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Leone no es lo mío

Por Enrique Fernández Lópiz

Siempre he dicho que soy un amante del western, pero la verdad, el espagueti western, las italianadas del oeste, me superan. Esto lo digo así, en general, por todas las que he visto, la mayoría rodadas en el desierto almeriense. Unas son mejores que otras, claro. Pues bien, esta que ahora comento, me resulta, como ahora explicaré, soporífera, no digo mala, digo que me produce sueño, pero tiene características, como ahora diré, muy meritorias, como el reparto tan estupendo. Veamos.

En Hasta que llegó su hora, la acción dramática tiene lugar en la pequeña población de Redland y en la hacienda Sweetwater, del territorio de Arizona, poco después de la Guerra Civil. La cosa comienza con una matanza a todo trapo y de manera inopinada: la primera, en la frente. Unos forajidos encabezados por Frank (Fonda), matan a Brett McBain (Wolff), un granjero viudo de origen irlandés, y a sus hijos. La familia vivía plácidamente en su rancho, en una desértica y pobre zona del Oeste americano. Cuando esto ocurrió, McBain estaba preparando una fiesta de bienvenida para su esposa, casada por poderes, Jill, “La Morena” (Cardinale), una prostituta de lujo que viene desde su Nueva Orleáns natal. Cuando llega, Jill se encuentra con un panorama desolador.

Paralelamente tenemos a Armónica (Bronson), hombre silencioso y reservado que prácticamente se limita a tocar la armónica y que busca a Frank (Fonda), el despiadado pistolero. Frank trabaja a las órdenes del millonario Morton (Ferzetti). De otro lado, Cheyenne (Robards), es amigo de Armónica y acaba de escaparse de la cárcel; él ayudará a Armónica a encontrar a Frank, acusado ya de la matanza de McBain y su familia. En medio de este panorama, se encuentra Jill McBain (Cardinale). Ahora ella es la heredera de la hacienda de su esposo, por la cual tiene que pasar el ferrocarril. Esto hará que se susciten enfrentamientos y luchas.

La Paramunt Pictures, constatando el buen rendimiento económico que Sergio Leone había obtenido con sus western, con la llamada “Trilogía del dólar”: Por un puñado de dólares (1964) (que tuvo problemas legales acusada de plagio a una película anterior de Akira Kurosawa titulada Yojimbo, 1961; La muerte tenía un precio (1965); y El bueno, el feo y el malo (1966). Todas, como digo, películas de escaso presupuesto pero que dieron pingües beneficios. Es por ello que la Paramount le encarga a Leone otra del oeste que es la que ahora comento, con cinco millones de dólares de presupuesto y la posibilidad de trabajar con Henry Fonda. Leone comenzó el rodaje en Arizona (para rendir homenaje a los clásicos del género como su admirado John Ford, pero tornó al poco de nuevo a la árida tierra de Tabernas en Almería. Por cierto, la conocida secuencia de este film en la que tres pistoleros esperan la llegada del tren, fue la última rodada en España en la estación La Calahorra-Ferreira, cerca de la milenaria población granadina de Guadix.

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Leone había tenido excelentes maestros: Vittorio de Sica, William Wyller, Fred Zinneman Robert Aldrich, y lluego, con esas enseñanzas Leone, muy amigo por cierto de Clint Eastwood, creó en Almería su propio estilo, dándole a Clint la exclusiva de ayudarle a construir un cine que algunos consideran ya de culto, con el pistolero rudo, con personalidad fría, de pocas palabras, mirada gélida, invicto en mil duelos pero también capaz de matar a traición, sin escrúpulos, movido por el dinero y con la peculiar vestimenta del poncho raído y un cigarro incipiente en la boca. De este curriculum deduzco que no me gusta Leone ni tampoco esta película. Lo cual que respeto, obvio, a quien opine de otra manera. Yo, en los minutos finales de este film, entré en un estado de ensoñación y si no me dormí del todo fue por respeto.

