nerea Barros, una actriz que con una sensible belleza sabe sortear los obstáculos de la brutalidad de su marido y el mundo en el que le toca lidiar. El malagueño Antonio de la Torre sintoniza con buena química en el reparto. Y el guapetón Jesús Castro vuelve a interpretar con soltura, esta vez, o de nuevo, a un individuo de dudosa catadura moral. Pero hay mucha tela para cortar en los hasta 44 actores y actrices que participan en el film: Manolo Soto, Jesús Carroza, Cecilia Villanueva, Salvador Reina o Juan Carlos Villanueva por mencionar a algunos de ellos; todos excelentes en sus papeles y en el a veces breve tiempo que se les concede, magníficos: ¡hay que quitarse el sombrero! Y el mismo director se nota que dirige bien a sus actores, e incluso ha comentado que se alegra de haber preservado al máximo al reparto de las inclemencias del rodaje, en una muestra de afecto y respeto por el mundo actoral. Y el conjunto de actores, junto a su director ofrecen un ejemplo de cine potente, certero y arrollador: ¡una auténtica experiencia cinematográfica!

Y el resultado ya está dicho: una grande e inmensa película. Película realista, a la vez inteligente y que no pierde interés en sus 105 minutos. Una denuncia sutil que no resulta pesada. El director respeta a su espectador, y éste sale gratificado de la sala. Esto es más que suficiente.

De manera que concluyendo, esta película te atrapa con un buen cebo, la carnada de la intriga lóbrega, la zozobra interior, la variación de matices, las inflexiones en cada gesto de los personajes, la inquieta cámara, un lenguaje directo al corazón, y una oportunidad para reflexionar. Como se dice en psicoanálisis, en todo discurso hay un “contenido manifiesto”, lo que se ve, lo que es evidente; pero por debajo corre un flujo que hay que saber leer e interpretar, se le denomina “contenido latente”: lo ulterior, lo que en verdad se quiere decir pero profundamente camuflado. Pues eso, vela y dime qué cosa te parece a ti que late en la trastienda de esta excelente película. Yo, para darte una pista te diré que la belleza de los paisajes, no acaba de esconder el lodazal de las miserias humanas.

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