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Lo bueno, si breve, dos veces bueno. The Man From Earth

Por Alejandro García-Castellano

En muy pocas ocasiones surgen guiones brillantes que necesiten de muy poco dinero y dedicación, una vez escritos, para lograr dotar de vida a la idea que encierran. Guiones magníficos que suelen partir de ideas sobrias y muy sencillas, que triunfan entre los espectadores por la franqueza con la que están escritos, y con la que el guionista adula al público. La simpleza que emanan hace que la gente se rinda ante la película pues, partiendo con muy poco, producen un espectáculo enorme que puede estar a la altura de lo confeccionado por las grandes proyectos que se idean en los despachos de los productores de Hollywood. Son guiones, y por ende películas, con un planteamiento sumamente sencillo, que produce, de manera extraordinaria, un nudo y un desenlace brillante y entretenido. Por regla general, la acción no suele tener lugar en más que en uno o dos lugares, y la figura del director puede ser prescindible en todo el desarrollo, ya que añadiendo breves, pero minuciosas, descripciones de cada escena en el guión  sería suficiente para que cualquier persona, más o menos cualificada, pudiese dirigir el largometraje. El resultado final podría estar sujeto a cambios, dependiendo de la técnica, el estilo y la capacidad de la persona encargada de la realización, pero, en una visión general, la calidad de la película jamás iba a estar sujeta a la figura del director. En películas de esta índole, el guión es la pieza sustancial sobre la que se erige el largometraje, es la pieza que insufla el alma a la película. Producciones donde el mérito por lo logrado recae sobre el libreto, que recibe todos los elogios, adquiriendo por ello, una relevancia inusitada en la industria del cine, donde los guionistas son, hoy en día, los grandes olvidados en cada película. Mientras el director y los productores reciben el aplauso de la crítica y el público, los guionistas permanecen agazapados en las sillas de sus despachos, sin ovaciones ni reconocimientos, esperando recibir, si la fortuna así lo dicta, la aprobación de la Academia de Cine de turno, que resuelva entregarles un premio cualesquiera por sus “inestimables” labores para con el Séptimo Arte. El guión no suele ser, a los ojos de los espectadores y de la industria, un elemento fundamental en la ejecución de la película. Pero debido a la naturaleza impropia de estos guiones, donde impera el diálogo y la sencillez, la película está supeditada al guión, ya que una deficiencia en la obra se manifiesta en la película, y la deteriora, sin que el director lo pueda remediar. Son largometrajes donde el guión es la esencia del espectáculo, y la imagen está supeditada a las palabras.

Habría que destacar muchos filmes de esta naturaleza, que han conseguido traspasar los lindes del celuloide, y se han mezclado con la cultura popular y cinematográfica, pasando a ser parte de nuestros recuerdos. Uno de los más célebres es Reservoir Dogs (id. Reservoir Dogs, 1992, Quentin Tarantino). Una película con una idea soberbia, plasmada de forma igualmente brillante en el guión que, además, se vio acompañada por un poderío visual inédito hasta entonces. La película sembró la primera semilla de lo que sería el estilo de Tarantino, y fue la responsable de que, con apenas treinta años, el joven cineasta de Tennessee se convirtiera en un genio del nuevo cine independiente nacido en Estados Unidos. Desde luego que la ópera prima de Tarantino jamás hubiese logrado recaudar el mismo éxito si otro responsable se hubiese sentado en la silla del director, haciendo las veces del hombre de la gran mandíbula; pero, sin alcanzar la calidad del largometraje legítimo, un supuesto Reservoir Dogs dirigido por alguien diferente al cineasta americano hubiese sido, desde mi punto de vista, una película que, como mínimo, habría llamado la atención de la crítica y el público. Sus diálogos son ya un tesoro del cine, en especial, la escena que abre la película y con la que el mítico Quentin nos enseña sus fauces y nos grita al oído: ¡Prepárate porque esto sólo acaba de empezar! La sangre y un vasto catálogo de palabras malsonantes van tejiendo escena tras escena y las interpretaciones de sus protagonistas completan esta orgía de sensaciones, consumando la primera gran obra del director de Pulp Fiction (id. Pulp Fiction, 1994, Quentin Tarantino). ¿Sabes de qué habla Like a Virgin? Reservoir Dogs y Tarantino pueden darte la respuesta, escueta, pero muy clara.