El caso es que en esta película, Leone, con un guión que fue escrito por él mismo junto a Sergio Donati, Dario Argento y Bernardo Bertolucci (basado en la novela The Hoods de Harry Grey, 1952), incorporó todos los tópicos del far west, incluyendo pistoleros a sueldo, ferrocarril, un personaje enigmático y silente de origen misterioso que busca venganza, mujer de dudoso pasado y carácter indómito, etc. O sea, los elementos estaban dados, pero el film, no exento de calidad –lo reconozco-, a mí me parece insufrible por el tempo tan pausado y el excesivo metraje, que hace difícil aguantar los 165 minutos que dura la cinta. Por supuesto la música de Ennio Morricone (amigo de infancia de Leone que encumbraba sus obras) no defrauda con temas como “Like a judgament” y una gran banda sonora que pasará a la Historia del cine. Tiene el film también una excelente fotografía de Tonino Delli Colli, con tomas de cámara que no se habían hecho antes y utilizando técnicas innovadoras.

El reparto está plagado de actores de primera línea. Claudia Cardinale está espléndida, tanto en su labor actoral como en su belleza desbordante que llena y mucho la pantalla. Charles Bronson genial en su papel de enigmático vengador con su armónica marcando la clave de la acción. Henry Fonda magnífico como siempre y figura de relumbrón en el film. Gabriele Ferzetti en el rol del millonario y malvado Morton está más que mejor, no en vano fue nominado como ahora diré como mejor actor de reparto por el Sindicato italiano de periodismo cinematográfico. El mítico Jason Robards, con un gran trabajo que deslumbró a Peckinpah, quien lo ficharía para hacer La balada de Cable Hogue (1970). Y acompañan de forma meritoria Frank Wolff, All Mulock; Woody Strode, Jack Elam, Lionel Stander, Paolo Stoppa, Keenan Wynn y Aldo Sambrell.

Técnicamente hay poco que objetar a esta película: dirección, guión, actores, música o fotografía, todo estupendo. Pero ¿qué me pasa a mí cada vez que la veo? Os contaré.

Por un lado y sobre todo, la película me parece que nunca va a acabar. Con casi tres horas de venganza cocinada a fuego muy lento, con un alargado comienzo, con un Leone exprimiendo el tiempo gota a gota de manera interminable, tensión, eso sí, que no falte, un Fonda que hace de malvado a las mil maravillas, Morricone y la armónica premonitoria de duelos de miradas y de revólveres, Bronson, Robards y Ferzetti geniales, y la gran carga sensual de una Claudia Cardinale hermosísima; como dice Kurt: “Nunca el sudor fue tan erótico”. Pero el tempo de tortuga me supera, la recreación por la recreación, de gusto, me supera. Es algo mío, seguramente; aunque no dudo que alguien pensará como yo también, sin embargo la excelente crítica generalizada e incluso el tono adulatorio con respecto a esta película y al propio Leone, son muy abundantes y creo que excesivos.

No voy a negar que para Leone el lirismo, la imagen, el estilismo, la simbología (pero también la flema y la “parsimonia”) constituyan elementos sustanciales en este film (y en otros). Y como prueba, esta vez laudatoria pues es genial, valga este sensacional duelo Fonda-Bronson que aclara muchas cosas de la cinta, pero que dura 8 minutos nada menos: https://www.youtube.com/watch?v=4Ug2XQFV0Wc.

Algunos ven en esta película a: Un Leone en la cumbre de sus épicos poderes (Sarris); y Morales habla de: Un film imprevisible que deja patente las características que hicieron famoso al cine de Leone. Entonces yo no tengo por menos que llegar a la conclusión de que Sergio Leone no es lo mío, como no me gusta el western almeriense ni la pesadez de la historia y la extensión de su metraje, característica ésta que siempre habrá de rebajar la calidad final de esta y de cualquier película. El cine tiene un formato y también un tiempo. Y del mismo modo que no se debe (puede) ver una película en un teléfono móvil por lo microscópico del formato, pocas son también las películas que resultan aceptables después de tres horas de duración.

Concluyendo, si te gusta Sergio Leone, su estilo, sus maneras y sus western, vela. Si no, y al ser tan larga, pues no te la aconsejo.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=4IvIdHBPDqU.

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