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Las constelaciones familiares y los guiones de vida

Por Enrique Fernández Lópiz

Mathias (Kevin Kline) es un pobre hombre neoyorquino que necesita imperiosamente dinero. Para conseguirlo decide vender un lujoso palacete en el centro de París que ha heredado de su padre, con el cual no mantenía relaciones. Así, viaja a la capital francesa y una vez allí descubre que Mathilde, una señora mayor, vive en el susodicho apartamento con su hija, y que la vivienda está sometida a un usufructo condicionado y, según la ley francesa, debe esperar a que la inquilina anciana fallezca para poder poseerlo y así poder venderlo y hacer “caja”. Además, está obligado a pasar una renta a la inquilina de por vida de más de dos mil euros. Es lo que en España se denomina un Vitalicio, o sea, una pensión que dura hasta el fin de la vida del perceptor, al fin de la cual el pagador se convierte en propietario del bien comprado por este medio.

En el film hay secuencias muy interesantes de la relación entre los tres personajes principales: la anciana señora, de larga e intensa historia de amores y desamores, con más de noventa años; la hija con la que vive, una mujer madura y bonita insatisfecha con su vida; y el recién llegado, borrachín y sarcástico que ronda los sesenta años, que viene dispuesto a cualquier cosa para hacerse con la propiedad del caserón heredado.

Mi casa en París es una película excelente, una comedia dramática de altura, sobre todo por la gran dirección de Israel Horovitz, y un guión un tanto excesivo pero inteligente del mismo Horovitz, adaptación de una obra teatral suya titulada My Old Lady (que por cierto es el título original del film). El libreto tiene diálogos de una gran causticidad y un humor de corte “asilvestrado”, que tiene al espectador avezado muy atento e interesado durante los 107 minutos de esta especie de enredo teatral. Recuerdo aquí que Horovitz ya participó como guionista en la reconocida película Sunshine de 1999 dirigida por István Szabó. Pero Horovitz es sobre todo director de teatro, con más de setenta obras montadas, que hace su debut en el largometraje a los más de setenta años con esta obra, pues antes de este film sólo había rodado el mediometraje 3 Weeksafter Paradise (2002).Cuenta la película también con una bonita música de Mark Orton y una gran fotografía de Michel Amathieu.

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En cuanto al reparto, son de destacar las interpretaciones sobresalientes del trío protagonista. Maggie Smith está genial sin paliativos en su rol de gran madre con una larga e intensa historia de romances, algunos “prohibidos”; Kristin Scott Thomas, actriz por la que siento especial predilección, hace un gran trabajo en su papel de mujer perdida en la vida que ha dejado pasar su juventud al lado de su madre; y no falta un histriónico Kelvin Klein que da una gran lección de flexibilidad entre la vulnerabilidad cómica, la intensidad dramática y el patetismo; pero pese a lo descabellado e incómodo de su papel, consigue transmitir emociones y empatizar con la sala. El mismo Horovitz dijo que el secreto para obtener una película como Mi casa en París consiste en escoger a los actores adecuados y dejarles hacer. Acompañan muy buenos actores y actrices secundarios como Dominique Pinon, Michael Burstin, Elie Wajeman, Raphaële Moutier, SophieTouitou, Christian Rauth, Delphine Lanson, Noémi Lvosky, Stéphane De Groodt.

El film y el guión construyen, al decir de Costa: un microcosmos de humanísimas, e irresolubles, ambigüedades.Y continúa Costa y no se puede decir mejor, que: ”Mi casa en París parece una película ligera, pero, tras su inicial levedad, se oculta un discurso sabio, complejo y doloroso. Una herencia cómicamente envenenada que enmascara un legado afectivo recorrido por la tragedia en una idea que, en su sencilla contundencia, encarna la enmarañada síntesis de luz y dolor que conforma toda existencia”.0 sea, un film que al principio parece ligero y simpático, siendo que con el transcurrir del metraje, se desliza por las grietas de un clima obscuro y espeso, cargado de fuerza y emoción, que va circundando la historia. Como dice Cuéllar: De la risa se pasa a la sonrisa, luego al gesto inquieto y finalmente casi al lloro y pesar continuo.” Si bien, todo hay que decirlo, Horovitz se permite un feliz y final dulzón y melindroso. Yo no objeto nada a esta veleidad del autor, pues a nadie le amarga un dulce.

