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La vejez en el film “Fresas salvajes” de Bergman

Por Enrique Fernández Lópiz

Desde hace años me intereso por las películas que tratan el tema de la vejez. Se dice y no sin razón, que los más jóvenes sólo tienen una noción puramente abstracta sobre este período de la vida. Y es verdad, pues la mayoría sabemos qué es ser niños, adolescentes e incluso personas de mediana edad, pues lo hemos vivido o lo estamos viviendo. Pero para entender verdaderamente la vejez hace falta llegar a viejo. Y eso que como dijo nuestro gran poeta del Siglo de Oro Don Francisco de Quevedo: “Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos haber llegado ya“. Y esta frase de Quevedo me trae a la memoria a un gran científico norteamericano que fue Stanley Hall (1844-1924), que fue el primer estudioso de la infancia en el terreno psicológico. Pero con los años y conforme se hacía mayor, se interesó por esta etapa de la vida, siendo también considerado como el padre en el estudio psicológico de la vejez, con una famosa obra titulada Senescence, the last half of life publicada en 1922, en plena edad provecta del autor.

Pero vayamos más al grano. Igual que Hall y contraviniendo a Quevedo, yo sí me intereso por esta edad que se me aproxima velozmente, y además de lecturas diversas y distintas manifestaciones artísticas sobre el tema (pintura, literatura, etc.), el cine me ha interesado especialmente como expresión creativa que ha tocado esta temática. Sin pretender ser exhaustivo, hay películas muy buenas sobre la vejez. Así, recuerdo ahora algunas como: Muerte en Venecia (1971) de Luchino Visconti; El estanque dorado (1981) de Mark Ryder; Ran (1985) de Akiro Kurosawa; Amor (2012) de Haneke; Mis tardes con Margueritte (2010) de Jean Becker; Nebraska (2013) de Alexander Payne; o A propósito de Schmidt (2002) también de Payne; y en fin, hay muchas más. Pero confieso que de entre las que visto hay una que me creo que retrata, desde una perspectiva existencialista, mejor que las otras, el capítulo de la vejez. Me refiero a una obra maestra de Ingmar Bergman de 1957 que lleva por título Fresas Salvajes, una auténtica joya del cine. Y a comentarla un poco –pues entrar a fondo sería muy extenso- es a lo que dedico las siguientes líneas, no sin antes permitirme un preámbulo sobre el tema de la vejez.

Para entender mejor lo que ahora voy a comentar sobre la película de Bergman, querría aclarar una par de ideas importantes que quizá algún lector no conozca.

En primer lugar quiero referir la concepción sobre la vejez de un eminente psicoanalista fallecido hace unas décadas. Me refiero a Erik Erikson (1902-1994), quien postuló que para alcanzar una vejez óptima, plena y saludable psicológicamente hablando, es preciso superar ciertas crisis anteriores en la vida, y cada una de ellas las resumo así: 1) lograr entre el nacimiento y el año y medio de vida un básico y sano nivel de confianza en la madre que nos cría y que es la base de la esperanza futura (versus desconfianza-desesperanza); 2) una segunda crisis sucede entre el año y medio y los dos años, cuando tendríamos que conseguir un sentido de autonomía y de control de nosotros mismos (versus vergüenza y duda); 3) en tercer lugar, una persona sana debe haber asumido entre los 2 y los 6 años un nivel suficiente de autonomía y de identificación con el progenitor del mismo sexo (versus culpa); 4) entre los 6 y los 12 años los niños deben conseguir un buen nivel de laboriosidad y capacidad de trabajo, a fin de prepararse para la adultez (versus inferioridad); 5) de los 12 a los 20 años, en plena adolescencia, hay que encontrar la propia identidad en cuanto a gustos, intereses, valores y principios (versus confusión de identidad); 6) de los 20 a los 40 años se debe haber podido intimar y tener una vivencia amorosa con una pareja (versus aislamiento); 7) de los 40 a los 65 una persona ha de ser generativa, o sea, productivo en lo profesional, cuidar de la familia, etc. (versus estancamiento); y si todo eso ha ido razonablemente bien, entonces llegamos a la vejez; 8) así, para Erikson si las cosas como decimos fueron bien en las anteriores etapas o crisis, vendría una vejez saludable, más de 65 años, donde la persona alcanza una etapa de “integridad” del Yo, que acepta la vida como fue, de forma dichosa, que ve venir las pérdidas y la proximidad del final sin excesiva angustia, y acompañada de la virtud que conocemos como sabiduría; lo contrario sería una vejez desesperanzada, en la que el tiempo se ve con culpa y angustia, como que la vida fue breve, un viejo irritable, que no acepta la propia existencia, etc. (desesperación).

