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La vida ya está enmarcada y está justo ahí

Por Enrique Fernández Lópiz

El cine, que tantas emociones provoca en el espectador, en ocasiones suscita alguna que descuella. En el caso de Maudie, el color de la vida, los sentimientos que me ha evocado el film han sido una mezcla de nota melancólica por la difícil y triste vida de la protagonista, pero por otro lado, una clara brisa de alegría por la brillantez de su corazón, pues a pesar de las adversidades, Maudie es un personaje esplendente, luminoso y chispeante, como sus pinturas. O sea, estamos ante la biografía de una mujer zarandeada por condiciones misérrimas, de falta de salud y de sometimiento familiar, pero con la suerte de llevar en su interior a una artista que encuentra la forma de eximir su penar por medio de sus candorosos y coloristas lienzos.

Maud Dowley (Sally Hawkins) es una mujer con buen fondo y gran corazón, a pesar de estar lastrada por una artritis reumatoide que la persigue desde niña, la cual deforma su cuerpo. Vive en Nueva Escocia (Canadá), y es una soñadora, eso sí, fea y desgarbada, aunque es de esas personas que tienen una luz interior que no necesitan ajustarse a los cánones tradicionales de belleza para agradar. Llegada a la adultez, su afán principal es independizarse de su asfixiante y posesiva tía. Pero sobre todo desea quitarse de encima a un hermano rufián que ha vendido para su beneficio la casa materna, dejándola sumida en una gran pena. Un buen día, cuando va a comprar a la tienda del pueblo, observa cómo un pescador local, huraño y mal encarado, Everett Lewis (Ethan Hawke), cuelga del tablón de anuncios del local un papel donde dice buscar una asistenta de hogar. Sin apenas pensarlo hace su pequeña maleta y se va a la casa de Everett caminando un largo trecho, para conseguir el empleo. Al principio Everett la trata mal, como hombre con una infancia difícil, un sujeto rudo y sin recursos sociales ni intelectivos, pero lo que comienza con problemas evidentes, se irá transformando con el tiempo en una auténtica historia de amor, aunque ambos sean polos opuestos.

La directora irlandesa Aisling Walsh realiza un biopic sobre la vida y la obra de Maud Lewis (1903-1970), una pintora canadiense que se hizo tan popular que el propio Richard Nixon compró obras suyas para la Casa Blanca. Cuenta también Walsh en esta historia de vida, la relación de Maud con su posterior esposo que se convirtió en un compañero inseparable para ella. Son enternecedoras las imágenes de sus sencillas pinturas tipo naif que convirtieron a Maud en una de las artistas “folk” más representativas de Canadá; se llama arte folk porque surge sin preparación académica alguna, más bien obedeciendo a tradiciones seculares de una comunidad, con motivos de flores, paisajes o animales, que para Maud poseían gran transcendencia, a pesar de su aparente simplicidad infantil.

Pero este film es ante todo enternecedor. Walsh no reformula ni innova el biopic, pero hace de su obra una forma de exploración sobre los pormenores de la creación artística en un relato de estructura dramática que atrapa al espectador por su sensibilidad, entre otras, haciendo justicia a la discapacidad de la protagonista. Y es que Maud era considerada en su pueblo, no sólo una enferma de artrosis, sino una discapacitada, como la tonta a la que hasta los niños le lanzaban piedras.

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El guion de Sherry White está muy bien escrito ofreciendo, no tanto la vertiente pública y de fama de Maudie Lewis, sino mostrando el mundo más íntimo y personal de la afamada pintora. Y lo hace dibujando (nunca mejor dicho), “un personaje dulce, de apariencia frágil pero de mentalidad férrea” (Zurbano), representando igualmente con delicadeza y honestidad, tanto la evolución de su enfermedad, como el sentido romance con su marido. Además, el libreto evita el drama facilón para ofrecer nada menos que una historia de amor imperfecta que no necesita el permiso social ni incluso el del público, para que ambos puedan compartir sus vidas.

Me ha gustado la música de Michael Timmins y una fotografía excelente de Guy Godfree. Ambientación, exteriores (fue rodada entre Irlanda y Terranova) y puesta en escena estupendas.