Es interesante para quien lo sepa escuchar, que en la trama se deja claro que personas somos como somos, en relación a la matriz familiar de nuestro pasado: cómo y quiénes fueron nuestros padres, si estos eran felices entre ellos, si fuimos queridos o no por ellos, si su presencia fue efectiva, e incluso si se produjeron momentos intensos, primordiales y definitivos para los hijos. Es decir, que los actos de las personas, sobre todo en relación a la función paterno-materna, no son baladíes, que tienen sus consecuencias y que en ocasiones estas consecuencias marcan el destino de los hijos, lo cual, a la larga, marcará el destino de los suyos y así sucesivamente en forma de cadena generacional.

Esto que he dicho en el anterior párrafo me lleva por ser inevitable, a dos conceptos. El primero es lo que se conoce como “constelaciones familiares”; y el segundo lo que la teoría del Análisis Transaccional del canadiense Eric Berne (1910-1970) llamó: “guión de vida”. Veamos.

La expresión “constelaciones familiares fue acuñada por un importante psicoanalista de nombre Alfred Adler (1870-1937), para referirse a la posición de los miembros de una familia con relación a su edad y rol. Pasaría el tiempo y en 1993, BertHellinger, Gunthard Webber y Hunter Beaumont publicaron un libro en alemán cuya traducción es: Fortuna caprichosa. Concepto y práctica de la psicoterapia sistémica, con las primeras observaciones sobre este asunto. Pero, por no extenderme, fue en la década de los ochenta cuando se conocieron las leyes a través de la cuales se generan identificaciones y consecuencias trágicas entre los integrantes de una familia. Todo esto dio lugar a fórmulas de terapia en las que esencialmente se trata de delimitar los conflictos de origen familiar (también social y laboral) que afectan la vida cotidiana, desde la idea de que restituyendo el orden original, eso permitirá la circulación normal en la vida de una persona. O sea, desde la psicoterapia de Constelaciones Familiares, la idea consiste en que la persona se dé cuenta de sus problemas, con la finalidad de brindarle una solución, ayudándola a colocarse en el lugar que le corresponde dentro de su sistema (familiar, social, etc.), buscando que encuentre la armonía en su vida.

El segundo concepto de “guión de vida” viene a significar, complementando el concepto anterior, que al venir al mundo, la persona se ven empujadas a desempeñar un determinado papel. El rol que cada persona interpreta es muy variado y suele ajustarse a un guión programado desde la infancia más temprana por sus relaciones con los padres. Para Berne, el Guión de Vida es un programa en marcha, desarrollado en la primera infancia bajo la influencia de los padres, que encauza y dirige el comportamiento de las personas en muchos aspectos centrales de su existencia. Por ello, el carácter, la forma de ser y las respuestas concretas ante situaciones diversas, están determinadas por este plan prefijado o “plan de vida”, imputable a padres y educadores. Berne definió el “guión de vida” como un plan preconsciente de vida [...] basado en ilusiones infantiles que pueden persistir toda la vida. La teoría transaccional ha descrito algunos Guiones típicos que bajo los curiosos y sugerentes títulos de “Caperucita Roja”, “Sísifo”, “El Matador de Dragones”, “Cenicienta”, etc., han tratado de definir diferentes estilos de comportamiento prototípicos, sistemas artificiales que canalizan inconscientemente nuestras vidas. Para salir de ellos hace falta analizarlos y que el individuo pueda reprogramarse de algún modo.

Yendo a la película, quien la vea se dará cuenta que los personajes tienen un historial familiar común y muy conflictivo, cuya “constelación” y cuyos “guiones” grabados desde la más tierna infancia, han hecho de ellos lo que son. Y este es uno de los valores del film, ponernos en contacto con esta realidad evidente de que las personas no nacemos de tal o cual forma, sino que nos hacen nuestras circunstancias socio-familiares, lo cual a veces se remonta incluso a épocas antes de nacer el sujeto. Todos los protagonistas son hijos de su pasado familiar. El film es, en resumen, un laberinto de secretos y fantasmas familiares.

Uno de los aspectos llamativos de la película es que surge una forma de terapia muy potente para los personajes, la más potente, ya apuntada por el mismo Freud: “la cura por amor”. Pero esa es otra cuestión y el que se quiera enterar bien, que vaya a verla.

En conclusión, estamos ante una buena película, buena dirección, guión y actores. Yo recomiendo sin dudar esta comedia con tintes de humor y drama que habla de los antepasados familiares, el amor extramarital, las herencias, todo ello contado como una historia adulta y para adultos, exenta de ruido y de efectos especiales, pero conmovedora; una cinta que narra con fluidez y que no aburre en ningún momento, con diálogos de altura y certerosmadurez temática, seriedad en la exposición de los conflictos y rigor estructural. Una película que como dice Trashorras, “tapa la boca de quien afirme que en las salas oscuras ya sólo hay sitio para fruslerías ruidosas”. Plenamente de acuerdo ¿Alguien da más?

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Ck35r6E4VRM.

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