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Bien, sentado este criterio hay una segunda cuestión. La idea del viejo integrado y sabio no es sencilla, pues siempre en nuestra vida han quedado flecos por resolver y cuestiones por abordar y clausurar. Por suerte, la naturaleza ha dispuesto que las personas mayores tengan una capacidad muy positiva si se aprovecha bien –lo cual ocurre en esta película-, esto es, la posibilidad que se conoce con el nombre de “reminiscencia” y que se refiere a la capacidad de los mayores de recordar acontecimientos muy antiguos de manera vívida y sentida. Tener estos recuerdos (recuerdos de infancia y juventud sobre todo) y verbalizarlos, tiene un efecto terapéutico en lo que toca a “integrar” aspectos del pasado que quedaron descolgados de nuestra mismidad. Si el mayor hace una “revisión de su vida”, bien en familia, bien con otros amigos, bien en grupos que pueden tener este cometido, o bien al hilo de algún acontecimiento más o menos fortuito, como ocurre en la película de Bergman, el viejo puede mitigar angustias antiguas, cerrar bien su ciclo de vida, vencer episodios depresivos e incluso alcanzar una más elaborada y sana personalidad, o sea, clausurar esos flecos del pasado que quedaron sin resolver, en un “todo” personal más armónico, lo cual encaja con la virtud de la sabiduría.

Entonces lo que me queda ahora, sentadas estas ideas, es comentar cómo casa esto que he dicho con este film antológico de Bergman. Veamos.

La película trata sobre el viaje del profesor Isak Borj, un eminente médico de 77 años que ha de desplazarse a la ciudad sueca de Lund, para recibir el Doctorado Honoris Causa por su Universidad. Sobrecogido, tras un sueño en el que contempla su propio cadáver como anticipo de su muerte, Borj decide hacer el viaje en coche en vez de en avión como estaba previsto, tras una curiosa discusión con su ama de llaves, que hace pensar más en una relación marital que en unas palabras con la mujer encargada del servicio doméstico.

En ese viaje le acompañará espontáneamente su nuera, que está viviendo con él tras abandonar su casa, después de una discusión con su marido que se niega a tener el hijo que lleva en su vientre. En este punto merece destacarse la Magistral, con mayúsculas, interpretación de Victor Sjöstrom (que le valió un premio a la interpretación en el Festival de Berlín de 1958), que nos mete de lleno en su personaje. Le acompaña en perfecta armonía interpretativa la bellísima, elegante y muy admirada por mí Ingrid Thulin, su nuera en la historia. Durante el viaje se detiene en la casa de verano donde pasaba las vacaciones cuando era niño; y allí, entre ensoñaciones rememora aquella época feliz de la infancia y la adolescencia y presencia entre sueños la relación de su primo con su prima Sara, a la sazón su amor de juventud, justo en el lugar donde crecen las “fresas salvajes” que Sara recoge para agasajar a su tío en su cumpleaños. En este momento del film, despierta reclamado por una joven idéntica a su prima Sara (Bibi Andersson que está también genial) que hace autostop junto a otros dos muchachos de su edad. Entonces reinician el viaje y montan en el grande y viejo auto del Doctor en que viajan, a los tres jóvenes autostopistas. Esta circunstancia hace rememorar al viejo Isak Borg su amor de juventud, su prima, encarnada en la joven viajera. En el transcurrir del trayecto, las ensoñaciones, la visita a su anciana madre, la interesantísima conversación con los dependientes de la gasolinera del su pueblo natal –“nunca debí irme de aquí”- (donde interpreta uno de sus primeros papeles el gran Max von Sidow), las conversaciones con los tres jóvenes autostopistas sobre la ciencia y la religión, en fin, y algún episodio aislado pero muy interesante en un fortuito accidente de tráfico sin mayores consecuencias. Este mosaico de reminiscencias, de recuerdos y ensoñaciones de su pasado, e incidencias que incluyen el recuerdo de su difunta esposa, su profesión, etc., hace que el Dr. Borg vaya “revisando su vida” y, paulatinamente, cambiando internamente, desde la pedantería, el egoísmo, el racionalismo y su tendencia a centrarse en sí mismo, a otro estado de ser, en el que va poco a poco convirtiéndose en una persona más comprensiva, cariñosa, desinteresada, humana y generosa.

