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La vida secreta de todos nosotros

Por Alejandro García-Castellano

Tras regalarnos hace casi ya cinco años, una de las comedias más irreverentes, gamberras y jocosas de la pasada década, el director neoyorquino Ben Stiller decidió regresar a la gran pantalla este año, blandiendo el relato corto The Secret Life of Walter Mitty, que en 1939 engendró el humorista del The New Yorker, James Thurber. Una sucinta historia de apenas seis páginas, condecoró a su autor por la originalidad y el realismo de los que gozaba su creación más reconocida: Un insulso marido que combatía las penurias de su vida creando aventuras oníricas donde él hacía las veces de protagonista y héroe. En 1947 la historia se trasladó al celuloide de la mano de Danny Kaye, a pesar de las reticencias que su autor legítimo había manifestado en un principio para su adaptación. El resultado fue un largometraje carente de la trascendencia y el significado de la historia original, pero que, a pesar de todo, gozó de cierta fama y prestigio. A finales de la década de los noventa un rumor se fue gestando en la ciudad americana del cine: La historia del célebre cómico retornaba a los despachos de Hollywood en busca de una nueva adaptación. Las mismas voces que forjaron el primer chismorreo continuaron cotorreando sobre el proyecto, asegurando que el guión había pasado por las manos de directores como Spielberg o Ron Howard, y que Jim Carrey u Owen Wilson habían sido vinculados al personaje protagónico de la obra. Pero no sería hasta la arribada de Stiller, cuando por fin la película dejó de ser una habladuría mal contada para convertirse en el regreso del cineasta al frente de la dirección. Un libreto firmado por Steve Conrad -guionista de películas como En Busca de la felicidad (id. The Pursuit of Happyness, 2006, Gabriele Muccino) o El Hombre del Tiempo (id. The Weather Man, 2005, Gore Verbinski)- convenció a Stiller, que iría a dirigir, protagonizar y producir su nueva correría cinematográfica.

 La historieta de James Thurber me fascinó conceptualmente, pues el personaje bautizado con el nombre de Walter Mitty esconde mucho significado detrás de sus ensueños. Un hombre hastiado por la aburrida existencia que convenimos denominar -para nuestro bien- como vida normal, que hace frente a su aburrimiento portando como arma su desbordante creatividad. La labor de simpatizar con un personaje de estas características se antoja sencilla, pues toda persona que no sea de hojalata y tenga corazón, comparte con el protagonista de la narración muchas similitudes. ¿Quién, lleno de sueños y amor, no se ha dejado llevar por fantasías propiciadas por un romance o por una ambición que se desea consumar? Dentro de todos nosotros hay un Walter Mitty que desea romper las cadenas y librarse del constreñimiento al que nos sometemos. De ahí la facilidad con la que Thurber triunfó gracias a su breve relato y la celeridad con la que la historia decidió premiar al escrito del humorista con su máximo galardón: Formar parte de la cultura popular.

La idea que se oculta tras todas las palabras, descripciones y desdichas es brillante y mi entusiasmo hacia lo que podría concebir Stiller, partiendo de esta trama, era exagerado. Aguardaba con ilusión al estreno, y esa misma ilusión incentivaba mi deseo de acudir raudo y sin demora a comprar la primera de todas las entradas que se dispusieran para su venta. Me apasiona Tropic Thunder: ¡Una Guerra muy perra! (id. Tropic Thunder, 2008, Ben Stiller) y río a carcajadas con Zoolander (id. Zoolander, 2001, Ben Stiller), así que, haciendo caso a estos antecedentes, presuponía que Stiller me iría a engatusar de nuevo.

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Mis expectativas quizá fueron injustificadamente notorias, pero la película no me ha satisfecho de la manera en la que supuse, erróneamente, que lo iba a hacer. Steve Conrad construye una versión moderna del clásico de James Thurber, donde un personaje ñoño e insulso tiene que enfrentarse a la ingrata realidad, dominada por su inapetente trabajo en la revista Life y por su búsqueda de un amor correspondido. El conflicto sobre el que se cimenta el film estalla por culpa de la pérdida de una fotografía, obra del ilustre fotoperiodista Sean O’Connell, que estaba destinado a ocupar la primera plana del último ejemplar impreso de la revista, antes de la digitalización de la empresa. Recurriendo al extravío como excusa, Ben Stiller obliga a su Walter Mitty a desertar de su irreal mundo y a encontrar su auténtico ser en los lugares que le depare su arriesgada travesía. Mezclando drama y comicidad, en ocasiones innecesaria, el director nos regala una oda a la vida y a las ganas de vivir, rompiendo con un sonoro estruendo el estilo y la temática imperante en sus pasados largometrajes.