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Otro gran ejemplo de esta clase de películas, sería la reconocida Clerks (id. Clerks, 1994, Kevin Smith). Una película que nació en la mente del que sería su futuro director y máximo responsable en su desarrollo, tanto en la preproducción como a lo largo de todo el proyecto. Kevin Smith logró, gracias al dinero de la venta de sus cómics -que han forjado la leyenda del director- adaptar la simple idea que turbó, si aún cabía más, su ingenio artístico: rodar una película en la tienda donde acudía todas la mañanas a trabajar. Una premisa muy simple que derivó en un proyecto cinematográfico de mucha relevancia, o al menos el tiempo eso es lo que parece insinuar. Situaciones cómicas, pero del todo cotidianas, trasladadas a la pantalla grande de la forma en la que sólo Kevin Smith sabe hacer, o al menos, supo hacer en algún momento La película se rodó de noche, cuando ningún cliente podía importunar y en un único lugar, con un guión cargado de excelentes diálogos que conquistaron a la crítica, y especialmente al público estadounidense, y que hicieron de su director otro prodigio nacido bajo el amparo del país de Abraham Lincoln y la comida rápida. Mucho talento hubo en los noventa. Este aparente prodigio, con el transcurso del tiempo, ha acabado convertido en una sombra de lo que fue en el auge de su carrera. Películas malas, chabacanas y estúpidas han ido rellenando la filmografía de este irreverente cineasta que tuvo ya su momento de esplendor y gloria.

No se quedan atrás las geniales películas de ciencia ficción Cube (id. Cube, 1997, Vincenzo Natali) y Primer (id. Primer, 2004, Shane Carruth), pues son un exitoso arquetipo de largometrajes que partiendo de ideas sencillas, y especialmente baratas, generan enormes y beneficiosos resultados. Primer fue el proyecto personal de un ingeniero de software, que decidió recurrir a los viajes en el tiempo para crear el guión de su primera incursión en el mundo del cine. Contando con la ayuda de sus amistades más próximas, pudo ir construyendo, poco a poco, un largometraje que peca en ocasiones de demasiado complejo, llenando las escenas de un caos y una incomprensión que obligan al espectador a una segunda visualización, pero que acaparó la atención de los cinéfilos y de la crítica. A mí, personalmente, Primer me encantó y disfruté hasta tres veces la película en apenas una semana, ya fuera por unos motivos u otros. La película se ha convertido en un gran hito de la ciencia ficción de la pasada década y su director Shane Carruth, protagonista, guionista, director de fotografía, creador de la música y productor también del film, se convirtió en un cineasta a tener en cuenta. Tras más de nueve años alejado de las cámaras, Shane ha vuelto este año a la cartelera con Upstream Color (Id. Upstream Color, 2013, Shane Carruth), que ya ha cosechado excelentes críticas y algún que otro premio otorgado por la crítica profesional estadounidense.

Pero si hay algún film que sea el emblema de esta clase de cine, de producción muy sencilla y guión absolutamente genial, ese es Doce Hombres sin piedad (id. 12 Angry Men, 1957, Sidney Lumet). Encerrar a doce hombres en una sala para enfrentarlos ante la tesitura de culpar o no a un joven por la muerte de su padre. Una idea sencilla, desarrollada en un guión formidable, que consiguió construir una de las mejores películas de la historia y consagró a Sidney Lumet, su director, logrando una nominación al Oscar a Mejor Director. La sencillez convertida en arte.

