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Las más cotidianas y más sencillas cosas

Por Enrique Fernández Lópiz

Las acacias es una película hermosa, cine de bajo coste, de escasos diálogos, tempo lento, apenas una cabina de camión y tres personajes, tres vidas en el trayecto que va de Asunción en Paraguay a Buenos Aires, algo más de 1500 kilómetros tejidos con miradas y leves signos de profunda sintonía; parece una película japonesa pero es argentina. Al final, observas que de su sencillez, algo se ha colado por tu mente y en tu corazón, algo que te hace ver la vida, al menos unos minutos, de otra manera, mejor. Una enorme ‘sencillez’ que es más que eso: “Más sencilla… más sencilla. / Sin barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos”, que escribió nuestro gran poeta León Felipe.

La historia que cuenta la película es lineal, natural y casi espontánea. Rubén, un camionero solitario y huraño, de mediana edad, transporta madera de acacia desde Paraguay a Buenos Aires. Pero su jefe le da un extraño encargo: que lleve en el viaje a Jacinta, una desconocida mujer para él. Rubén tiene un duro pasado de sudor y dolor; ella mirada de esperanza y futuro. La mujer, madre soltera, trae consigo a un bebé niña, Anahí, algo con lo que el rudo hombre no contaba. Y los tres se encaminan en ese largo camino hacia un destino que es ante todo un destino personal y un destino de amor. Lo que era impensable al inicio (cuando todo es silencio y resquemor), va cobrando forma kilómetro a kilómetro, minuto a minuto del metraje; “poco a poco, con un trabajo bastante sutil por parte del director, ambos seres empezarán a tener alguna que otra actitud noble y se irán abriendo hacia el otro” (Batlle). Y se hace evidente la transformación de ambos durante en el transcurso del largo trayecto.

El director Pablo Giorgelli logra dar a luz en su primer largometraje una ‘road movie’ atípica, minimalista, en la que paradójicamente hay poco paisaje, o más bien hay otro tipo de paisajes más insondables, desolados y bellos, los paisajes interiores que tanto nos cuesta compartir; todo ello donde la “sencillez narrativa contrasta con la sofisticación de su ejecución” (Salvá). Una película arriesgada e igualmente autocomplaciente. A algunos le puede resultar fatigosa, pero nadie puede negar su belleza intrínseca, una obra que invita a los asistentes al cine a incursionar por el detallista recorrido físico y moral de unos personajes a la deriva que, gracias al encuentro de ambos, personas en las antípodas, encuentran finalmente “un camino hacia la esperanza a través de diálogos y acción mínimos” (Ocaña). De manera que Giorgelli “hace gala de una gran sensibilidad y de una convicción para la puesta en escena, para los climas intimistas y para la dirección de actores” (Batlle), lo que es de valorar y mucho en un arte, el séptimo, que lo es en gran medida de imágenes, más que de palabras, tal el teatro.

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El guión del propio GiorgelliSalvador Roselli hacen el milagro de escribir una historia simple filmando una historia casi exclusivamente a bordo de una cabina de camión, con miradas casi furtivas que dicen sin decir, con muy poco verbo y las entrañables reacciones del bebé, pues en ningún momento del film se ve el camión desde fuera. Trasladar esta proeza al libreto, que resulte bien y no morir en el intento es todo un mérito. Es magnífica la fotografía de Diego Poleri cuya cámara se pega literalmente al rostro de los tres protagonistas constantemente, pues es justamente una historia de cámara sin grandes eventos ni peripecias de las que suelen aparecer en las películas de viajes. Es igualmente loable la labor de montaje, la de puesta en escena y tantas dificultades en la producción y problemas en el rodaje (filmar desde, hacia y dentro de un camión, cortar carreteras, trabajar con una actriz improvisada y con una beba, etc.), sin olvidar al técnico de sonido Martín Litmanovich.

