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La vida secreta de Walter Mitty

Por Enrique Fernández Lópiz

Recuerdo de muy pequeño la suscripción que en mi casa había a la revista norteamericana en idioma castellano Life; y empiezo por este recuerdo infantil el comentario a esta película que me ha hecho emocionar en todo sentido.

El argumento trata la historia de un empleado secundario de esta conocida revista Life y que es el protagonista de la película; un jefecillo oculto y de perfil bajo en la sección de revelado de fotos (cuando aún las fotos no eran digitales). Este joven consigue en ocasiones de forma ensimismada evadirse de su existencia rutinaria y mediocre, imaginándose protagonista de aventuras y acontecimientos fuera de toda posibilidad para su gris existencia. A la par, intenta iniciar una relación con una joven empleada de la misma revista, a través de Internet, en una de esas páginas para relacionarse con chicas, etc. El film es un remake de La vida secreta de Walter Mitty (1947), película dirigida por Norman Z. McLeod e inspirada en un relato de James Thurber, que en EE.UU. obtuvo al parecer muy buenas críticas y más de uno esperábamos ver cómo quedaría la nueva versión que ahora se estrena con Ben Stiller, y si sabrían aprovechar el potencial del guión original, diferente del actual film, claro.

Iniciaré el comentario aludiendo a la idea de “lo real maravilloso” de Alejo Carpentier, en cuanto lo maravilloso implica un sentido de sorpresa frente a lo inusual e inesperado, o un fenómeno improbable. Pues bien, en esta película acontece la presencia de algo diferente de lo normal, distinto de lo esperado de parte de un pobre personaje metido en su mundo de fantasía y ensimismamiento.

Hace unos años, un egregio clérigo decía en una misa funeraria que lo importante de la vida eran las relaciones entre personas, los afectos, las sintonías, la comunicación entre seres que se aman. Parecía un poco cursi para un momento difícil como aquel hablar en esos términos para un sacerdote de reconocido prestigio. Pero con la edad uno se da cuenta que verdaderamente es eso lo importante. Y no dejarlo meramente en una ficción o en una fantasía por la que se puede atravesar transitoriamente, sino en cumplir con la existencia y con las personas que la transitan al lado de cada cual.

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En la primera versión de postguerra de La vida secreta de Walter Mitty de 1947, la historia quedaba como una fantasía escapista a las tremendas realidades vividas en aquel momento histórico. Pero Ben Stiller ha querido adaptar esta especie de elevación romántica a estos tiempos de crisis y exclusión que vive el mundo, llevando la historia justamente al cierre de la revista Life. Y no ha olvidado en el film la necesidad de soñar y también de cumplir los sueños con todas sus fuerzas. Por eso es que justamente, cuando el protagonista duda sobre si continuar su complejo periplo que ya ha iniciado, fantasea con la imagen de su amada Kristen Wiig; ella es el ingrediente que motiva al protagonista para dar el empujón, ella es la mujer de la que está enamorado, y a quien tiene idealizada; en un momento dado su amada, aparece cantando la genial pieza de David Bowie, Ground Control to Major Tom («es hora de abandonar la cápsula si se atreve»). Y es ahí, mezcla de fantasía y realidad cuando definitivamente Walter logra acometer su empresa y abandona la cápsula de su mundo ficticio, partiendo a la aventura, a la acción, y es entonces cuando el protagonista puede al fin vencer sus temores y perseguir su destino activamente y no meramente colgado de sus fantasías. Un bálsamo, una buena aventura para el espectador que ve cómo Mitty se dirige sin dilación a su objetivo, tal encontrar a un especial personaje, un famoso fotógrafo de la revista Life que posee un objeto de gran valor.

Es probable que esta película no guste de forma universal, pero quien sea sensible y sintónico con un mensaje ilusionante y conmovedor, con dosis de comicidad a la vez que de cierto sentido de trascendencia, éste es su film, no se lo piense.

Agradezco haber ido a ver esta película a la que fui sin mucha convicción, pero de la que salí reconfortado porque supone para mi modo de ver un mensaje de esperanza y una apología del hacer bien las cosas, más allá del relumbrón. Como señala Sean Penn (el fotógrafo), «las cosas bellas no necesitan mostrarse», en referencia a una animal llamado el “gato fantasma”, un felino difícil de avistar y que él tiene en el objetivo de su cámara pero que no fotografía por respeto. Esta frase queda a fuego en la mente del espectador avezado y con experiencia y, entonces, como colofón a la historia, la última portada de la ya extinta revista Life resulta ser una foto que refleja el trabajo callado de cuantos hicieron posible la revista durante décadas. Uno de esos anodinos y también “fantasmas” trabajadores encabezan el último número de la revista. Todo lo cual que acaba de la mano de su conquistado amor. Yo afirmo y digo que es eso lo que cuenta: la labor bien hecha y el amor; lo dijo Freud: trabajo y amor, y si alguien encuentra un mensaje mejor que lo cuente.

Creo que la dirección de Ben Stiller es genial, el guión de Steve Conrad y James Thurber meritorio, la música de Theodore Shapiro muy buena, así como la elección de temas como la música de David Bowie, fotografía de excelencia de Stuart Dryburgh e interpretaciones muy buenas del propio Ben Stiller, Kristen Wiig, Patton Oswalt, una Shirley McLaine de lujo o un Sean Penn sembrado en su corta aparición; y el resto una interpretación coral muy meritoria.

No creo arriesgar mucho al decir que estamos –pese a algunas críticas no muy halagüeñas- ante una buena película, película positiva, muy bonita, emotiva, muy bien realizada e interpretada. Y entonces, ¿qué más podemos pedir? Pero todo ello, claro, es para quienes se identifican con el “gato fantasma”, para quienes no se recortan la barba de forma pulcra, para quienes no se pasan la vida haciendo fotos digitales a diestro y siniestro sin mirar a su alrededor, para tantos como en el mundo hay, personas que procuran trabajar honestamente, fuera de los circuitos de la vanidad.

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