Pero durante la última década, el género de la ciencia ficción alumbró una de las películas más logradas que el cine nos haya concedido. En la línea de Doce Hombres sin piedad, The Man From Earth (id. Jerome Bixby’s The Man from Earth, 2007, Richard Schenkman) nace como una idea tan sencilla como atractiva que, partiendo de lo que en principio es una mera hipótesis científica, se convierte en una razón con la que litigar sobre cuestiones trascendentales como Dios, la existencia del hombre, la muerte o lo ciencia. ¿Qué sucedería si un hombre del Paleolítico Superior viviera hasta nuestros días? Esta pregunta recoge, en síntesis, todo sobre lo que gira la película, a partir de aquí el guionista es el encargado de construir el resto. Un hombre reunido en una habitación con sus amigos, todos ellos hombres de ciencia y su alocada afirmación de que lleva viviendo cerca de catorce mil años. ¿Cómo es posible? De esta premisa deriva uno de los mejores largometrajes que el cine moderno nos ha concedido. Ahora bien, una vez planteada la situación, es el turno de las palabras. La película no es más que las preguntas que sus amigos, hombres con una fe ciega en la ciencia, le plantean al hombre que parece haber resquebrajado los pilares sobre los que se asienta todo su pensamiento científico. Y como cada pregunta merece una respuesta, la película ensambla cada interrogante con una contestación hasta construir de la nada un film que está la altura de alguno de los mejores largometrajes de los últimos años. No hay más. Ochenta y siete minutos de divagaciones, aderezados todos ellos con una historia de amor que hará las veces de desenlace en este film. Ochenta y siete minutos durante los cuales el que dice ser un hombre de las cavernas busca demostrar y argumentar su desconcertante aseveración mediante respuestas, qué se pueden creer o no. Con esa incertidumbre también juega el guionista a lo largo del largometraje, de forma muy perspicaz. El espectador se dejará guiar por el sendero que el escritor va construyendo, acompañando a los protagonistas a través sus dudas y miedos. El público es otro personaje, que en silencio va esclareciendo las sombras de una historia, propia de los cuentos de fantasía. ¿Estará loco?, se preguntan todos ellos. ¿Será todo ello una broma muy malintencionada? ¿Será verdad todo lo que cuenta, a pesar de lo inverosímil que parece el asunto? Poco a poco todo parece cobrar sentido. Un final algo forzado quizá, ya sea bien por esa necesidad imperiosa de dejar buen sabor de boca o por la forma en la que se aclara todo; es el único defecto que encuentro a su brillante guión, que ha sentado cátedra en el cine contemporáneo de la misma manera que, tiempo atrás, doce miembros de un jurado perturbaron el Séptimo Arte.

La película no se limita exclusivamente a narrar lo que sería una interesante historia de ciencia ficción, sino que utiliza esa premisa fantasiosa para plantear cuestiones de índole filosófica que atañen a la muerte, a Dios y al ser humano. No cabe duda que por la naturaleza de los diálogos, la película debe ser tachada de herética, pues llega a afirmar como verdades unas ideas que van en contra de lo estipulado por la Biblia o la Iglesia, pero atendiendo sólo a que es una película, estas afirmaciones no deberían importunar a nadie. Hay que ver la película como lo que es: una película. También cabe señalar que todo el mérito del largometraje, y lo alcanzado por el mismo, recae sobre la cabeza del guionista, Jerome Bixby, y que el director tan sólo es una mera pieza que permite que la idea cobre vida. Richard Schenkman fue el hacedor de la película, en la que apenas tuvo que soportar la carga de una gran responsabilidad, pues lo importante estaba ya en un papel. La película habría sido igual de brillante, o más si cabe, si sobre la silla del director otra cineasta hubiese decidido asentarse. De hecho, Richard Schenkman jamás ha vuelto a engendrar nada equiparable a lo logrado con este largometraje de 2007. The Man From Earth se ha convertido en un oasis, de agua pura y fresca, en su reseca y horrenda filmografía.

Personalmente la película me fascinó. Me pareció un ejercicio cinematográfico digno de elogiar, merecedor de mucha más fama de la que ha logrado cosechar. El tiempo, creo yo que será justo, y premiará al film con la notoriedad que la fortuna no la ha decidido otorgar. Pocas películas me han sorprendido en su primera visualización como ésta lo hizo, no hace mucho tiempo.

The Man From Earth está construyendo el camino que la llevará a coronarse con el título de clásico de culto. Y yo, sinceramente, sueño con que lo consiga.

Comentarios

  1. Arturo

    Hola.
    Soy Arturo.
    Solo queria escribir para felicitar al señor Alejandro Garcia por su critica. ¡Muy entretenida y mejor redactada!
    Mi mas humilde enhorabuena y un gran abrazo

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