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Así, Fresas salvajes es un viaje real pero sobre todo un itinerario espiritual desde la vejez en busca de los recuerdos, una película sobre la memoria y la nostalgia. Isak Borg es un héroe y un espectador al mismo tiempo, y en el transcurso del viaje termina por descubrirse a sí mismo. Entre la dimensión onírica y los primeros planos del protagonista, Bergman describe la interioridad y hace visible el alma de anciano Doctor, que es el alma de todos. Bergman traslada a la pantalla el mundo interior de Isak, aboliendo los confines entre pasado y presente, entre sueño y vigilia, entre fantasía y realidad, entre las imágenes y las reflexiones.

Según lo que voy diciendo, Fresas salvajes constituye una visión compasiva de la vejez y la soledad, y es testimonio de tres generaciones representadas por: (1) (vejez): el doctor, la madre y el ama de llaves; (2) (Edad mediana): el hijo, la nuera y la pareja que incidentalmente encuentran el viaje; (3) (juventud): el trío de estudiantes que montan en autostop. Son generaciones marcadas por el cambio de unas épocas a otras. El testimonio del conflicto generacional y del problema existencial que atraviesa tanto las relaciones de pareja como la profundidad de los sueños del protagonista Borj, que se traducen en un problema comunicacional (de pérdida del referente) y en la constatación de una infancia feliz que no volverá, pero que retorna en el final de los años para reconciliar los viejos fantasmas con las nuevas incertidumbres. Todo ello ocurre, como digo, en el lapso del trayecto a la ciudad de Lund, un viaje espacio-temporal que halla su cúspide en la certeza que el protagonista tiene de que las cosas no hubieran podido ser de otra manera.

La película narra, así, una reconciliación del personaje mayor con la vida, con su vida, consigo mismo, un viaje interno, espiritual; como si un haz de luz esclareciera su existencia en la edad provecta, una experiencia que hace emerger en él lo mejor de su ser a través de una terapia azarosa, fortuita, provocada en el transcurrir por ese viaje iniciático hacia Lund. Importa, y mucho también en este proceso, la cariñosa amistad que recibe de los tres jóvenes que ha montado en el auto y en los que encuentra no sólo amor, sino también el debate entre la religión y la ciencia. E igualmente una revisión de la relación con su nuera y su hijo, un reencuentro con ellos, incluida su ama de llaves en unas escenas memorable al final de la película. Y no hay que olvidar la reflexión que el protagonista Borj se hace justo en el momento en que le están imponiendo el birrete de Doctor Honoris Causa.