En el reparto, Sally Hawkins, actriz secundaria en tantas ocasiones, encuentra en este film la posibilidad de mostrar sus dotes de gran actriz protagonista, en un papel de mujer creativa cuya enfermedad afecta a su movilidad y su manualidad a la hora de pintar; y cómo, a la vez, aun no siendo físicamente agraciada, resulta atractiva por el brillo que destila su mirada y su actitud ante la vida, “una actuación de órdago, un arco de la juventud a la vejez en la que la vemos encogerse físicamente y agrandarse espiritualmente sin perder nunca ese brillo naif de su sonrisa: palabras mayores” (Weinrichter); en fin, una Hawkins que lo sobrelleva todo con afabilidad y un optimismo a prueba de bombas. Está el detalle importante de que Walsh envió a la actriz Sally Hawkins a un pintor aficionado que tenía fotografías de Lewis, lo cual que la actriz intentó imitar el estilo original de Lewis así como también su estilo artístico. Ethan Hawke hace igualmente una interpretación de gran nivel, poniendo todo su saber para no verse arrasado por la enorme fuerza interpretativa de la Hawkins, lo cual se puede decir que llega casi a conseguir, metido en ese rol de patán de ceño fruncido que desdeña el contacto social, que significó tanto motivo de sufrimiento para Maudie, como su genuina tabla de salvación. Sally Hawkins y Ethan Hawke, en un dúo actoral muy interesante, se ven abocados a un trabajo de composición que obliga a quebrar la gestualidad natural, logrando “capturar eficazmente las idiosincrasias de sus respectivos personajes” (Salvá), y aunque rondando el exceso, consiguen no perderse en él. Y acompañan con enorme profesionalidad Gabrielle Rose (como la terrible tía), Kari Matchett, Zachary Bennett, Billy MacLellan, Marthe Bernard, Lawrence Barry, David Feehan, Mike Dali, Nik Sexton, Greg Malone, Brian Marler, Judy Hancock y Denise Sinnot. Todos estupendos.

“La vida ya está enmarcada y está justo ahí”, dice la protagonista mientras mira por la ventana; y dice también señalándose la frente, que ella, que no sale ni visita mundo, todo lo que pinta “lo tiene en su cabeza”, que todo sale de su imaginación. Sencillamente conmovedor a la vez que genial, en esta artista autodidacta que prefirió para sus cuadros la luz a la tiniebla, a pesar de las dificultades de su vida. Y de ahí, a la circunstancia poco usual, de que los círculos artísticos se sintieran atraídos por el primitivismo y la naturalidad de su trazo, siempre con alegres motivos florales y paisajísticos, surgidos al margen de la ortodoxia y las academias.

Walsh hace también en el film una reivindicación feminista y legítima sobre el olvido de las pintoras. Y es que la Walsh tuvo inicialmente una formación como pintora, lo cual que conoce el olvido histórico de la mujeres pintoras. La misma Walsh ha declarado lo siguiente: “Hay pintoras excelentes y conocemos a poquísimas, están toda la vida pintando y durante su vida no se las conoce. Nadie habla de esas maravillosas mujeres, y por ello me gusta hacer cine sobre ellas. Pero es que además su vida personal también es fascinante, porque normalmente tienen que luchar contra el machismo, y con la sociedad. Estoy segura de que hay muchas mujeres pintoras que todavía hoy tienen que ser descubiertas. Mira Maud, comenzó decorando y pintando su casa. Muchas mujeres están en casa y es su prisión, están encerradas y pintan para sentirse mejor, pintan en el suelo porque no se pueden permitir lienzos, y es una forma fascinante de aprender el arte de forma práctica. Y su mayor obra de arte es su propia casa”. Walsh cree venturosamente en el “poder del arte”, y en que este tipo de cine que muestra a la mujer empoderada, debe servir para “redescubrir” a esas mujeres artistas. “Creo que es importante recordar a las mujeres que vinieron antes en el mundo del arte porque son ejemplo para las nuevas generaciones”, dice Walsh y añade que “los cambios son lentos”, pero pide a las mujeres que “luchen y tengan confianza en que pueden hacer lo que quieran […] No podemos esperar a que nadie nos dé la oportunidad”.

A mí me ha parecido una película muy meritoria y digna de verse. La directora del film y su reparto “afrontan el proyecto con una sensibilidad y una energía fuera de patrones. Lo que parece importar aquí […] es la resonancia emocional de cada pequeño momento y la elocuencia del gesto” (Costa). Además, nos transporta la cinta a las postrimerías de los años treinta, hasta la muerte de Maudie en 1970, y no sólo inspira una remembranza histórica, sino que nos coloca delante de una artista con una mueca feliz, la cual es expresión de su posición ante una vida que, en principio, le fue adversa hasta la exageración. Pero según mi parecer, no es un film triste, al contrario, Maud fue una mujer de gran sensibilidad e inteligencia que tuvo su paraíso perdido en los paisajes de su infancia en South Ohio, la localidad de Nueva Escocia, próxima a Digby, en la que nació y vivió sus primeros años. No en vano y como escribiera Rainer Maria von Rilke: «La verdadera patria del hombre es la infancia.». Nunca mejor dicho, pues Maudie era una niña adulta que supo llevar a las paredes y ventanas de su casa, a sus postales, tablas y lienzos, el brillo y la felicidad que también presidieron su vida junto a un marido, Everett Lewis, que acabó amándola y valorándola mucho y sentidamente.

Talento, sencillez, hermosura, lo mejor que he visto en este junio de 2017. Creo que el futuro le deparará premios, los merece. A mí me ha gustado mucho. La recomiendo.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=FQGL7L2ynqk.

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