La película atesora una interpretación notable, aunque no excelente, de su protagonista, con un inédito Ben Stiller que afianza con esta actuación sus capacidades interpretativas. Demasiados prejuicios y reticencias se manifiestan hacia este actor, que sin hacer nunca gala de unas cualidades reservadas a un De Niro o un Day-Lewis, nos ha regalado, no obstante, tanto largometrajes hilarantes como actuaciones que no distan mucho de las perpetradas por personalidades galardonadas con algún que otro premio de la academia de cine americana (véase George Clooney y Penélope Cruz). En su faceta como director, Stiller cosecha con este film uno de sus trabajos más logrados y sobresalientes de su exigua carrera tras de las cámaras. No obstante, a pesar de su empeño y buenos resultados, lo perpetrado en esta ocasión no goza de la misma perfección y pericia que Tropic Thunder: ¡Una Guerra muy perra! siendo esta última película, la mejor obra que ostenta el cineasta neoyorquino.

Si bien el trabajo del actor y director es admirable, lo cosechado por su compañera de reparto y musa de Walter Mitty en la ficción, Kristen Wiig, es muy deficiente. Ya fuera por los forzados diálogos de los que hace gala la pluma de Conrad o por la ineptitud de la actriz para desempeñar su labor, el personaje de Cheryl Melhoff no logra su cometido y, por ello, el final de la película se vuelve tan poco verosímil. Un desenlace demasiado idílico y surgido de los relatos más quiméricos, que mancilla el resultado final, manifestando las deficiencias del libreto. El estereotipado y demasiado necio personaje que interpreta Adam Scott, como el ejecutivo desalmado que acaba con la quietud de la revista, es también muestra fehaciente de la nula capacidad de Steve Conrad en esta ocasión para gestar una gran historia. Diálogos, diálogos y más diálogos muy pueriles y forzados, acompañados de papeles poco creíbles o muy mal concebidos, hacen del guión el peor enemigo de la película.

Un uso desmedido -por parte del cineasta- del CGI, quiebra la naturaleza intimista que la historia original desprendía y convierten al film en un fallido remake de Indiana Jones. Demasiada aventura y “buenrrollismo” -si se me permite el uso de la palabra- para una historia que, a pesar de nacer de la mente de un humorista, presenta, a mi parecer, más oscuridad y tristeza que felicidad y júbilo. Mucho tiburón, volcán y montañas nevadas y prominentes, pero nada de corazón; corazón de verdad, no una farsa camuflada de felicidad y sentimiento que engañe a los espectadores por el carácter placentero y jovial de la película. Unos secundarios, encabezados por Sean Penn en su rol del fotógrafo Sean O’Connell, mantienen la destreza heredada de los protagonistas, sin destacar ninguna interpretación. El actor californiano acapara pocos minutos en pantalla, de ahí que sea imposible profundizar tanto en su personaje como en su actuación. Lo que hace, lo hace bien, ¿pero qué esperábamos de Sean?

Un aplauso estrepitoso merece, eso sí, la banda sonora que pone ritmo a las imágenes, de inconmensurable belleza, que componen la película. Canciones formidables de Of Monsters and men, Junip, Jack Johnson, Bahamas, David Bowie y del distinguido cantautor sueco, José González, estructuran la que para mí es la mejor banda sonora de este año; con la canción Stay Alive, del artista nórdico a la cabeza. El gran acierto de Ben Stiller como máximo responsable del proyecto fue elegir al cantante escandinavo para poner música a su historia. Escuchando su voz y su guitarra me creo Walter Mitty y mi imaginación echa a volar gracias al embrujo que su magia melodiosa obra en mí.

En rasgos generales, la película no es mala y cumple con el propósito más inmediato que se la puede atribuir: conceder dos horas de felicidad y evasión a su público. Es al desviar nuestra atención a sus detalles, cuando el largometraje comienza a flaquear. Un guión bastante deficiente, unas interpretaciones deslucidas y demasiado confeti y alegría a lo largo de sus 120 minutos hacen que la película se convierta en una mera cita intrascendente que no hace justicia al eterno personaje de James Thurber.

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