Fresas Salvajes es un film-síntesis de la visión de Bergman ante la vida y la existencia humana. Pero su mensaje es esperanzador, el final es feliz, concluyendo que la vida sólo tiene sentido si se basa en el amor hacia los seres queridos. Bergman consigue con ésta película una obra perfecta, sencilla y directa, que nos atrapa y hace revisar sus ideas sobre los temas que le preocupan. Borj somos todos, demasiado centrados en nosotros mismos para detenernos a amar realmente a los demás. La muerte es la única certeza de nuestra existencia, y sólo ante ella el ser humano se da cuenta de sus limitaciones. El profesor finalmente encuentra descanso en su interior, y así lo demuestra, cuando feliz y en paz consigo mismo, le afirma a su hijo que su corazón ya se encuentra perfectamente. Borj hace las paces con su propio ser y con los fantasmas de su pasado, y Bergman simboliza este hecho en la preciosa escena final, en la que el profesor se despide de sus padres, quienes se encuentran a la otra orilla de un lago, separados de él por una distancia que ya nunca se podrá acortar. El profesor se despide aquí definitivamente de su pasado, preparado ya para mirar hacia adelante sin miedo.

Incluso la angustia religiosa de Bergman, hijo como sabemos de un pastor protestante y educado en la severidad, encuentra alivio en unos versos que se pronuncian en el film durante un almuerzo con la nuera y los jóvenes autostopistas y que dice así:

¿Dónde está el amigo que busco por doquiera?
Cuando apunta el día mi inquietud
también aumenta, cuando el día muere lo busco todavía.
Aunque el corazón me abraza
yo voy siguiendo sus huellas
en cualquier brote de vida,
el aroma de la flor,
la esbeltez de la espina,
en el suspiro que lanzo
y en el aire que respiro
está presente su amor
y oigo cantar su voz en el viento…

Nuestro gran poeta José M. Caballero Bonald dice sobre la vejez que es: “Un puerto franco al que llegas con esfuerzo, casi sin darte cuenta, y ya no hay por dónde salir.” Sin embargo Bergman comenta a esta misma pregunta que: “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. Pues bien, si alguien quiere entender la vejez como punto culminante de la vida, si alguien quiere pensar sobre la importancia de “revisar la vida” para reconstruirla y así poder “integrar” aspectos que habían quedado deslavazados a lo largo de los años, es recomendable que vea esta joya de la cinematografía de todos los tiempos.

Así, a lo largo del viaje real en el automóvil como el viaje personal al centro del corazón de Isak, tras esta revisión de vida, las culpas se han expiado, la conciencia se apacigua y las cosas vuelven plácidamente a su sitio: Marianne se reconcilia con su esposo e hijo del profesor, el profesor se reconcilia con su hijo, la feliz investidura Doctor Honoris causa, Isak se despide de esa patria del hombre que es la infancia que ya irremediablemente quedó atrás y se convierte en una persona más amable y comprensiva, hasta con su ama de llaves. Entonces la obra puede bajar el telón y el viejo Doctor ya puede descansar en paz.

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Comentarios

  1. beatriz

    BRUTALMENTE BELLA ESTA OBRA MAESTRA
    LA HE VISTO FACILMENTE 10 VECES Y SIEMPRE ME EMOCIONA
    RECUERD0 UNA IMAGEN QUE ME IMPRESIONO Y ES CUANDO UN COCHE FUNEBRE A VIVA MARCHA APARECE EN PRIMERISIMO PLANO
    ADEMAS HAY QUE RESALTAR QUE EL FILM NUNCA HUBIERA PODIDO SER EN COLOR EL BLANCO Y NEGRO ES ESCENCIAL PARA TRASMITIR LA POTENCIA

  2. Enrique Fdez. Lópiz

    De acuerdo en todo; pero yo la habre visto veinte o treinta veces, casi me la sé de memoria. Saludos

  3. Antonio Penella Jean

    Film interesante y aportaciones útiles para la interpretación y comprensión !felicidades al blog!

    • Enrique Fdez. Lópiz

      Gracias amigo. Saludos cordiales

  4. otto

    Bergman nos reconcilia con la edad mas bella… aprender a morir, que ésta sociedad del lujo, excesiva, y tonta oculta en la eterna pregunta.. vale la pena vivir tanto en tan poco tiempo…;

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