El reparto resulta ser muy adecuado para esta trama sincera, donde hace mucho el notable trabajo del grande y desconocido actor Germán de Silva, que expresa en un hieratismo medido y calculado intensas emociones y sentimientos; excelente Hebe Duarte, actriz no profesional, que además hace gala de una gran capacidad de verosimilitud y veta afectuosa y bella; propiamente una mujer y una maternidad tierna y encantadora: sutil, silenciosa, de mirada dulce pero firme; y es de resaltar la maravillosa niñita Nayra Calle Mamani, que por la mano del director manifiesta unos gestos que resultan sorprendentemente expresivos en su corta edad de cinco o seis meses; como el propio Giorgelli manifestó: “fue un milagro haberla encontrado”. Todo encaja en el reparto.

Tiene la película un currículo de premios y nominaciones envidiable, ya querrían alguna de esas denominadas grandes producciones tener este palmarés. Entre 2011 y 2012 obtuvo. 2011: Festival de Cannes: Cámara de Oro (Mejor ópera prima). Festival de San Sebastián: Mejor película (sección “Horizontes latinos”). Satellite Awards: Nominada a Mejor película de habla no inglesa. XV Festival Internacional de Lima, Perú: Premio Signis otorgado por la APC Asociación de Comunicadores del Perú. Mejor opera prima del Festival. 55° Festival de Cine de Londres BFI. Mejor opera prima. 20° Festival de América Latina de Biarritz. Mejor película. 21° Festival Fra Sor de Oslo. Mejor película. 13° Festival de Cine de Bombay. Premio especial del jurado por la fotografía. 59° Festival de Cine Internacional de San Sebastián. Mejor película latinoamericana. 13° Festival Internacional de Cine de Bratislava. Mejor película. Premio FIPRESCI. 12° Festival de Cine de Bergen (Noruega). Mejor película. 41° Festival Molodist de Cine de Kiev (Ucrania). Mejor película. 2012: Premios Sur: Mejor ópera prima y actriz revelación (Hebe Duarte). Cóndor de Plata: 2 premios (Mejor película y montaje) ¡Merecido todo!

Giorgelli transmite calidez y emoción mediante dos personajes que no parecen tenerlas: un camionero y una mujer paraguaya con su bebé de cinco meses, lo que es “una pieza modélica, sugerente y basada en los sentimientos” (Bonet). Un drama que conmueve, con el mundo latinoamericano de fondo, sin truco ni artificio, que no pierde interés en ningún momento, aun cuando la historia ya se adivina en su evolución desde casi el comienzo. Un largometraje riguroso, noble, que vuelca su ternura en los personajes, lo cual que éstos la trasladan al espectador (sensible). Por ejemplo, en la escena final no es raro sentir que se está dentro de la pantalla, pues la cosa es como la misma vida y a uno le parece que asiste a una fracción entrañable de existencia; un momento en que la credibilidad de la película es máxima. Es el deseo de volver a estar en compañía, de querer y ser querido.

Como siempre digo, los argentinos atrapan con su cine, en este caso un cine de minorías, pero también de excelencia, cine como no me canso de decir en estas líneas, ‘sencillo’ (“… mis labios te decían desde lejos los nombres / de las más cotidianas y más sencillas cosas”; “… con ojos tan serenos y sencillos / como un arroyo fresco en el verano.” –de nuestro poeta granadino Antonio Carvajal); sencillo y de calado, sencillo y que emociona ¡A qué más!

Giorgelli, cual metáfora de su film, ha conseguido a sus 44 años la merecida recompensa de un caudal enorme de premios y reconocimientos. Nunca es tarde, que es lo que le ocurre a los personajes de su película. Siempre es bueno el momento, sea el que sea, para la dicha y la felicidad. Siempre es feliz el día cuando “en medio se abren las cidonias, / los ciruelos, manzanos y perales, / tantos y tantos, rojos, rosas, blancos” (y de nuevo traigo a colación los versos del poeta de Albolote Antonio Carvajal).

Una joya ¡Enhorabuena Giorgelli!

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=H7v2pQ-uWLc.

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